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Burbuja política.

No basta un cambio de gobierno, necesitamos algo más profundo, necesitamos cambiar la mirada con la que observamos el mundo y ese cambio profundo tiene que empezar por la explosión de la burbuja política, una explosión que no hace ruido y apenas moja (lo sabe bien quien ha jugado alguna vez con un pompero) pero que nos permite entender, porque lo vemos con nuestros propios ojos, qué es lo gaseoso frente a lo sólido, el relato frente a la realidad.

Las burbujas siempre explotan, es su naturaleza; explotó la del sector de la construcción en su día y la de las .com ¿la IA? A saber, no sé si tiene algo de burbuja o no pero sí estoy segura que, si lo tiene, explotará como hacen siempre las burbujas. Claro que la burbuja política más que a esas burbujas me recuerda a otra, la que usamos para sobreproteger a nuestros hijos.

Solemos usar la metáfora de la burbuja para referirnos a la protección y sobreprotección de nuestros hijos: cuando les evitamos todos los males del mundo, incluso los inocuos, por aquello de que no sufran y sean felices y lo hacemos hasta que no podemos más, hasta que el niño no cabe en la burbuja y la burbuja no puede expandirse más sin explotar… y explota. Y entonces llegan los llantos porque la criatura no está preparada para pasar de su mundo gaseoso a la sólida realidad.

Lo mismo sucede con la burbuja política: han sido los políticos los que se han metido en una burbuja y se han colocado al margen de la sociedad, ellos y nosotros, cuando no ellos contra nosotros; viven cómodamente protegidos en ese entorno que se han amueblado a medida, protegidos por los apoyos que van comprando en todos los sectores y pertrechados en un relato bien armado con el que convencen a sus votantes de que son los mejor que les ha pasado nunca.

El relato ha colado hasta que la realidad se ha hecho tan grande y tan gorda, hasta que ha pesado tanto y olido tanto a muerto que la burbuja ha explotado ¿ha explotado? Creo que sí, ahora bien, ellos se empeñarán en hacer como sino hubiera sido así, capaces son de seguir bailando incluso sobre los muertos. Y por eso conviene echar la vista atrás y entender cómo y cuándo se infló la burbuja, cómo se ha mantenido… y a quién le ha explotado.

La política era lo que siempre ha sido y allá cada cual con lo que piense de ella pero, cuando aprovechándose del malestar y hartazgo general, llegaron a ella los magos del relato, comenzó a formarse una burbuja en la que se fueron acomodando políticos con dos únicos conceptos claros en la cabeza: el de que el político que está fuera de la burbuja es el enemigo y el de que lo único importante es el relato; ¿recuerda eso al muro de Sánchez? Sí, porque es esencialmente lo mismo, lo único que cambia es la metáfora usada para describir la misma idea.

¿Y qué cambió en la política con la burbuja tras el 15m? una burbuja perfectamente creada y expandida primero por Podemos, después por la izquierda entera y finalmente incluso por parte de la derecha: la política se convirtió en un show televisivo y de redes, en un espectáculo en el que pesan más los zascas que cualquier otra cosa, porque lo importante, desde dentro de la burbuja (lo mismo en Moncloa que un chalet en Galapagar o en una mansión de Waterloo y hasta en las celdas carcelarias de los condenados por sedición) es el espectáculo: un espectáculo que se ofrece a los votantes como se le tira maíz a las palomas.

Y, mientras vemos el espectáculo y hasta aplaudimos como focas cuando quienes dan el zasca son ‘los nuestros’ (porque lo que tiene ese espectáculo es que arrastra a su circo a la política entera, incluso a los que, heroicamente o no, viven fuera de la burbuja), la realidad sigue su curso, y su curso es implacable:

Los políticos han ido expandiendo la burbuja para acomodar a los suyos y estar así más protegidos: del reparto y desvío de la subvención hemos pasado a la ampliación del número de cargos políticos, una ampliación tan inmensa que de aquello de que el nivel 30 en la administración pública es de designación política pero del 29 para abajo no, hemos pasado a tal incremento de cargos políticos que no solo es que se pierdan en la administración los técnicos que saben de la cosa, sino que muchos se van… no sea que acaben como algún maquinista de Renfe o algún controlador de Adif, acusados por los políticos porque en el capítulo del espectáculo del día les toca escurrir el bulto y algún culpable habrá que dar a la plebe para que se entretenga.

La cosa ha llegado a tal punto de degradación que hay que estar muy ciego, o muy corrompido ideológicamente sino a sueldo de la compañía del espectáculo, para no ver el destrozo educativo al que pone nombre el informe PISA, el sanitario con sus listas de espera, con sus retrasos en consultas y operaciones, el de las infraestructuras con sus muertos a cuestas, con sus carreteras parcheadas… Todo ello mientras el espectáculo de campaña iba de amor y optimismo, de lo bien que va todo, del cohete… y de la extrema derecha porque todo relato necesita un monstruo.

La burbuja política tiene que explotar porque, si no lo hace, estaremos aceptando que nos jugamos la vida cuando nos subimos a un tren no porque los accidentes existen, sino porque los políticos no mantienen la infraestructura en perfecto estado de revista, estaremos aceptando que recorridos por carretera que antes hacíamos en 5 horas y media ahora son 6 y media porque los baches impiden ir a 120 por las autovías, estaremos aceptando que el sistema educativo maleduca y que no solo falten profesionales sino que no saben de lo suyo apenas lo indispensable aunque su título diga lo contrario.

Se tiene que acabar el espectáculo, tenemos que dejar de reír las gracias de Rufián y las ordinarieces de Irene Montero, tenemos que repudiar a quienes amenazan con acabar con la paz en las calles desde los parlamentos y a quienes insultan a discreción como hace Puente desde sus redes empeñándose en defender que el tren en España, con sus más de 100 muertos en la alta velocidad en menos de un año, va de cine.

Nos tiene que importar un carajo lo bien que suelte uno zascas o lo guapo que sea el otro, lo importante es qué saben, qué aportan, qué tan preparados están para hacer su trabajo ¿que eso es más aburrido? ¡Sin duda! Pero esa es la idea, que la política vuelva a ser aburrida y que el espectáculo lo den los titiriteros que para eso están (y no para hacer política, dicho sea de paso).

El fin del espectáculo, o la explosión de la burbuja, o echar abajo el muro, como prefieran decirlo, depende a mi entender solo de dos grandes grupos: los votantes y los periodistas, los políticos cambiarán por la fuerza de estos dos grupos:

Empezaré por los periodistas: en la medida en que los periodistas vuelvan a ser cuatro poder, es decir, fiscalizadores del poder y no correas de transmisión del relato y del espectáculo, la opinión pública volverá a estar informada: se tiene que acabar eso de ‘ah! es que nos informamos por medios diferentes‘, la noticia debe ser siempre la verdad y el respeto a la línea editorial debe chocar siempre contra esa realidad sólida: la verdad.

Los votantes: en la medida en que votemos en defensa propia, en defensa de nuestros intereses y del futuro de nuestros hijos, abocaremos el espectáculo a su fin, volveremos la política a su redil; en cambio en la medida en que sigamos votando en función del relato propagandístico seguiremos condenándonos a que el show continue y los muertos sigan llegando… ‘¡nunca pensé que le fuera a pasar a mi hijo!‘, no siempre le pasa a los hijos de otros, mañana le puede pasar al tuyo. Ya está bien.

En mi opinión el 29 de noviembre no solo se dirime un cambio de gobierno sino que debe llevarnos a un cambio más profundo, un cambio al que los políticos que resulten elegidos deben responder pero del que somos responsables, más que nadie, los ciudadanos.

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