Según iba tecleando el título de esta reflexión me imaginaba a los solteros y solteras del mundo moderno saltándome al cuello pero si hay algo que merece la pena en esta vida es defender aquello en lo que uno cree y, sí, creo que se vive mejor en pareja que solo (casado o sin casar, eso es ya cosa de cada dos) y que es mejor tener hijos que no tenerlos y no, no voy a disertar acerca del escudo social familiar sino acerca de la transformación del ser humano a través de la maternidad y la paternidad más allá de quién cuidará de nosotros cuando seamos viejos porque eso ya hablé aquí y no voy a repetirme.
Nacemos incapaces de todo, capaces solo de respirar y berrear, hasta el asunto de ir de vientre se suele complicar en los primeros días sino semanas o incluso meses, así llegamos al mundo, desnudos y terriblemente vulnerables, tanto que no podríamos salir adelante si quienes nos han traído aquí no se ocuparan de nuestra crianza. ¿De verdad pensáis que asumir la responsabilidad de criar y educar a un bebé hasta que se convierte en un ciudadano libre y responsable de sí mismo no es un hecho transformador? Solo un necio puede pensar tal cosa, basta ver un bebé, tenerlo en brazos unos segundos, para entender que ser madre o padre es algo que te cambia por dentro.
Del poder transformador de la maternidad y la paternidad no he tenido dudas desde que lo he sentido, desde que, al ser madre, me sentí capaz de hacer cosas que por mi no hubiera hecho jamás; fui entonces también consciente de más cosas, de la responsabilidad que supone la crianza y la educación de los hijos y de la necesidad de entender que son libres, no son nuestros y por eso la sensación de nido vacío se siente incluso cuando todavía no se han ido de casa, porque no es una cuestión de espacio físico sino de la última transformación: la relación padre/madre – hijo se convierte en una relación entre adultos, entre iguales, dos con experiencia y un amor infinito por el hijo y uno, el hijo, inexperto y tan capacitado para la vida como lo hayan preparado los padres; de ahí en adelante los padres ya somos solo refugio ¿consejeros? sólo si quieren escucharnos, y no siempre querrán y está bien que así sea… pero refugio siempre.
¿Y por qué ser padres es una experiencia tan transformadora? Tengo para mi que la razón es sencilla: porque nos hace amar a otros más que a nosotros mismos pero esa no deja de ser una razón rimbombante y, al fin y al cabo, todos conocemos padres que encajan regular en esa idea pero, aun así, lo cierto es que la paternidad y la maternidad dan algo que no da ninguna otra cosa en la vida, da plenitud… ¿seguro? Seguro.
Estoy disfrutando estos días de la serie de seis novelas de Asa Larsson protagonizadas por la abogada Rebecka Martinsson y, comenzando la tercera, debo reconocer que esta escritora nórdica demuestra con sus personajes la existencia de esa plenitud de la que hablo, una plenitud que no es solo felicidad, amor, alegría, también preocupaciones, trabajo, inquietudes cuando no miedos insoportables… El mejor modo de entenderlo es conocer a los personajes de Asa Larsson:
Los ‘singles’
De los solteros me quedo con tres que ejemplifican muy bien a qué me refiero cuando hablo de plenitud:
Rebecka Martinsson, la protagnista, es el clásico personaje roto por dentro, hecho añicos desde la infancia y también algo más: es una mujer libre, independiente, profesional, adicta al trabajo, excelente en lo suyo… triste y solitaria hasta el infinito y más allá; sí, su soledad y su tristeza no tiene tanto que ver con su soltería como con sus traumas pero la clave de su infelicidad no es esa sino, precisamente, la incapacidad de la que la dotan esos traumas para mantener relaciones funcionales con otros y no, un trabajo en el que es excelente, en el que tiene gran éxito, no le compensa en absoluto esa carencia.
Mans Wenngren no es un soltero, es un divorciado con hijos y, por lo demás, el equivalente a Rebecka Martinsson en hombre, un profesional de gran éxito a todos los niveles excepto en un nivel, el de puertas adentro, el familiar, el más personal ¿y por qué fracasa en esto? Podríamos disertar sobre esto pero no es ese el asunto que nos ocupa sino la conclusión a la que llegaríamos: no importa por qué está como está o es como es, lo que importa es que todo su éxito, con todo el dinero y buena vida que le reporta, no le aporta estabilidad personal ni felicidad.
Sven-Erik Stalnacke, otro que tal… también divorciado y con una hija aunque ya mayor comparado con Rebecka y Mans; Sven es la vieja de los gatos de Larsson porque ya en la primera novela de la saga lo vemos trabajar triste y bien mientras vive con un gato con el que se lleva regular porque el gato es muy gato, es decir, muy a su aire, tan a su aire que un día se va y no vuelve, aunque a saber si no vuelve porque no quiere o porque no puede, y eso amarga no poco a Sven, la pérdida de su gato. Y nos revela algo más acerca de los solteros: el miedo, Sven no quiere otro gato porque no quiere correr el riesgo de volver a perderlo; lo que en Rebecka es incapacidad por sus traumas en Sven es miedo por lo vivido en experiencias pasadas, con su gato… y con su ex mujer pero el asunto interesante es que, rindiéndose a sus miedos como Rebecka se ve arrollada (ojo, ella no se rinde…) por sus traumas, tampoco es feliz.
Y no digo yo que Larsson quiera decirnos que la soltería es un dolor y haya que luchar contra ella como contra la peste ¡faltaría más! Pero lo que sí destilan sus novelas es un halo de certeza acerca de esto: que la soltería es un estado transitorio del ser humano que si se alarga demasiado puede ser peligroso o, como poco, llevarnos por el camino de la nostalgia y la tristeza.
Los ‘casados’
Entre los casados me quedo con dos:
Sivving Fjällborg, que no es un casado sino un viudo pero ¡qué viudo! Tiene sus taras el hombre pero su historia no puede ser más reconfortante: lo primero es que su nombre no es Sivving sino Erik ¿y por qué todo el mundo le llama Siving? Porque este buen hombre, educado por su madre, estudió ingeniería civil y ella, tan orgullosa que estaba del hijo, cuando regresó a su localidad ya licenciado, hizo constar su nombre en la guía con el título (que no cabía entero así que era algo como civ. ing.); y ya se sabe que en los pueblos, tampoco en los nórdicos, se perdona el aire de superioridad aunque no sea más que orgullo del bueno, como en este caso, pero Erik y su madre demostraron buen humor y el muchacho, conocido popularmente como Sivving, aceptó el mote hasta usarlo como su nombre.
Este buen hombre se casó, tuvo hijos que se fueron de casa, como corresponde, enviudó y se quedó solo en su casa con su perro y no, su soledad, más allá de sus taras (taras que tienen más que ver con la edad que con la propia soledad) es un buen hombre, un hombre con plenitud, que pasa la Navidad con sus hijos, al que visitan sus hijos, que se preocupa por la nieta de su vecina, Rebecka… una buena vida la suya.
Anna-Maria Mella es la casada por excelencia, casada con cuatro hijos, con un marido que también trabaja (ella es inspectora de policía) y con las cuitas que le corresponden: la conciliación, el caos en casa, la limpieza semana, el qué cenamos hoy… Y entre todos los problemas e inquietudes, entre todos los enfados a veces silenciados en su cabeza, entre la rabia que le da que su casa parezca a veces una leonera, que su trabajo le pueda… Anna-Maria sabe descubrir lo bueno, separar lo intrascendente de lo trascendente, sabe agradecer lo importante que es su marido para que ella pueda conciliar y lo poco importante que es, en comparación, que limpie menos que ella porque, en realidad, que la casa esté en un momento dado hecha un cisco tampoco es el fin del mundo, es más, no es nada en comparación con la plenitud que siente al mirar a sus hijos, a su marido, a esa familia que es la suya, que es su vida.
Ana María corre y sufre, no llega a todo pero transmite una sensación de plenitud de vida que en absoluto se ve en Rebecka, en Mans o en Sven ni tampoco en otros personajes de supuesto éxito que pululan por las novelas y no, esa plenitud no tiene que ver con no estar sola, Sivving está solo y también transmite esa sensación, tiene que ver con entender la trascendencia de la vida, con haber encontrado no su lugar en el mundo sino su ser en el mundo.
Entonces…
Creo que, cuando somos jóvenes y lo único que no nos falta es energía y audacia, lo de formar una familia no solo nos parece una atadura que nos impedirá hacer todo lo que queremos hacer sino que no nos interesa y creo también que la posmodernidad se ha aprovechado de ese sentimiento adolescente y juvenil que es de lo más natural y lo ha llevado más allá del tiempo que le corresponde (sí, creo que quienes dicen que se ha infantilizado a la sociedad tienen razón, de hecho he dedicado un libro a explicarlo: MALEDUCADOS); por eso estoy convencida de que ha llegado el momento de que reconozcamos el valor transformador de la maternidad y la paternidad, de que entendamos la plenitud que nos reporta; lo que nos exigen lo sabemos todos pero solemos olvidar lo demás que es lo más importante: su poder transformador del ser humano y, por ende, de la sociedad.
Y, por si no ha quedado claro en mi exposición, no, no creo que vivir en pareja complete a nadie, no creo que en medias naranjas sino en personas libres que se apoyan y sacan adelante proyectos comunes y proyectos que no son comunes; tampoco creo que los hijos sean el sentido de la vida para mujeres ni hombres, la vida puede tener sentido sin hijos igual que puede tenerlo sin pareja, las decisiones personales son siempre individuales; tampoco digo que el sentido de la maternidad y la paternidad sea que alguien te cuide cuando seas viejo (no se me ocurre egoísmo más gordo ni más grande que condicionar la vida de los hijos a los deseos o necesidades propias); lo que sí digo es que, con todos los matices que se quiera, con todos los inconvenientes, los desvelos, el trabajo, las preocupaciones… la vida con hijos es mejor que la vida sin hijos y mejor aún, más llevadero además, si la pareja sobrevive a ella; y no digo que sea fácil, es más, no creo que lo sea… tal vez por eso reporta tal sensación de plenitud, de plena satisfacción.