El desprecio del saber es el telón del fondo y la razón última de los males del tiempo en que vivimos que son, en definitiva, nuestros males.
Habrá quien al leer esta frase entienda la profundidad del problema que señalo pero habrá quien no lo haga por una doble razón: en primer lugar porque el desprecio del saber es como un iceberg, solo nos permite ver parte del problema, buena parte de él permanece oculto a la vista; y en segundo lugar porque el éxito de tal desprecio es tan notable ya que son demasiados quienes no lo consideran un problema y por eso postulados como ‘quiero vivir en un país en el que un limpiador gane lo mismo que un cirujano’ se gritan sin que quien los declama sienta vergüenza alguna.
No seré yo quien de más visibilidad a quien defiende disparates como ese porque, si lo hace por enfermedad ideológica, me niego a dar pábulo a sus ideas tóxicas y, si lo hace por ignorancia, tampoco haré sangre de su ignorancia; ahora bien, el hecho de que estos postulados disparatados entren en el debate público nos obliga a desmontarlos aunque nos sintamos como si estuviésemos defendiendo algo tan obvio como que sol sale por el este y se pone por el oeste o que la tierra es redonda.
Lo que subyace un planteamiento del porte del antes mencionado (que deba ganar lo mismo quien limpia un quirófano que quien opera a corazón abierto o por laparoscopia) es el desprecio del saber y ese desprecio nos lleva a acabar enalteciendo la ignorancia, aceptando que lo mismo da estudiar que no estudiar; nadie duda que no es lo mismo practicar deporte que no hacerlo pero se cuestiona que haya diferencia entre quien estudia y quien no lo hace ¿cómo es posible tal despropósito? Tengo para mi que la razón está en que confundimos dignidad y valor.
La dignidad inherente a todo ser humano no se discute: no importan dónde hayas nacido ni tu nivel social, tampoco el color de tu piel, tu cultura… la dignidad es inherente a todo ser humano, al indígena del Amazonas y al protestante londinense; así las cosas sí, es tan digno quien limpia un quirófano como quien opera a corazón abierto y ser capaz de hacer lo uno o lo otro no hace a uno mejor o peor persona que el otro, hay malvados con dos carreras y lúcidos que apenas han pisado la escuela. Ahora bien ¿significa eso que lo mismo da saber que no saber? No. Una y mil veces no.
Quienes defienden que debería cobrar lo mismo el limpiador del quirófano que el cirujano lo hacen ondeando la bandera de la igualdad pero o son unos tramposos de la peor calaña o unos ignorantes de tomo y lomo ¿por qué? Porque quien limpia el quirófano y quien opera no solo no son iguales más que en dignidad (como he explicado ya, eso no se discute), el uno tiene un recorrido académico duro y esforzado que lo ha llevado a saber y a saber hacer cosas que son ajenas a la mayoría mientras el otro no ha hecho tal recorrido, la curva de aprendizaje de su especialidad es mucho menor.
Si no entendemos que el ser humano funciona por incentivos y que, por tanto, está dispuesto a hacer esfuerzos adicionales si estos conllevan recompensas adicionales (que no son solo pecuniarias), no entendemos al ser humano mismo. Y eso no es todo: si no entendemos que los seres humanos forman sociedades que progresan gracias al saber obviaremos la importancia de fomentar y alentar el saber (al que solo se llega a través del estudio y el esfuerzo personal).
La clave está precisamente en la desigualdad, en la necesidad de que no seamos todos iguales: es necesario el limpiador de quirófano y es necesario el cirujano, es necesario el albañil y es necesario el arquitecto, es necesario el mecánico y es necesario el ingeniero mecánico… todos son igualmente dignos (¿de verdad es necesario repetirlo?) pero no todos hacen progresar las sociedades del mismo modo: la mayor parte de nosotros somos contingentes, solo algunos imprescindibles, solo algunos son élite, solo algunos cambian el curso de la historia y esa élite que mejora la vida de todos sale de entre los que más saben y los que más se esfuerzan y si los que más saben y los que más se esfuerzan no reciben una recompensa adicional, el esfuerzo dejará de merecer la pena, el saber comenzará a menguar en lugar de crecer y las sociedades no solo dejarán de progresar sino que involucionarán y entonces todos seremos más pobres.
Decía Solzhenitsyn que los seres humanos, si son libres, no son iguales y si son iguales no son libres; la clave aquí está en las razones de la desigualdad: no somos iguales porque somos genéticamente diferentes, negar esto es negar la biología misma y no dedicaré ni una línea a explicar lo absurdo e inútil de hacer tal cosas; pero, además, no somos iguales porque nacemos en familias diferentes, en lugares diferentes, en circunstancias diferentes… y ahí es donde sí tiene todo sentido la lucha por la igualdad pero no una igualdad igual para todos porque eso es imposible y todo lo imposible, lo utópico, cuando trata de llevarse a la realidad deviene en distopía sino una igualdad conseguida paliando las desventajas de quienes nacen con ellas, no recortando las ventajas de quienes nacen con ellas ¿qué significa esto? Significa que no se trata de que el rico no pueda mandar a su hijo a un colegio o una universidad privada sino de que el pobre tenga las becas necesarias para poder estudiar como si fuera rico ¿todos los pobres? Aquí viene lo que no gusta a los igualitaristas… No, solo aquellos que haya demostrado actitud y aptitud para ello ¿por qué? Porque el dinero público que paga esas becas no cae del cielo sino que sale del bolsillo de los ciudadanos y debe invertirse pensando en el retorno de esa inversión.
Así como el desprecio del saber y su consecuencia, el enaltecimiento de la ignorancia, nos lleva a la pobreza, el enaltecimiento de los derechos y el desprecio de las obligaciones nos lleva a ese mismo lugar, el de la pobreza; y no son estos procesos aislados, es decir, convertir todo aquello que queremos en un derecho del que alguien debe proveernos y renunciar así a buena parte de nuestra responsabilidad sobre nuestra propia vida es solo un capítulo más en el libro del desprecio del saber y el enaltecimiento de la ignorancia, un capítulo en el que tienen sentido postulados como que tiene que cobrar lo mismo quien limpia un quirófano que quien opera en él a corazón abierto o por laparoscopia.
Pretender que cobre lo mismo el que sabe que el que no sabe, el que se esfuerza que el que no se esfuerza, el vago que el trabajador… es fomentar la vagancia y la desidia por encima de nuestras posibilidades; pretender que el se esfuerza gane lo mismo que el que sabe obviando lo que aporta cada uno de ellos es fomentar la ignorancia también por encima de nuestras posibilidades; convertir en derecho todo aquello que deseamos y sacudirnos la responsabilidad de trabajar por convertir esos deseos en realidad es dar a la fatalidad de la vida (nuestras circunstancias, lo que nos ocurre) mayor peso del que les corresponde y maniatar así la voluntad del ser humano.
Es lícito que un padre aconseje a su hijo que haga lo que le resulte fácil, no es lícito que quienes viven bajo ese mantra, el del mínimo esfuerzo y desprecio del saber, pretendan ganar por ley o decreto lo mismo que quienes toman el camino opuesto, el del esfuerzo y el saber; del mismo modo tampoco es lícito que quien se esfuerza mucho y sabe mucho en ámbitos y materias que le aportan más valor a sí mismo que a la sociedad pretenda ganar lo mismo que quienes aportan evolución y progreso.
Claro que todo esto solo se puede entender bajo la óptica de la libertad: cada uno de nosotros somos libres de esforzarnos o no, de aprender o no, de elegir el campo en el que nos esforzamos y aprendemos o no… y de hacerlo a favor y en contra de las circunstancias en las que nos toca vivir; si renunciamos a esa libertad en aras de un supuesto bien mayor (un catálogo de derechos que difícilmente se va a cumplir) acabaremos defendiendo que tiene que ganar lo mismo quien limpia el quirófano que quien opera en él aun sabiendo que el limpiador nunca podrá operar y que el cirujano no solo puede salvar una vida sino limpiar él mismo el quirófano.
Negar el valor del esfuerzo y el saber no solo es negar que lo que hacemos importa, es negarnos el progreso y condenarnos a la pobreza ¿no me crees? Pasea por lugares en los que la ideología igualitarista que desprecia la libertad y la propiedad se ha impuesto y luego cuéntame…
A estas alturas del debate solo puedo terminar como he empezado, hablando del modo en que la ignorancia deviene en maldad porque defender postulados igualitaristas basándonos en la dignidad inherente a todo ser humano obviando cualquier otra consideración puede ser error y confusión (confundir dignidad con valor) pero ni en ese caso estamos libres de la responsabilidad de caer en la cuenta del error y corregirlo, no digamos ya si lo nuestro no es error sino intención… la ignorancia cuando se lleva a gala siempre deviene en maldad, la caja en la que está la envidia porque, no nos engañemos, el odio a los ricos (a los que más tienen o ganan aunque lo tengan porque lo han ganado con su esfuerzo y su saber) no es más que eso, envidia, no los odian, quieren tener lo mismo que ellos sin poner sobre su vida el esfuerzo y el saber necesarios.