No van a volver.

No van a volver. Los muertos nunca vuelven. Sólo viven en el recuerdo de quienes los amaron. Nada más. Eso es todo. Y no es poco. Pero es como si no lo supiéramos, como si no entendiéramos lo efímero de la vida y del ser.

Con 200 muertos tras una dana hubo un político con mando en plaza que dijo que él estaba bien; con 45 muertos en un accidente de tren el político responsable del negociado en cuestión pidió que nos pusiéramos en su lugar, que no había dormido más que tres horas por día. Es como si no supieran que los muertos no van a volver…

Podemos hacer política de bajo nivel y explayarnos acerca del narcisismo del uno y el macarrismo del otro pero eso no es lo mollar, no es lo importante, lo que subyace a su comportamiento es lo que debe preocuparnos y no, no es falta de empatía. Para empezar, porque la empatía está sobrevalorada y no es en absoluto la contraparte del egoísmo, del egocentrismo ni del narcisismo, lo contrario al egoísta y al narcisista es el compasivo, no el empático; la empatía, queridos, es terrible y pedirla es de memos de manual ¡¿no tendrá cada uno bastante con sus dolores para echarse al corazón los ajenos?! No pidamos empatía, no nos la exijamos porque, además, no deja de ser una falacia y una entelequia ¿cómo vas a ponerte en el lugar de un muerto, de un viudo, de un huérfano, de un padre que ha perdido a su hijo…? Tu empatía puede durar un rato pero los muertos no vuelven y quienes los añoran sienten ese ausencia también cuando tu dejas de mirarlos, cuando olvidas su existencia, cuando ya te has empachado de empatía. No, no es empatía lo que falta, es compasión.

Y, además de compasión, falta verdad. ¿En los políticos? Por supuesto, pero también en nosotros, más en nosotros porque, como los muertos no son nuestros, nos basta y sobra con ser empáticos, compasivos incluso, durante un rato y seguir adelante con nuestras cuitas sin mirar de frente y a los hechos de la realidad: ¿por qué una dana se lleva por delante barrios enteros de una ciudad moderna como Valencia? ¿qué no se hizo a tiempo para evitar el desastre? ¿por qué un accidente de tren se ha llevado por delante 45 vidas? ¿qué se hizo o se dejó de hacer para que esto ocurriera? Y lo más importante: ¿qué hay que hacer para que no vuelva a ocurrir? No se trata de buscar culpables, de sacar el dedito acusador como si supiéramos de danas, trasvases, barrancos, vías, soldaduras y trenes más que los meteorólogos y los ingenieros mecánicos y de caminos, se trata de buscar la razón de los hechos para que las decisiones siguientes nos lleven a borrar esas razones y evitar así que esos hechos se repitan.

¿Responsabilidades? Las hay de dos tipos: penales y políticas. Las penales que las busque y dirima aquel al que le corresponda, las políticas… esas son las que tenemos que exigir los ciudadanos y es de extrema urgencia que lo hagamos ¿por qué? Porque si no hay responsabilidades políticas en la gestión pública (más allá de que puedan ser penales o no) los irresponsables taparán las razones que los dejarían con las vergüenzas al aire y si no se conocen las razones no se pueden borrar y evitar que lo sucedido ocurra de nuevo… Y es bien importante que eso se haga porque los muertos no vuelven pero los vivos todavía pueden morir.

Si falta compasión y falta responsabilidad política estamos ya en terreno pantanoso en el que lo que brota apesta; si nos falta compasión y nos sobra palabrería empática y resiliente, si nos falta fuerza y verdad para exigir responsabilidades políticas, los políticos, que como humanos que son responden a los incentivos, se adentrarán en ese terreno pantanoso y se desvelarán no solo como narcisos egocéntricos sino que lo harán sin ser ni tan siquiera conscientes de la amoralidad que los corroe. Como si no supieran que los muertos no vuelven…

Las víctimas de ETA nos recuerdan que sus muertos no han vuelto cada vez que salen los blanqueadores del terrorismo justificando lo injustificable: bien está el perdón, bien está que quien cumpla su condena se reinserte en la sociedad pero no y nunca para dar lecciones de nada, no y nunca para imponerse a sus víctimas; las víctimas de la dana nos recuerdan que sus muertos no vuelven y nos lo recuerdan también las víctimas de Adamuz y la vía rota pero nuestros políticos no parecen entenderlo y nos explican que hay que meter al terrorismo en la estructura del estado, que con que se vaya el que manda es suficiente aunque eso no resuelva nada o que no es necesario que dimita nadie porque se va a resolver lo mismo, nada; o peor, nos recuerdan que lo importante son ellos, si han comido o si han dormido o si han tenido protagonismo suficiente en el funeral de los muertos, de aquellos que no vuelven.

Y no, queridos, no son los políticos, ellos, aunque se creen la mar de importantes, son contingentes, son intercambiables, meros peones… somos nosotros, que aceptamos su falta de compasión y su irresponsabilidad, somos nosotros, que no miramos a la realidad sin filtros ni intermediarios y no exigimos políticos a la altura de las responsabilidades inherentes a los cargos que ocupan.

El día que celebramos que cualquiera puede ser ministro y olvidamos añadir ‘capacitado para el puesto’ a ese ‘cualquiera’, ese día aceptamos la creación del mundo feliz en el que viven nuestros políticos a nuestra costa, tomándonos por paisaje, por espectadores de su espectáculo; para ellos la vida es otra cosa, es su burbuja de prestigio impostado y coche oficial, de dinero público a mansalva y comisiones firmadas con luz y taquígrafo o sin ellos; el día que empezamos a pelear por un trozo de ese pastel repartido a golpe de subvenciones y sueldos públicos nos convertimos no solo en su excusa, también en sus cómplices y ahora que hay muertos en el barro y en las vías ¿qué haremos? Porque los muertos no vuelven… pero los vivos pueden, podemos, morir.

Conviene pensarlo: hay muertos y los muertos no vuelven; y están los políticos al mando ¿ocupados y preocupados por qué? Uno porque no ha comido, otro porque no ha dormido, otro porque no ha salido en la tele tanto como le convenía… Si aceptamos esto mansamente, si tanta amoralidad no nos desborda, entonces mereceremos lo que nos pase porque si ni siquiera ante los muertos (que no van a volver) anteponemos la compasión, la responsabilidad y la verdad, es que nuestra brújula moral se ha desimantado ya del todo.

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