Nosotros.

Os recomiendo, encarecidamente además, que estuchéis a Jano García, Ana Iris Simón y Juan Soto Ivars moderados por Terra Ignota: hablan de la importancia de los vínculos, de los valores morales, de la izquierda y de la derecha, de la cerveza… y de los abuelos.

Ana Iris Simón habla de su abuelo y Juan Soto Ivars de lo suyos, de los dos, del rojo y del facha, lo hizo además discrepando un poco de Jano, quien había relacionado antes la importancia de los vínculos más en referencia a los valores morales que al árbol genealógico. En lo que los tres estaban de acuerdo es en la importancia del amor, un amor que está por encima de si uno es rojo y otro facha y que está, además, en la esencia misma del ser humano. Hasta aquí me escueto resumen hecho así, al vuelo y cuando acabo de escucharlos.

Y mientras escuchaba a Jano hablar de la fibra moral, que no es otra cosa que distinguir el bien del mal, a Soto Ivars de su abuelo rojo y de su abuelo facha y a Ana Iris Simón del suyo y el almendro que plantó, pensaba yo en mi abuela que, de alguna manera, era todos ellos juntos: mi abuela era progresista, tan progresista que no solo votaba casi religiosamente al PSOE en los albores de la democracia que nos hemos dado sino que, cuando yo tuve edad de votar y pasé olímpicamente del asunto porque por entonces para mi la política era como los unicornios, llegó a ofrecerme 5.000 pesetas si iba a votar (socialista de pura cepa); ahora bien, esa misma abuela, años después, votaba a Aznar; ¡chaquetera! diréis algunos; cabe que yo le dijera cosas peores, lo cierto es que no me acuerdo y me alegro de no acordarme; lo que sí recuerdo es cómo pasó ella del socialismo progresista más convencido a votar a la derecha: fue a cuenta de la pensiones no contributivas, por ser más exactos: las pensiones no contributivas fueron la gota que colmó el vaso.

Os pongo en antecedentes: mi abuela dejó la escuela alrededor de los 8 años, cuando ya sabía leer, escribir y las cuatro reglas, porque eran muchos hermanos y en casa había muy poco para comer; trabajó en el campo desde niña y durante toda su vida (que si plantar patatas, que si tomates, cebollas, pimientos, repollo, acelgas… que si criar gallinas por los huevos, el pavo para Navidad, que si conejos… que si ir al Mercado a vender el excedente (lo que no se consumía en casa) que si dejar de ir porque llegó la burocracia a pedir siete papeles, ocho trámites y no sé que cosas más…; se casó con mi abuelo, que si ella era roja lo de él era, qué se yo, rojo intenso, más cercano al anarquismo que a cualquier otra cosa, entró en Bazán como aprendiz a los 14 años y se jubiló una vida después como delineante.

¿Y qué pasó? Que mi abuela pagaba la agraria (lo que viene siendo la cuota de autónomos para los trabajadores del campo) y sus vecinas, que estaban en una situación muy parecida a la suya, le decían que a santo de qué, que ya tenían seguro por los maridos y que, si les pasaba algo, les quedaría la pensión de viudedad; y ahí estaba mi abuela progresista ella con su buena vena feminista, autónoma e independiente: que sí, que ya lo sabía, pero que ella trabajaba y quería que llegara el día en que cobrara su pensión, no la de su marido, la suya ¿qué iba a ser muy pequeña? sí, pero era el fruto de su vida de trabajo. Y así pasó.

Y por eso, cuando aquellas que poco menos que la habían tomado tonta, comenzaron a cobrar su pensión no contributiva que era prácticamente lo mismo que cobraba ella después de haber contribuido, le hizo tres cortes de mangas a Felipe González y se fue a votar a Aznar. Y yo, que era entonces una joven muy lista ¡listísima!, le afeé la conducta, no tanto porque me pareciera mal que votara a la derecha como por chincharla un poco por su cambio de opinión, mi abuela me soltó entonces un zasca (aunque entonces no se llamaran así) que resonó en toda la galaxia conocida y la que está por conocer: ‘para becas, ese dinero para becas’.

Miro atrás y recuerdo la casa de mis abuelos, una casa en la que había libros y no porque los leyeran mis abuelos sino porque en cuanto sus hijos tuvieron cierta edad, mi abuela le pidió a mi abuelo que se hiciera socio del Círculo de Lectores, recuerdo la obsesión de mi abuela porque todos sus nietos estudiáramos, no era obsesión por el título universitario sino por el saber aunque yo de eso me di cuenta más tarde; ocurrió cuando me dijo, estando yo ya en la universidad, que si algún día era madre y pensaba que lo que tenía que hacer era dedicarme sobre todo a criar a mis hijos que no me preocupara, que no hiciera caso de lo que dijera nadie, que hiciera lo que yo pensara que tenía que hacer… que lo que estaba estudiando y aprendiendo entonces era mío para siempre, que eso ya no me lo quitaba nadie. (Yo me piqué lo suyo cuando me lo dijo, me creía entonces la feminista progresista frente a la mujer conservadora por la que tenía entonces a mi abuela, pero os aseguro que no ha pasado un año desde que nació mi hijo hace 17 que no recuerde aquel día y la inmensa razón que tenía mi abuela).

Mi abuela no era chaquetera ni era una roja que se hizo conservadora, ella no se movió de donde estaba, de un lugar en el que el bien no se diluye en mal ni el mal en el vino, de un lugar en el que lo justo es lo que hay que respetar, de un lugar en el que el esfuerzo tiene premio y el saber prestigio no por el título en la pared sino por lo que el esfuerzo de saber nos permite crecer y dar después. Ese lugar es el de los valores morales… y yo acabo dándoles la razón a los tres, los vínculos nos hacen humanos, sí, empezando por los familiares, sí, pero esos vínculos necesitan un sustrato moral, es el sustrato moral el que hace crecer los vínculos en el terreno de la amistad y las familias nuevas, sin ese sustrato, opino, nos quedamos cabe que vinculados genética o románticamente pero colgados de la brocha.

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