Laicismo y fe.

Vaya por delante que me defino como agnóstica y a la vez me incomoda un poco esa etiqueta porque soy plenamente consciente de cuanto debe Occidente, en lo que a su fibra moral se refiere, a la fe (pero eso es harina de otro costal y tema para otro post, aunque el tema no deja de estar anticipado aquí: Somos hijos de Grecia, Roma y Jerusalén). Hecha esta aclaración, al lío.

El laicismo es la religión de nuestros días, sin ser en realidad nada; somos un estado aconfesional, ciertamente, pero quienes gobiernan ese estado se revisten de laicismo y ese laicismo estatal no deja de ser más que una postura (o un postureo) frente a los vínculos que mantuvo el régimen anterior a nuestra actual democracia con la Iglesia católica y no deja de ser tampoco un modo de decir: cree o deja de creer lo que se te antoje, el estado ahí ni corta ni pincha. Ahora bien:

Que el estado se haga pasar por laico y que el laicismo campe a sus anchas por nuestra sociedad no destruye en dos días los usos, costumbres, tradiciones y cierta fe que han construido Occidente: tan verdad es esto que el propio laicismo ha tratado de construir sus propios usos, costumbres y tradiciones plagiando los que ofrece la religión: ahí están las bodas civiles que parecen religiosas, los bautizos civiles… y eso por no hablar de quienes nos vemos impelidos, por razones que a veces nos cuesta comprender, a cumplir con las tradiciones religiosas aunque no seamos de Misa de domingo, incluso aunque nos declaremos agnósticos y no hablo solo de quienes se casan por la Iglesia, bautizan a sus hijos y los llevan a catequesis para que hagan la Comunión, no, hablo también de los que ponen el Belén en Navidad o celebran su santo por poner un par de ejemplos. Y todo esto, aun siendo importante, no es nada en lo que diferencia el laicismo de la fe.

No me preguntéis por qué, no lo sé, pero sí os puedo asegurar que el laicismo, en los momentos de pérdida y dolor, no consuela, la fe sí ¿aunque se carezca de ella? Aunque se carezca de ella ¿por qué? Ya he dicho que no lo sé… aunque alguna razón sí se me ocurre:creo que la fe también se vive a través de los otros, pienso en la mujer que falleció en el accidente de Adamuz al que sobrevivieron sus hijos y nietos, una mujer muy creyente… no sé cuánta fe tienen o de cuánta carecen sus hijos y nietos pero sí se que la fe que ella tenía hará que a ellos les consuele mucho más un funeral religioso que uno laico. Y, por cierto, ¿qué es un funeral laico?.

Un funeral laico no es más que un intento del laicismo de dejar de ser una nada inútil para convertirse en algo que, dado que plagia los usos y costumbres religiosos, se parecerá más a una ideología que a cualquier otra cosa, y no es más que la pataleta de un estado laico frente a una sociedad de tradición católica. Hay quien, para alejarse más de la nomenclatura religiosa, habla de homenaje en lugar de funeral laico pero ¿por qué se rinde homenaje a los muertos en un accidente o en una catástrofe natural o en una pandemia? Se entiende un homenaje al héroe, al que hace algo heroico, al que se juega su vida y la pierde por otros o por un bien mayor pero ¿qué heroísmo hay en morir sobre unas vías de tren en un accidente que nunca debió ocurrir o en una riada que debió evitarse o en una pandemia ante la que se debió actuar con mayor celeridad? No han dado su vida por nada ni por nadie, la han perdido porque alguien (y ese alguien no es uno sino que pueden ser muchos, el sistema mismo en su conjunto) no hizo bien su trabajo o tomó malas decisiones; no merecen un homenaje, merecen una disculpa, merecen la verdad, y sus familias merecen una compensación que estará muy lejos de paliar la pérdida que han sufrido pero que demostrará al menos que todavía somos civilizados.

El laicismo es una postura bien cómoda ante la vida porque no exige nada, el problema surge cuando nos damos cuenta de que tampoco ofrece nada ¿eso nos va a hacer recuperar la fe? Ciertamente no, pero sí observar a quienes quieren llenar la nada que es el laicismo con formas de algo (algo que se parece mucho a las tradiciones religiosas) con un profundo escepticismo y una aún más profunda desconfianza porque si algo bueno tenía el laicismo era precisamente esa nada que anticipaba respeto hacia quienes sí profesaban una religión, la que fuera: lo cierto es que cuando tratan de imponer la nada laica a través de nuevos rituales no son mejores que quienes imponían (o imponen) así la religión, es más, me atrevo a decir que son peores porque quienes imponían (o imponen) la religión al menos te prometen un cielo o un paraíso a cambio de tu fe y tu respeto a los preceptos religiosos, quienes hoy se empeñan en hacernos más laicos de lo que somos no ofrecen nada a cambio, o por ser más exactos, ofrecen precisamente eso, nada, la nada de La Historia Interminable.

El estado es aconfesional pero España es un país de tradición católica y Huelva una provincia de profunda tradición mariana, no me parece tan difícil de entender ni tan difícil de respetar a no ser que lo que se busque sea lo que se dice querer evitar: politizar el dolor, polemizar sobre los muertos.

No seré yo quien le diga a nadie lo que tiene que creer o dejar de creer pero lo que sí os digo es que si el laicismo no es el respeto a todos, crean lo que crean, es ya menos que nada, es peor que nada, ya no es un lugar cómodo por poco exigente, es un lugar oscuro.

Y conviene no olvidar que si quien ostenta el poder en un estado laico carece de la fibra moral que ha tejido la civilización occidental, entonces desconoce lo que es el respeto y cabe que en esas circunstancias la nada de La Historia Interminable nos parezca un paraíso frente al pantano de la tristeza y miseria (pecuniaria y moral) al que nos aboca.

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