Nueva pirámide nutricional: por qué es tan importante.

Hasta la pirámide de alimentos está patas arriba y, aunque pueda parecer un asunto menor en comparación con otros grandes cambios geopolíticos que ya no es que se estén gestando sino que están eclosionando, es importante ¿por qué? Porque, si hablamos de bienestar y salud, esta nueva pirámide nutricional lo cambia todo.

¿Saben esas personas a las que cuando no les sobran 5 kilos los sobran 10 (no más, no exageremos…) y se pasan la vida lidiando con ellos, a veces venciéndolos y a veces acogiéndolos en su contorno abdominal? Soy de esas, así que he visitado endocrinos y nutricionistas desde la adolescencia hasta mis 50 y sigo haciéndolo pero con mejores resultados y por otros motivos. Las razones de mis visitas son dobles: son mías por mi hipotiroidismo y de mi hijo por su diabetes tipo 1 y su hipotiroidismo; son endocrinos diferentes y recomendaciones diferentes no solo por las distintas condiciones de salud sino porque yo soy una mujer de 51 años y mi hijo un adolescente de 17, pero hace ya años que me vengo dando cuenta de que, en el fondo, los consejos son los mismos tanto para él como para mí, tanto de los endoccrinos como de los nutricionistas y enfermeras de educación diabetológica: utilizar ingredientes naturales y de temporada, recetas poco elaboradas, proteína en todas las comidas, entre las frutas y verduras priorizar siempre las de bajo índice glucémico, los granos que sean integrales y en poca cantidad, dejar el azúcar y las harinas refinadas y huir de los alimentos procesados como de la peste.

Y tras haber llegado a esa conclusión tras décadas de endocrinos y nutricionistas, veo la nueva pirámide de alimentos y pienso: pues ya estaría, así sí. Aunque sé que no, claro, no está en absoluto, esto es solo el principio porque una cosa es saber lo que hay que hacer y otra hacerlo, cambiar hábitos es de las cosas más complicadas que hay… y hay que hacerlo pero, oye, como diría un podemita de salón, sí se puede. A mi me tocó hacerlo, no dar opción al ‘no se puede’, cuando dejó de ser una cuestión de vestir un par de tallas más o menos y lo que estaba en juego era la salud de mi hijo, y es que los incentivos son el motor de la vida: por una talla de pantalón renuncias o no a un donut pero, creédme, cuando lees acerca de las complicaciones asociadas a la diabetes, empiezas a verle al donut muy mala pinta; eso no significa necesariamente que no vuelvas a comer donuts jamás en la vida (por esta casa han pasado un par de panettones esta navidad…) pero sí que sirve de palanca para empezar a hacer cambios y, para afrontarlos, a mi hubo algo que me funcionó de cine: dejar de pensar en lo que no hay que comer y empezar a pensar en lo que hay que comer. No se trata de privarte de nada (mentalidad de dieta) sino de darle a tu cuerpo lo que necesita.

Cuando te centras en pensar qué debes comer (algo que no es exactamente lo mismo para todo el mundo sino que depende de nuestro estilo de vida, sexo, edad…), lo haces además sabiendo que debes incluir proteína en todas tus comidas y cogiendo la nueva pirámide de alimentos por su parte superior, lo que sucede es que construyes un menú diario que cubre tus necesidades con los alimentos necesarios, alimentos que has elegido además según tu gusto personal ¿no sabes muy bien qué hacer con ellos? ¡anda que no hay gente en Instagram proponiendo recetas ricas y saludables!

Más allá de cómo hacer cambios en la dieta que no asumamos como temporales o para estar seguros de lograr ese cambio, conocer la historia de la dichosa pirámide puede ayudar:

La pirámide nutricional que nos ha acompañado en las últimas décadas nació en Suecia allá por los años 70 y no estaba diseñada tanto en términos de salud como de necesidad, de ahí que colocara en su base alimentos baratos y accesibles (cereales y lácteos); de aquella primera pirámide pasamos a la de los años 90, que fue aprobada por los americanos en 1992, y que mantenía a los carbohidratos en su base (cereales, pasta, pan…); no es que desde entonces hasta hoy no haya cambiado nada, se ha hablado mucho del plato Harvard (un cuarto del plato de proteína, otro cuarto de carbohidratos y dos de vegetales) e incluso en algunos países se aprobaron variantes de la pirámide americana, es más, en Estados Unidos Michelle Obama promovió un tipo de alimentación que encaja mucho mejor con la nueva pirámide nutricional que con la de los años 90; pero no ha sido hasta ahora, en 2025, cuando se pone negro (y de colorines) sobre blanco la verdad: que la base de nuestra alimentación debe ser la comida real empezando por carne, pescado, huevos y lácteos y continuando por las verduras y las frutas (de bajo índice glucémico preferiblemente) ¿los cereales? también están, claro, pero no en la parte ancha de la pirámide sino en la estrecha y los procesados y azúcares no están porque no deben formar parte de nuestra dieta diaria.

La nueva pirámide nos llega desde la derecha política y ya sabemos que en el tablero inclinado en el que vivimos, siempre se recibe mejor lo que cae desde la izquierda que lo que sube desde la derecha; si esta pirámide se hubiera presentado durante la presidencia de Obama con Michelle como adalid de la cosa el mundo hubiera hecho la ola, como llega con la administración Trump y quien la propone y defiende es el mismo que anduvo de idas y vueltas con las vacunas del Covid… pasa sin pena ni gloria (casi).

Además están los expertos en la materia a los que no les parece suficiente poner la pirámide patas arriba: a los que son muy keto les sobran los granos integrales y piden más grasas saludables, a los de la alimentación carnívora les sobran no solo los granos sino también los vegetales, vegetales que no son suficientes para los veganos, también los hay que no quieren una pirámide nutricional sino una de estilo de vida que incluya el deporte y la actividad física… y así podríamos seguir recorriendo las diferentes corrientes nutricionales, ahora bien: tras años de pasear no diré que todas pero sí muchas de ellas, os digo que, si obviamos todas las dietas que exigen suplementación (porque por el mero hecho de exigir suplementos se demuestran incompletas), todas las demás encajan, de un modo u otro con la nueva pirámide: algunas tienen más hidratos que otras pero eso se ajusta en función de la actividad física, algunas tienen más grasas (siempre saludables) que otras, algo que tiene que ver con la demonización, afortunadamente superada ya, de las grasas en épocas anteriores (cuando era adolescente era lo primero que se quitaba de todas las dietas, todavía recuerdo las ensaladas aliñadas (por decir algo) sin gota de aceite), y lo de enaltecer las frutas por encima de sus posibilidades o demonizarlas por debajo de ellas también es algo que viene de atrás.

Lo cierto es que si obviamos de dónde viene la pirámide, porque eso no importa, las dietas incompletas y las dietas extremas, encontraremos en ella una magnífica guía para alimentarnos como debemos y es que nuestra dieta mediterránea se ajusta divinamente a ella: ¿que igual nos pasamos de arroz en verano, de legumbres en invierno y de patatas o cereales todo el año? Puede ser, pero eso en parte se debe a que hubo un tiempo (que al menos desde que tengo memoria y hasta el día de hoy es solo de infausto recuerdo para generaciones anteriores) en el que la carne y el pescado eran tan de lujo como puedan serlo hoy las carnes premium, el marisco o algunos pescados salvajes; actualmente (veremos si seguimos así porque la inflación parece un pájaro volando alto y nuestros salarios un árbol arraigado en la tierra) hay un abanico de carnes, pescados y precios que nos permite ajustar el presupuesto sin saltarnos nuestro empeño por alimentarnos bien.

Veo cada día como lidia el cuerpo de mi hijo con los alimentos que ingiere y la insulina sintética de la que lo provee su bomba de insulina y cuando descubro como con ciertos alimentos las necesidades de insulina suben como la espuma, me imagino al páncreas de un cuerpo no diabético trabajando a tope… y no me resulta difícil entender que ese castigo al páncreas es el camino más directo hacia una diabetes tipo 2; y por eso cuando pienso en qué vamos a comer o a cenar hoy, pienso también en si vamos a movernos mucho o a practicar deporte o no y procuro cuidarme mucho de preparar platos altos en grasas e hidratos… Eso es algo que no dice la pirámide pero que quienes tenemos cerca a alguien con diabetes tipo 1 sabemos bien: cuando mezclas en una misma comida una cantidad notable de grasas e hidratos (se me ocurren varias: la pizza, la empanada gallega, la pasta cuando se prepara con salsas de quesos grasos o de nata…) la glucosa sube y ahí se queda, en la luna de Valencia ¿por qué? En el caso de los DT1 sucede porque las grasas ralentizan la subida de la glucosa en sangre y, para cuando llega, la insulina que te has puesto para comer ya va agotando su efecto pero en el caso de las gentes sin diabetes la cuestión es parecida, tenemos al páncreas trabajando como si no hubiera un mañana mucho más tiempo y eso no solo engorda (cuando tienes insulina circulando por la sangre estás en modo acumulación de grasa, no gasto) sino que además es exigente con el páncreas, que es donde están las células beta produciendo insulina hasta que no pueden más y llega la diabetes tipo 2.

Pienso en todas las dietas que he hecho (algunas muy cuerdas, otras demenciales a pesar de estar dirigidas por nutricionistas o incluso endocrinos) y pienso en todo lo que he aprendido de nutrición desde el diagnóstico de mi hijo de diabetes tipo 1 hace casi 8 años, y me alegro de la presentación de la nueva pirámide: más carne (que puede ser pollo, conejo, pavo… no tiene por qué ser jamón de Jabugo, wagyu ni presa ibérica, que son más caras, eso sí, lo que tiene que ser es carne, no carnes procesadas de esas que nos venden como burger meat o embutidos variopintos que no llevan más que un 50 o 60% de carne como mucho ¿y lo demás? misterio…), más pescado y marisco (que puede ser pescadilla, bacaladitos o lirios (como quiera que les llamen), boquerones, mejillones, conservas (de atún con moderación por aquello del mercurio pero también caballa o sardinas) dorada, lubina… que no tienen por qué ser salvajes ni tampoco percebes, besugo, rape u otros pescados más caros), huevos por supuesto, lácteos naturales (yogur natural, kéfir, queso… que no postres lácteos), verduras y hortalizas a placer sin excedernos en cantidad con las que aportan más hidratos (tubérculos y legumbres, evitando además combinar estas últimas con altas cantidades alimentos ricos en grasas: un chorrito de aceite de oliva virgen está bien, chorizo y panceta a discreción es mala idea), frutas priorizando las de bajo índice glucémico (frutos rojos, cítricos, manzanas…) y los granos preferiblemente integrales y sin excedernos en las cantidades.

¿Y por qué me permito soltaros este rollo alimenticio como si fuera una experta en la materia? Puede que penséis que, aunque no tenga título que lo demuestre, en cierto modo lo soy por experiencia y cabe que sea cierto… o no, yo misma prefiero confiar en endocrinos y nutricionistas antes que hacerlo en expertos que no sabe uno nunca si lo son de verdad o solo de salón, Tik Tok, Instragram y YouTube; ahora bien, dejadme que os diga algo: siguiendo la guía que os detallaba especialmente en el párrafo anterior, una guía que encaja de cine con la nueva pirámide nutricional, llegué a la última revisión de mi hijo y lo primero (lo primero…) que dijo la endocrina cuando entramos en la consulta y tras haber revisado su analítica fue lo siguiente: sentaos por aquí, voy a mirarlo bien a ver que os digo… porque además de ‘enhorabuena’ no sé qué deciros… No confiéis en mi, confiad en el resultado de la analítica y en la conclusión de una endocrina experta, de las de verdad, en la materia.

Que sí, que comer según la nueva pirámide nutricional (cuidando las cantidades de los alimentos más calóricos para no ingerir más de las que gastamos) es bien. Por eso la nueva pirámide nutricional es tan importante: para quien la presenta (la administración Trump, pero nos daría igual que hubiera sido la administración Obama) es importante porque a medio y largo plazo mejorará la salud pública y reducirá por tanto el gasto sanitario pero lo macro siempre nos pilla demasiado lejos hasta que lo bajamos a lo micro: nuestra salud estará más protegida si seguimos una alimentación que encaje con la nueva pirámide nutricional. Dígalo Agamenón o su porquero.

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