La dignidad, la ignorancia y el saber.

Lo de confundir el culo con las témporas y la velocidad con el tocino se nos da de escándalo, es más, nos jactamos de hacerlo con maestría cuando apostillamos que el tocino se puede comer muy rápido… pero ese alarde de ignorancia y estupidez, ese ego mal nutrido y engordado a base de pienso industrial no tiene ni un ápice de lucidez porque para ser lúcido, aunque no es necesario ser sabio, sí es imprescindible saber una cosa: que la ignorancia no vale lo mismo que el saber.

Cabe aquí hablar del daño que han hecho, y siguen haciendo, aquellos que confunden la igualdad con el igualitarismo y que, bajo la bandera de la democracia, no solo nos hacen a todos iguales sino que hacen que todo de igual porque todo vale igual… (eso en el mundo infeliz que recrean, claro, la realidad tiene siempre sus propias reglas y jamás se doblega ante los propagandistas de turno); si todo vale igual, perded cuidado, todo valdrá exactamente nada porque si vale igual esforzarse que no hacerlo ¿quién va a hacer el esfuerzo de esforzarse?, si vale igual saber que no saber ¿quién va a hacer el esfuerzo de saber? Muy pocos a los que, además, se mirará con cierto desprecio.

Confundir la igualdad con el igualitarismo es uno de errores que sustenta la falacia democrática, otro, no menos grave, es confundir la élite con el elitismo: quisimos cargarnos de un plumazo los derechos de cuna pero hemos arrasado con mucho más que aquellos viejos privilegios y lo hemos hecho confundiéndonos, pensado que el problema está en la élite y no en el modo en que se construye tal élite ¿resultado? Ahora se construye de otro modo, no necesariamente mejor.

Ni somos todos iguales ni, como sociedad, podemos desarrollarnos sin una élite cultural e influyente. Y no importa cuán democrática creamos que es la sociedad ni cuán democrática queramos que sea, nunca seremos todos iguales y siempre será necesaria una élite, no porque seamos borregos sino porque somos humanos.

Pero volvamos al origen de esta disertación: no, tu ignorancia no vale lo mismo que su sabiduría lo grites como y cuanto lo grites, no importa con cuanta vehemencia lo creas y lo repitas ni que lo vomites en tertulias de salón engolando la voz y gustándote a ti mismo más que Garfield la lasaña.

¿Que él/ella no vale más que tú ni tú menos que nadie?

Sí y no, querido, sí y no…

La dignidad es la dignidad, tan suya como tuya ciertamente, ahora bien.

El que sabe, sabe y el que no… que aprenda. O que acepte vivir en y con su ignorancia teniendo claro, cristalino si puede ser, que su ignorancia no vale lo mismo que la sabiduría del otro ¿o acaso aceptarías que te operara a corazón abierto un filósofo? Sabes que no… y lo sabes porque en tu fuero interno eres consciente de que no es lo mismo saber que no saber de esto o de aquello… Y te diré algo más: cuando tu ceguera voluntaria o involuntaria, tu envidia o tu maltrecha moral te impiden reconocer el saber en otros, eres tú quien ataca su propia dignidad, no el que sabe, eres tú el que se comporta indignamente.

¿ Te has preguntado alguna vez por qué hay tanta gente creando hoy contenido? Porque nos gusta compartir lo que sabemos (a algunos también hacer alarde de ello pero eso es cosa ya del ego malcriado con el que cargan); luego están los que no saben nada pero igualmente crean contenido porque ¡qué carajo! tienen tanto derecho como los demás a hacerlo… La cuestión es ¿qué aportan amén de ruido, confusión y nada? La clave no está en el podcast ni en el blog, está, siempre, en el saber y si aprendiésemos a respetar el saber y a quien sabe, no me cabe la menor duda, estaríamos construyendo una sociedad mejor en la que los creadores de contenido que no saben nada se diluirían como un azucarillo en el café. Un apunte cuanto menos curioso: tan profundo es ese gusto humano por compartir lo que se sabe que se cree que forma parte de los detonantes que nos llevaron, a nosotros y no así a otras especies carentes de este afán, a evolucionar hasta desarrollar un lenguaje complejo… (pero esa es otra historia).

Y no, no hablo de que todos tengamos que convertirnos ahora en sabios griegos y romanos para montar un podcast, sino actuar en base al respeto al saber, un respeto que al principio puede ser consciente e incluso forzado pero que se vuelve muy real, casi tanto que se hace tangible, cuando a base de respetar el saber te molestas en cultivar el tuyo propio y empiezas a ser consciente de cuán poco da de sí una vida para tanto como hay por saber.

Estamos en septiembre, queridos, a punto de volver al cole y de iniciar temporada de otoño invierno, una época tan buena como cualquier otra, incluso mejor, para cultivarnos ¿cómo? … ¡lean carajo! decía yo misma en Maleducados y lo repito aquí y ahora (y si vas a despacharme con un ‘ah, no, que a mi no me gusta leer’ mejor no me lo digas… no, al menos, antes de leer Maleducados y entender por qué afirmo que a todos nos gusta leer, solo que no todos sabemos que nos gusta leer).

Tengo para mi que respetarse a uno mismo es cultivarse, no conformarse, no gozar del efímero placer sino buscar la felicidad plena ¿que te cuesta leer? Pues empieza por elegir bien qué podcasts escuchas, hay creadores de contenido que valen su peso en suscripciones elevado al cubo… (si eso también te da pereza… no quiero saberlo).

2 comentarios

  1. […] Aquí tenemos la segunda parte del drama… Los oportunistas educan oportunistas ¿cómo? Aconsejándoles que busquen siempre los atajos y los caminos más fáciles, lo que menos esfuerzo les suponga, y ocupándose siempre de que sean felices, signifique eso lo que signifique; la consecuencia de tales recomendaciones es inevitable: esos niños, ya jóvenes, son lanzados al mundo desnudos, sin preparación de ninguna clase y se convierten en carne de cañón; que no pueden acceder a una vivienda, dicen, y lo dicen sin ser conscientes de que ese es el menor de sus problemas, el mayor es que los han mandado a las trincheras, al frente de la vida, desarmados, desnudos, desinformados… incapaces de labrarse una vida. […]

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