Hace unos días publicaba EsadeEdPol un estudio acerca del estado de la profesión docente que ha pasado por los medios con más pena que gloria, sobre ese informe han corrido, y correrán, muchos menos ríos de tinta que sobre las pantallas y la digitalización de la escuela, también se escribirá sobre esto menos que sobre la importancia de la comprensión lectora y sólo se me ocurren un par de razones para que sea así: por una parte los intereses creados alrededor de la digitalización (además de las líneas pedagógicas que, errando gravemente, parten de la base de que los niños son nativos digitales como si nacieran con la pantalla cosida a la mano y que se educa a futuros ciudadanos digitales como si fueran a vivir en un universo tipo Ready Player One, el sueño húmedo de Zuckerberg) y por otra parte la profunda sindicalización del personal educativo que acaba poniendo por delante los intereses de los trabajadores de la educación sobre los de los niños y la educación misma (solo así se entiende la instauración de jornadas continuas que facilitan la conciliación para los profesores y la dificultan para el resto de profesionales sin valorar en su justa medida, además, las necesidades de los niños en cuanto a sus horas de trabajo y descanso durante la jornada escolar para que el proceso de aprendizaje sea óptimo, o que se nos hable de igualdad para promover la digitalización y se obvien las contraprestaciones que pueden suponer esas tardes libres: niños hiperconectados a la tecnología, desconectados de sus pares… por no hablar de las desigualdades que se generan entre quienes dedican tiempo a sus hijos por las tardes y quienes no lo hacen, quienes dedican presupuesto a organizar esas tardes libres con actividades interesantes para el proceso educativo de sus hijos y quienes no lo hacen… ¿no debería la escuela ser motor de igualdad? ¿o eso solo funciona para la digitalización?).
Pero no quiero irme del tema: de este informe de EsadeEdPol extrajeron los medios la información esencial que tiene que ver con la formación del profesorado; Olga R. Martin hizo una buena radiografía en El mundo, además podéis ver el informe completo aquí; por mi parte no voy a hacer sangre con estos datos sino que voy a contaros como se vive esa formación del profesorado desde dentro.
Vaya por delante que la situación de la que os hablo la viví hace 25 años ¿que las cosas pueden haber cambiado? Podrían haber cambiado, sí, y cabe que lo hayan hecho sutilmente pero en lo esencial, no, los problemas de fondo son exactamente los mismos que eran, probablemente agravados porque lo que suele ocurrir con los problemas que no se solucionan es que tienden a empeorar.
Empezamos por la formación de los profesores de Infantil y Primaria: hace 30 años Magisterio ya era la carrera María, la carrera menor (porque además era diplomatura, no licenciatura) en la que caían quienes no tenían media para entrar en otros estudios y quienes buscaban algo fácil porque nada les atraía como para esforzarse ¿suena duro e incluso cruel? ¿seguro que había, y hay, estudiantes que optan por estos estudios con vocación? No dudo ninguna de las dos cosas, hay profesores que lo son por vocación y es terrible que en su formación estén acompañados de un número tan elevado de quienes no solo no sienten esa vocación sino que eligen esos estudios por fáciles menospreciándolos, menospreciando su importancia. Que la situación no ha debido cambiar mucho en los últimos años lo demuestra el estudio de EsadeEcPol según el cual los profesores de infantil y primaria tienen niveles de comprensión lectora inferiores a los de quienes cursan otros estudios universitarios, lo que nos permite deducir que la exigencia no debe haberse incrementado. ¿La gravedad de esto? Superlativa. Y para explicarla solo hay que escuchar a Gregorio Luri cuando dice que el nivel de comprensión lectora de los niños a los 9 años nos permite extrapolar cómo será su desempeño tanto académico como profesional futuro con un margen de error pequeño ¿y cómo van a trabajar en busca de la excelencia en comprensión lectora quienes carecen de ella?.
Otra historia, tristemente similar en algunos aspectos, es la de los profesores de secundaria y bachillerato; en este caso hablamos de alumnos de un grupo amplio de carreras universitarias (biología, química, física, matemáticas, historia, filosofía, filología…) que, una vez terminada su licenciatura, cursan lo que antes era el CAP (Curso de Aptitud Psicopedagógica) y ahora es un Máster en Educación; si entre quienes estudian con el ánimo de convertirse en profesores de infantil y primaria abundan los estudiantes sin la debida vocación, no os quiero ni contar lo que sucede, o al menos sucedía, entre los que cursan el CAP (Máster en Educación); he tratado de hacer memoria respecto al tiempo en el que lo cursé yo, hace 25 años, y hay algo que recuerdo con gran nitidez: la mayor parte de los que lo cursaban lo hacían porque era necesario para opositar después, no recuerdo a nadie hablando de la feliz perspectiva de ser profesor sino de la de ser opositor, de si pasarían la oposición a la primera o a la cuarta, de si se animarían a presentarse en una Comunidad Autónoma diferente a la suya… y cosas así.
Me gustaría dejar aquí negro sobre blanco cuál fue mi experiencia con el dichoso CAP que, en mi caso, ya estaba en pleno proceso de remodelación y se trataba de un máster de un año que es asimilable a los Máster en Educación actuales (de hecho he pedido la información pertinente y me han confirmado que convalida el uno por el otro); el caso es que nos pasamos los dos primeros trimestres de ese curso-máster recibiendo clases de materias referidas por una parte a temas pedagógicos y por otra a lo referente a la organización del contenido y las clases; los últimos tres meses correspondían a las prácticas en un instituto público, prácticas que contaban con un profesor-tutor en el propio instituto que presentaba, al terminar, un informe de tu desempeño.
Tengo buen recuerdo de los primeros seis meses, fueron interesantes ¿los tres últimos? Qué deciros… Y no, no tuvo la culpa el grupo que me tocó (uno de tercero de BUP del nocturno, equivalente a un primero de bachillerato de hoy), que no, no era un grupo fácil pero tampoco me había dicho nadie que ser profesor fuera fácil… El problema fue que desembarcamos ‘los de prácticas’ un día, nos recibieron nuestros correspondientes tutores, yo conocí a la mía, una profesora cuyo nombre recuerdo perfectamente, que me dio las siguientes indicaciones: no puedes echar a nadie del aula porque, si mandas a alguien al pasillo, tiene que ir a dirección y como hagas venir al director a las horas de tus clases (últimísima hora de la tarde como corresponde a un grupo nocturno) me metes a mi en un lío; yo no entendía nada, ni por qué me decía aquello como si ella no fuera a estar en el aula ni por qué era tan fácil que quisiera yo echar a nadie… Pero es que iba a pasar exactamente eso, no volví a verla ni ella me volvió a ver, solo supo de mi que no eché a nadie de clase porque no la metí en ningún lío y, si para preparar mi evaluación preguntó algo a la clase, supongo que nadie tendría gran queja porque lo que hice fue limitarme a trabajar con quienes querían trabajar, quienes supongo que, de decir algo, no sería malo… ¿qué más podía hacer si solo iba a estar allí tres meses llevando una clase complicada yo sola como si fuera una profesora con experiencia?.
¿Que hay buenos profesores? No lo dudo, es más, me he encontrado algunos tanto como estudiante primero como como madre de estudiante después ¿que tenemos un serio problema con la formación del profesorado? Tampoco lo dudo, ahora bien, cabe aquí ya meter el dedo en la yaga del todo: para diseñar una formación de profesores realmente exigente, cargada de contenido tanto de las materias que van a impartir como de cómo impartirlas, primero hay que tener claro precisamente eso, qué queremos que enseñen… La penetración de la ideología en la educación es tan profunda que resulta imposible abstraerse de ella para poder diseñar una buena formación del profesorado; en Maleducados toqué colateralmente este tema porque se trata de un ensayo escrito, principalmente, para padres pero lo suficiente como para preguntarme cuál es el objetivo y el fin de la educación, si empezamos por decir que hablamos de educar ciudadanos digitales, ecologistas, animalistas, feministas… estaremos asumiendo la pérdida de la auténtica razón de ser de la educación.
No son pocas las veces que hemos leído en los últimos años que faltan profesores y eso a pesar de que seguimos haciendo gala de la envidia más insana echándoles en cara las muchas vacaciones de las que gozan ¿qué pasa para que no haya cola para ocupar los puestos de profesor? Más allá de que la formación del profesorado sea manifiestamente mejorable, más allá incluso de que el prestigio que tenía tiempo atrás la profesión no es ya el que era, creo que hay un aspecto que, en los últimos años, ha podido influir grave y negativamente y está relacionado con lo que decía anteriormente, la razón de ser de la educación y, por ende, el trabajo del profesor, los objetivos que debe perseguir.
Vivimos tiempos fluidos, tan fluidos que se acaban confundiendo el papel del profesor con el del padre (que siendo educadores ambos no son en absoluto lo mismo), el del Ministerio de Educación con los colegios, sus claustros de profesores y sus ampas… ¿a qué me refiero? Me refiero a que en ocasiones los padres tenemos que plantarnos porque en el colegio se extralimitan en sus funciones y pretenden aleccionar a nuestros hijos en aspectos que nos corresponden a nosotros: es esa manía de educar en las escuelas a niños feministas, ecologistas, antifascistas… en lugar de educarlos pasar ser ciudadanos libres, capaces de elegir y de decidir con criterio sobre su propia vida. Ahí algunos profesores se convierten en activistas, otros pasan al ostracismo por negarse a hacer activismo y muchos navegan sobre esas directrices como pueden… Y eso no es todo, los padres, en el afán de sobreprotección (que según cumplen años los niños más que sobreprotección es exceso de control) pretendemos a veces enseñar a los profesores a hacer su trabajo, no hay más que ir a alguna que otra reunión de padres, escucharlos, ver las caras de los profesores…
Una oposición a la que se presentan los licenciados con ánimo de opositor no es la mejor puerta de acceso al magisterio (en cualquiera de sus etapas) pero tiendo a pensar que ese es hoy un problema menor, el problema mayor es que la brújula educativa se nos ha desimantado y habría que empezar por ahí, por redefinir el sentido de la educación, en particular de la educación pública, y después planificar la mejor formación posible para quienes han de trabajar con sus alumnos hacia esos objetivos.
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La verdad es que cuando hablamos de educación sacamos tantos problemas y discordancias que podríamos empezar y terminar con un ‘todo mal‘ pero no cabe aquí el desaliento porque no todo está mal, porque hay profesores y padres que están a lo que tienen que estar y tiende siempre a poner cierto orden en el caos; claro que con eso no es suficiente pero, dado que es lo que tenemos, habrá que empezar por ahí y por tener claro que, más allá de los males que arrastre nuestro sistema educativo, los tiempos cambian y evolucionan a velocidad de vértigo así que procede re-pensar incluso los sistemas que funcional, no digamos ya los que hacen aguas.