De lo efímero de la vida y del ser.

Somos durante un rato, después volvemos al polvo. Lo hacemos pasando, con suerte, por el recuerdo antes de llegar al olvido al que esquivan solo unos pocos… y algunos solo durante un tiempo.

Que la vida es efímera yo lo aprendí muy pronto (parafraseando al poeta…), tan pronto que solo tenía 8 años y por si la lección no me había quedado clara, cuando tenía 43 recibí una clase de refuerzo, una que me recordó que la vida además de efímera es vulnerable, que nada es seguro, ni la vida de hombre sano de 32 años ni la salud de un niño sano de 10 años. Aprendí bien estas lecciones (era eso o vivir penando…) y aprendí algo más; sucedió a mis 32: me levanté un 1 de junio pensado ¡ale! ¡un añito más a la espalda y uno menos por delante! y recordé que mi padre había muerto a esa edad; llevaba 9 años casado y tenía dos hijos, yo llevaba casada 2 años y el hijo no había llegado todavía, aunque faltaba poco, y ese día en el que la vida aparentemente no tenía una lección guardada para mi, fue el día en que acabé de aprender la lección primera, la de lo efímero de la vida y el ser, la de que, como dice Pedro Herrero, la vida va de aprender a morir o, al menos, esto ya lo añado yo, va de entender que nacemos para vivir y morir, que estamos de paso.

Pero hay quien estas lecciones no las recibe o no las aprende y con 30 años quiere la lozanía de los 15, con 40 la juventud de los 20, con 50 tira de botox, liposucción y lo que surja para recuperar los 30… y así hasta los 80, entonces sigue buscando al bálsamo de Fierabrás o el de la eterna juventud y visita un médico primero, otro después, llega al tercero, pasa al cuarto… lo hace mientras despotrica de lo mediocres que son, de lo poco que saben, de lo inútiles que le resultan y todo porque no curan lo que, hasta la fecha, no se puede curar y todo porque no revierten lo inevitable, el envejecimiento del cuerpo, el desgaste… y las secuelas del paso del tiempo en la vida propia y en la de los otros. Y todo, al fin y al cabo, porque nos negamos a entender que estamos de paso y que lo nuestro es nacer, crecer, reproducirnos, criar, envejecer y… marcharnos. Y es una suerte que sea así, solo quien no ha visto a gentes queridas marcharse mucho antes de cumplir su ciclo vital, o quien las ha olvidado, puede ser ajeno a esta certeza.

Vivimos como si hubiéramos venido para quedarnos, como si el sentido de nuestra vida fuera estar un día más en el mundo, como si hubiésemos nacido para algo más que pasar como tantos otros pasaron antes que nosotros y no queremos, además, pasar de cualquier manera sino a nuestra manera: el que está solo ve en la familia al bálsamo de Fierabrás, el que discute un día sí y otro también por lo que tardas en la ducha o por quién se ha comido la última rebanada del pan del molde, ve en la soledad un paraíso… y la verdad es que todos están en lo cierto y todos están equivocados porque el bálsamo de Fierabrás, simplemente, no existe y el sentido de la vida no es vivirla solo ni bien o mal acompañado, es vivirla venga como como venga porque tu vida no es una entelequia que te regalan con la primera bocanada de aire que respiras sino lo que tú haces de ti a partir de ahí.

No importa cuán creyente seas o cuán falto de fe transites por el mundo, a poco occidental que seas, entenderás que el sentido de la vida es vivirla ¿y cómo vivirla? Líbreme Dios y la soberbia de decir a nadie cómo tiene que vivir su vida, lo que sí digo es lo siguiente:

La vida es como la moda, tiene solo un par de temporadas al año (por persona): florece en primavera y decae en otoño; el invierno y el verano son solo el principio y el fin del camino; me explico: el invierno es la infancia porque es entonces cuando estamos a cubierto y protegidos de la intemperie que no es otra cosa que la propia vida; la primavera es la juventud, es entonces cuando salimos al mundo, libres, jóvenes, lozanos y dispuestos a todo (o quejicas y victimistas pero eso es cosa del wokismo y es otra historia cuyo lugar no es esta divagación); es entonces cuando nos toca decidir si queremos seguir solos o acompañados, si queremos alejarnos de la familia en la que crecimos para formar una propia o andar errantes por el mundo; hay quien toma esa decisión a conciencia, otros a los que la decisión nos llega con quienes nos encontramos en el camino, si te cruzas con uno con el que te imaginas haciéndote vieja ¿cómo no seguir la senda del proyecto de dos… y lo que venga?; vivas como vivas la primavera de tu vida será sin duda un festival porque la primavera es así, inquieta y revoltosa, a veces luce un sol radiante, en ocasiones el cielo parece ir a caer sobre el suelo, hay días de frío y días cálidos, hay tormentas, hay luz… Y todo eso sucede tanto si vives solo como si lo haces acompañado, tanto si tienes hijos como si no los tienen ¿que con hijos es mejor? Sostengo que los hijos nos hacen mejores en la medida en que nos hacen amar algo más que a nosotros mismos y también que nos hacen más felices porque, al fin y al cabo, la felicidad se mide por contraste y nada provoca emociones más intensas y profundas que ser padres; pero todo esto son cosas mías, igual me equivoco o igual no…

Tras la primavera viene el verano, que es la época de la vida en la que recuerdas que son tus hijos pero no son tuyos, que tú los has tenido y asumido la responsabilidad de criarlos y educarlos pero que son personas libres y que más pronto que tarde te convertirás en ese lugar del que se van y al que siempre pueden volver porque siempre se les espera con los brazos abiertos pero tu familia, esa que formaste un día con el tipo que te cruzaste por casualidad, cambia entonces y de la primavera de árboles floridos y hermosos pasamos al otoño de árboles desnudos y tardes doradas. Y tras el otoño llegará de nuevo el frío del invierno, un frío que es el del fin, el de la muerte.

¡Qué horror! ¡qué triste! ¡ja! Si piensas eso es que no estás entendiendo nada, es que no has aprendido que nacemos para vivir y morir, que estamos de paso y que está bien que sea así, que los que vienen detrás necesitan su espacio y su mundo, su oportunidad de vivir… y morir, que el sentido de la vida es vivirla y vivirla es tomar decisiones y asumir consecuencias, es gozar de lo bueno y dejar lo malo pasar, y es, sobre todo, hacerse responsable de uno mismo.

¿Cómo quieres transitar de tu primavera a tu invierno? Esa es la pregunta y la respuesta debiera ser abierta porque en esa decisión no cuenta solo lo que uno siente y lo que uno piensa sino también lo que sucede a su alrededor; ahora bien, que la respuesta sea abierta no significa que no haya que hacerse la pregunta, pensarla y tratar de construir la respuesta construyendo la vida propia ¿que en pareja es mejor? Yo sostengo que sí ¿qué con hijos es mejor? Yo sostengo que sí… pero lo hago por razones que nada tienen que ver con el absurdo y egoísta planteamiento que se tiene acerca de los hijos y la soledad: no, yo no he tenido un hijo para que me complete ni para que me acompañe, tampoco para que me cuide y desde luego no diré que lo tuve para darle la oportunidad de vivir (que lee uno cada cursilada por ahí…) lo tuve porque quise tenerlo, porque su padre y yo quisimos tenerlo y ahora que ya es un señor adolescente, ahora sí, pienso ¡qué bueno que viniste! y ¡vive, hijo, vive! ¡goza de la vida que es bella y brutal pero que merece tanto la pena!.

Las familias con como la vida misma: nacen, crecen, menguan y desaparecen; porque la familia son los padres y los hijos y tienen su invierno de crianza, su primavera y su verano de adolescencia y juventud, finalmente su otoño, que con suerte será con nietos, y su frío invierno, su fin; recuerdo a mi abuela cuando la vida de su familia, la que formó con mi abuelo, transitaba por el invierno mientras veía que la vida de sus hijos comenzaba el otoño y la de sus nietos la primavera, recuerdo que preguntaba ‘todavía soy útil ¿verdad?’ La respuesta siempre fue sí pero probablemente era un sí dicho desde el cariño y sin la atención debida porque la verdad es que sí, era útil, pero no por lo que hacía, ni siquiera por lo que decía sino por lo que demostraba, por su actitud ante la vida, por el modo en que vivía cada etapa, por la manera en la que se adaptaba a lo que iba viniendo ¿que ya no podía hacer calceta porque las cervicales protestaban? pues al punto de cruz… No buscaba el bálsamo de Fierabrás sino el modo de seguir gozando de la vida con lo que tenía. Y tenía sus cosas, claro, también sus ideas despistadas e incluso desvariadas pero esa es otra historia que ahora, la verdad, no viene al caso.

¿Cómo me recordará la historia? Piensa el narcisista de salón… A la gran mayoría no nos recordará, nos recordarán a lo sumo nuestros hijos y durante un rato, si el mío llegado el caso piensa de mi algo como ‘supo vivir’ me daré por satisfecha y si en algún momento piensa ‘me enseñó a vivir’ entonces mi vida habrá sido un éxito aunque no me recuerden ni tan siquiera las piedras de los caminos que por los que hoy transito. Y lo digo sin pena ni gloria, queriendo llegar a vieja pero sin eternizarme en este manicomio, mejor que vengan otros locos a buscarle sentido a lo efímero de la vida y del ser.

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