Brecha digital.

Cada vez que leo ‘brecha digital‘ pienso ¿dónde está la bolita? Y no porque crea que la brecha digital no exista, existe, claro que existe y cabe incluso que sea importante pero… ¡pero! (recordad que cuando aparece un pero es siempre mucho más importante lo que lleva detrás que lo que le ponemos por delante) no es la madre de la ciencia, no es la clave educativa, no es la piedra angular de las diferencias sociales, no es, en realidad, nada tan importante o lo es solo a medias, solo en la primera palabra de las dos que usa: brecha. Lo importante es la brecha, no su digitalidad porque la brecha existía antes incluso de la digitalización del mundo.

¿Y qué hacíamos con las brechas antes de que el mundo fuera tecnológico? Se rellenaban primero y se pintaba sobre ellas después haciéndolas desaparecer y se hacía a golpe de educación y esfuerzo, gestionando becas y trabajando duro ¿acababa aquello con la brecha? la estrechaba, la hacía más pequeña, menos importante, pretender acabar con ella es jugar a la construcción de mundos felices como el de Huxley o el de Orwell (1984) o el de Bradbury (Farenheit 451), auténticas distopías, perfectos mundos inhumanos.

La brecha no es digital, no es solo económica ni social, es educativa y no se va a solucionar poniendo ordenadores en las aulas y smartphones en el bolsillo de los niños; dicen los defensores de la digitalización de la educación que si nos negamos a ella (y conste que yo solo lo hago en parte porque sí acepto la tecnología como herramienta útil incluso en educación si acaso lo fuera…) estaremos haciendo más profunda la brecha digital porque habrá niños que, al no acceder a la tecnología a través del colegio, no accederá en absoluto; lo curioso de este argumento es que no oigo a los mismos decir que si eliminamos los libros de textos estaremos creando una brecha lingüística entre los alumnos que no tiene libros en su casa y esa brecha resulta que no solo es real sino casi insalvable…

La clave de la educación no está en lo digital como tampoco está en las competencias ni, si me apuran, en el contenido de las asignaturas (que ya es decir)… está en el dominio del lenguaje; con un buen dominio del lenguaje todo se puede entender y aprender antes o después, sin un buen dominio del lenguaje cualquier aprendizaje es doblemente difícil y lleva a ser incluso inabarcable ¿cómo se va a aprender aquello que no se entiende? ¿y cómo se va a entender cualquier cosa si no se domina el lenguaje en el que se explica?.

Ahora bien ¿qué es dominar el lenguaje? Hay quien cree que cuando los niños rompen a hablar y hablan como loros ya podemos dar por desarrollada su competencia lingüística (error), otros se dan cuenta de que no es ahí y consideran más bien que es cuando rompen a leer (error), los hay que son conscientes de que para considerar que la competencia lingüística está debidamente desarrollada los niños no solo tienen que saber hablar y leer sino entender lo que leen y escribir (error, menos grave que los anteriores, pero error).

El desarrollo de la competencia lingüística de la que nos ha dotado la evolución (y que es lo que más y mejor nos diferencia del resto de animales) es un proceso largo cuyas primeras etapas son las detalladas en el párrafo anterior (aprender a hablar, a leer y a escribir); en esas primeras etapas la búsqueda de la excelencia es obligada por una razón muy sencilla: cuanto mayor (por número de palabras) y mejor (por estructuras) es el lenguaje que maneja un niño, mejor será la primera y más importante herramienta que utilizará en su proceso de aprendizaje: comprenderá más rápido cualquier cosa que se le explique y lo asimilará también más rápido; por eso no solo es importante que los niños aprendan a hablar, a leer y a escribir, sino que aprendan a hablar bien, con un vocabulario amplio, que comprendan lo que lean y que, finalmente, lo escriban. Llegamos así a 7 años ¿a los 8? Demos de margen hasta los 9 años siguiendo las enseñanzas de Gregorio Luri y tengamos claro que nos advierte: la competencia lectora de un niño de 9 años nos sirve para anticipar como será su desarrollo educativo y posteriormente su futuro laboral, así de clave, así de importante es.

¿A que para trabajar el dominio del lenguaje no necesitamos ordenadores, ni competencias, ni deporte a todas horas, ni pantallas de ida y vuelta ni…? Ojo, no digo que no podamos usar todas esas herramientas e incluso más para mejorar la competencia lingüística, es más, creo que deben usarse todas las herramientas posibles, ahora bien, son solo eso, herramientas, no la clave de la cosa; el problema no es tanto la brecha digital, porque alguien con un buen nivel educativo se la salta sin despeinarse (os recuerdo que los que tenemos 50 años nacimos sin tecnología y solo nos falta que nos pongan un chip para acabar convertidos en ciudadanos digitales), tampoco la brecha social ni económica por la misma razón, alguien armado con una buena educación supera la brecha, el problema es que sin una educación fuerte, que es la educación que empieza en el dominio del lenguaje para poder afrontar después cualquier aprendizaje por complejo que sea, las brechas se van a multiplicar además de hacerse tan hondas que serán insalvables…

Si logramos entender esto ya habremos avanzado algo ¿y qué hacer para avanzar más? No dejarnos despistar por los trampantojos que nos ponen, no creernos las filfas de la que la tecnología educa o de que la información está en Goolgle, mucho menos aún dejarnos engatusar por quienes dicen saber cómo será el mundo dentro de 10 o 20 años (spoiler: no lo sabemos) y centrarnos en lo esencial: en armar a nuestros hijos con la mejor de las herramientas, un excelente dominio del lenguaje hablado y escrito, una excelencia lingüística que no se alcanza conformándonos con hablar por los codos y leer a toda velocidad, se alcanza ampliando texto y contexto (pero de eso ya hablamos aquí).

Cuando aceptamos que el debate educativo gire entorno a la digitalización de las escuelas y entramos en una batalla entre los que abogan por ella y los que se niegan a ella estamos dejando de lado el auténtico debate que tenemos pendiente en educación: recuperar (si es que algún día lo tuvimos) niveles de excelencia educativa y cómo hacerlo; y solo después de hablar de qué es y qué no es la excelencia educativa, de qué nivel óptimo de conocimientos y competencias tienen que alcanzar los niños en cada nivel educativo podremos hablar de cómo alcanzar esos objetivos y sí, ahí podremos valorar la utilidad o no lo de tecnología en cada etapa (y esto me parece esencial, no se trata de digitalizar las escuelas sí o no sino de pensar qué aporta la tecnología en cada fase y qué resta porque sí, también resta, por ejemplo: otra de las cosas que suelen decir los muy pro-tecnología en educación es que todo lo que se pueda hacer a través de la tecnología no se hará de otro modo, lo cual es cierto, pero eso no tiene nada que ver con el efecto de distracción y las dificultades de atención, no digamos ya de concentración, que pueden provocar las pantallas si su uso se desarrolla en edades tempranas). Preparar a los niños para ser adultos en un mundo tecnológico no pasa necesariamente por convertir sus escuelas en lugares tecnológicos porque no, la tecnología no educa ni enseña, es solo una herramienta más que debemos usar si es útil, descartarla si no lo es.

Pero no quiero pecar de lo que este artículo pretende criticar: el error de enfoque, pensar en los problemas de la educación como problemas de los niños, de los profesores, de la ley de educación, de la tecnología, de las competencias, de brechas de género, económicas o sociales… La auténtica brecha es educativa y tiene su raíz en el lenguaje, en el dominio del lenguaje; y no deja deja de ser curioso comprobar una y otra vez como nos preocupa hasta el infinito y más allá el nivel de inglés de nuestros hijos pero no el dominio que tienen, o del que carecen, de su lengua materna cuando es esta última la que utilizan no solo para comunicarse (eso pueden hacerlo en una segunda lengua) sino para pensar, para entender, para aprender...

Un comentario

Deja un comentario