Somos hijos de Grecia, Roma y Jerusalén, ahora bien, no vivimos como aquellos griegos ni como aquellos romanos, tampoco como los judíos de antaño. Y bien está que sea así. Como bien estaría no olvidar que somos hijos de Grecia, Roma y Jerusalén. ¿Por qué? Déjenme que me explique.
Empezaré por aclarar quiénes somos los hijos de Grecia, Roma y Jerusalén (o, si lo prefieren, del Dios de Israel), se resume en una palabra: Occidente, lo que incluye a la Europa en la que vivían aquellos griegos y la que dominaron después los romanos y en la que el Cristianismo se expandió más tarde. Y por supuesto ese Occidente incluye a América, un continente que se desarrolló a los pechos de la Europa griega, romana y cristiana.
Esos somos nosotros, los hijos de Grecia, Roma y Jerusalén… lo que no significa que tenga que gustarte, uno no elige la familia en la que nace, no se elige a los padres, ni a los biológicos ni a los culturales ¿se puede renegar de ellos? Se puede. Se puede hasta soltar sapos y culebras sobre ellos si se alimenta dentro la soberbia de sentirse más listo y mejor de lo que ellos fueron, es más, se puede incluso ‘matar al padre’ (también al cultural). Ahora bien, conviene saber lo que se está matando, de lo que se está renegando, a qué se está renunciando… No vaya a ser que lo que dejamos sea peor que lo que tomamos a cambio.
Porque sería dramático, por ejemplo, que la lucha centenaria de las mujeres por su independencia y su libertad y por ser reconocidas en pie de igualdad con los hombres en la sociedad se viera despreciada y cayera hundida bajo el peso de los esquemas sociales musulmanes en los que no se reconoce ni la independencia ni la libertad de las mujeres, es más, se les indica incluso cómo deben vestirse. Sería además de dramático terrible si esa ola reaccionaria que amenaza a las mujeres se llevara por delante el derecho a la educación de las niñas y redujese la edad a la que pueden ser casadas (no casarse sino ser casadas…).
Se me ocurre, en otro orden de cosas, que sería una lástima renunciar, en aras de la defensa de la naturaleza auspiciada por un ecologismo que sugiere el sometimiento del hombre a ella, a las grandes obras de las que nos quedan todavía hoy vestigios tan brutales como el acueducto de Segovia; no me malinterpreten, no tendré yo la osadía de decir que ha de ser el hombre quien domine la naturaleza, cosa por otra parte imposible, pero entre dominarla o someterse mansamente a ella hay un abismo que deberíamos salvar no con Gretas ni pseudociencias sino con ingeniería y ciencia.
Sería también digno de estudio que los libros de historia del futuro tuvieran que hablar del modo en el que miles de ciudadanos renunciaban a una lengua que les permitía comunicarse con medio mundo en aras de otra con la que solo pueden hablar con su vecino de escalera retorciendo, aquí sí, la evolución natural del lenguaje. Tampoco quiero que se me malinterprete en esto: abogo por el cuidado del legado cultural siempre, con muchos y pocos hablantes, si una lengua nació y pervive será por algo pero no conseguirán que le vea sentido a someter el futuro de nuestros hijos a una lengua minoritaria (los holandeses hablan dos y hasta tres idiomas más además del suyo y no pasa nada…).
Necesitaría explicación larga y detallada que una sociedad moderna y democrática renunciase a la libertad individual y a la propiedad otorgando a sus gobernantes un poder prácticamente ilimitado sobre su vida… ¿Sería eso posible teniendo en cuenta que se han declarado guerras y montado revoluciones para defender precisamente lo contrario? A priori parecería imposible pero si se viste la renuncia con relatos bellos como los que dicen que renunciamos a parte de nuestra libertad a cambio de seguridad y servicios públicos, a cambio de tener un estado que es algo así como nuestro papá político, papá estado… igual cuela y acabamos cambiando democracia por autocracia mansamente (spoiler: el camino inverso nunca es manso, a la historia me remito).
No quiero decir con esto que el feminismo posmoderno, el ecologismo verde del S.XXI, el nacionalismo de siempre y la democracias cleptocráticas no sean hijos de Grecia, Roma y Jerusalén… pero, si lo son, serán a lo sumo hijos bastardos. Bastardos que pudieron ser lúcidos como el de Invernalia, John Nieve, pero que decidieron ser viscerales y destructivos como Lord Bolton.
Si toda la problemática de nuestra actualidad se resumiera en los bastardos malos sería sólo cuestión de tiempo que fueran vencidos, un tiempo que llenarían de pena y daño, qué duda cabe, pero que acabaría por pasar a la historia negra del mundo; pero para que eso suceda, para que despertemos del mal sueño que nos están dando, hace falta valor, hace falta coraje, hace falta que cada uno nos sintamos más dueños de nuestra propia hambre que sometidos a ellos porque hay que comer. ¿Heroísmo? Ciertamente, pero no es necesario que todos seamos héroes, bastan unos pocos, muy pocos… y basta que sepamos distinguirlos de los buleros vendedores de coches usados y relatos rancios y que los sigamos. ¿Y cómo se distinguen? Fácil: son los que viven en la realidad por dura que sea y los que buscan la verdad por encima y por debajo de los relatos y cuentos de demagogos de feria, dicho de otro modo, no son los más simpáticos ni los más agradables, tampoco los que prometen un mundo feliz ni probablemente los más guerreros, a menudo no son los que más nos gustan… pero sí los más certeros y resistentes, los más sólidos, los de la fibra moral más íntegra.
[…] Leo dejando escapar una media sonrisa a quienes descubren, a estas alturas de la historia, que somos lo que somos por lo que fuimos y que si negamos lo que fuimos igual dejamos de ser lo que somos… Parece un trabalenguas, lo sé, pero no lo es, es algo más bien sencillo: la cultura de un pueblo es su esencia, su ser, lo que es; así que cuando tratamos de definir y explicar lo que somos no estamos tanto hablando de nosotros mismos como de quienes nos precedieron, de la cultura que fueron creando y modulando y que hoy matizamos también nosotros. Y por eso, seas creyente, agnóstico, ateo o te des mus, tu tradición cultural es católica. Te guste o te disguste, eres hijo de Grecia, de Roma y del Dios de Israel. […]
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