Que la vida es bella y brutal lo sabemos todos aunque en ocasiones, inmersos en momentos deliciosos, otras veces en días tenebrosos, lo olvidamos; hay también otras cosas que hacemos como si no supiéramos pero que sabemos, que nacemos solos y morimos solos, por ejemplo; y hay una cosa más que suele decirse y que a mi, con el paso de los años, me ha ido incomodando cada vez más: el que se fue ya no sufre, la pena es por los que se quedan… Menos mal que a veces aparece gente como Luis Enrique y pone un punto de verdad y honestidad hablando de la muerte.
No. La pena no es por los que se quedan, que también, es más que nada por los que se van antes de tiempo dejándose mucha vida en el tintero, mucho por ver, vivir y sentir, mucho por hacer, mucho por gozar y sí, también mucho por sufrir porque la vida es bella y brutal.
Decir que la pena es por los que se quedan al principio es delicado y amable, es un abrazo a quien sabes que está sufriendo a lo bestia, que se está desgarrando por dentro por una pérdida que es siempre irreparable porque, del mismo modo que nadie es imprescindible, nadie es sustituible: con nuestras virtudes y defectos todos somos únicos, especialmente únicos para quienes nos aman. Ahora bien, pasado un tiempo (el del duelo), seguir diciendo que la pena es por los que se quedan es dejarlos en tierra y vida amarrados a la pena, es victimizarlos, es victimizarse y además es mentira; yo esto lo aprendí de golpe y sopapo cuando cumplí 32 años porque ese día, ni uno antes y todos los que vinieron después, me di cuenta de cuánta vida se había dejado mi padre por vivir, disfrutó poco más que un tercio de lo que le tocaba… esa es la pena, la pena perenne y permanente. La de los que se quedan o bien caduca a su tiempo o se convierte en otra cosa.
Tengo para mi que el problema es que no aceptamos la muerte como parte de la vida*, que vivimos como si la muerte, en lugar de ser el fin natural de las cosas, fuera nuestro archienemigo, el malo de la película al que hay que vencer ¡cómo si eso fuera posible!; no diré yo que esté mal que vivamos como si fuésemos eternos (vivir como si cada día fuera el último sería de una angustia insoportable) pero no entender que la vida es bella porque es brutal, porque tiene principio y tiene fin, porque tiene luces y tiene sombras es no entender la vida en absoluto.
Solo tenemos una vida, una cada uno, con su principio, su final, sus gracias y sus desgracias. Y es nuestra obligación vivirla plenamente ¿qué dirán sino de nosotros quienes perdieron la suya demasiado pronto si nos ven malgastar la nuestra ahondando en penas que un día fueron?.
En definitiva, Luis Enrique tiene razón.
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*Y si el problema es ese, que no aceptamos la muerte como parte de la vida, que estamos empeñados en que los niños sean felices y en vivir felices cada minuto de cada día de nuestra vida… el problema va a resultar ser de educación (¿y cuándo no?).

[…] ahora sí, pienso ¡qué bueno que viniste! y ¡vive, hijo, vive! ¡goza de la vida que es bella y brutal pero que merece tanto la […]
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[…] eternamente ni porque tengamos miedo a la muerte sino porque hemos olvidado algo tan sencillo como la vida es bella y brutal, hermosa, delicada, efímera, a veces aburrida y a veces sorprendente pero siempre finita y […]
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