El dilema de Neo.

¿Cuánta verdad hay en nuestras vidas?‘ Así subtitula David Cerdá su ensayo ‘El dilema de Neo‘ y lo cierto (y verdad) es que la pregunta tiene su enjundia, cuanto más avanzas en la lectura, más enjundia.

Hace unos meses, en una comida con amigos, alguien me dijo ‘Ah, es que nos informamos por medios diferentes‘; no importa si quien lo dijo es más zurdo que facha o viceversa, tengo la suerte de tener amigos de lo más diverso y variopinto (más que nada porque si son amigos es porque piensan, no por lo que piensen) y no dudo que tanto los que se me caen por la derecha como los que se me caen por la izquierda hubieran firmado tal frase. La conclusión que pude extraer entonces es que hemos matado la realidad y la verdad (que son en esencia la misma cosa), ya no tienen entidad propia, es decir, son según se cuenten y según quien las cuente; es aquello que decía Felipe González: en democracia la verdad es lo que la gente cree que es verdad (o algo así).

La lucidez es un compromiso vital e irrenunciable con la verdad que induce a la acción. Ser lúcido es amar la verdad y tener el coraje de llegar a dondequiera que ese amor te lleve.

Claro que ese planteamiento es tan absurdo como la conformidad con que la realidad se adapte a lo que cuenta este medio o aquel, la realidad existe por encima y por debajo de nuestras divagaciones y de nuestro desinterés en verla; lo que la realidad no tiene es alma de ofendidita, ni le importa ni le deja de importar que la ignoremos, ella sigue su camino y antes o después tropezaremos en él (sino contra él…).

Con esos pensamientos todavía frescos y con El dilema de Neo en la maleta me fui de vacaciones y regresé con el libro garabateado, como sucede siempre que leo un libro de los que te hacen dudar y pensar, reflexionar, buscar esta o aquella referencia, tomar notas… (Puedes seguir leyendo, incauto visitante de este blog, no acostumbro a destripar libros, ni siquiera los clásicos, mucho menos aún uno de reciente publicación, sólo compartiré alguna reflexión).

El relativismo excusa de buscar la verdad; nos vende narcóticas ensoñaciones, como un complaciente camello.

Cuando pensamos en Neo, en lo que va de la realidad al universo Matrix y en la pastilla que, como el mejor de los ibuprofenos, solventa todas las dudas y dolores, simplificamos por encima de nuestras posibilidades; es eso o que no nos damos cuenta de que las manos que mecen la cuna del mundo pueden entretejer realidad y Matrix de tal modo que nos perdamos en sus vericuetos y lleguemos a dudar, ante la pastilla roja y la azul, que representa de verdad cada una de ellas o, dicho de otro modo, a cuanta verdad nos permite acceder cada una de ellas.

Leer cosas como que la verdad existe aunque la desconozcamos, te reconcilia con el sentido común; leer cosas como que el deseo de saber puede conquistarse te hace pensar en Escohotado y la certeza que él alcanzó (que el fin y la razón de ser del hombre es el saber); leer que la lucidez es un compromiso con la verdad, te hace detestar todo prejuicio, toda idea preconcebida que te impida ver la verdad incluso cuando no es como esperabas; leer cosas como que la libertad tiene lindes y que esos lindes son la realidad y la libertad de los demás te recuerda que ser libre es también ser responsable (y su antítesis es ser siervo…); leer que el lenguaje no es solo ni principalmente comunicación sino pensamiento te recuerda aquello de que los límites de tu pensamiento son los límites de tu lenguaje

La verdad no nos obedece; nosotros somos sus siervos.

Pero estas notas de lucidez, aunque importantes, no son el corazón de El dilema de Neo, el corazón de El dilema de Neo es el propio Neo, es decir, soy yo, eres tú, somos todos y cada uno de nosotros: ¿cómo somos? ¿a qué prestamos atención? ¿cuánta atención prestamos? ¿qué nos importa? ¿cómo pensamos? ¿qué pensamos? ¿qué nos aleja de la lucidez? ¿qué nos lleva hacia ella? ¿entendemos qué es la verdad o seguimos anclados en el absurdo de ‘nuestra verdad’? Conocernos tal y como somos es esencial para llegar a ser tal y como queremos ser, para anticiparnos a las trampas que nos pone la vida y que nos ponemos nosotros mismos llevándonos por el camino fácil y alejándonos de la verdad, del camino bueno, del camino del lúcido.

Hay quienes eligen Matrix, son los que también elegirían soma y vivir en El Mundo Feliz de Huxley o quienes sentirían estar gozando de la vida entre las pantallas de Farenheit 451, son los Mildred Montag, los que creen que la libertad esclaviza, que la guerra es paz y que ignorancia nos hace fuertes como contaba Orwell en 1984, son quienes viven, o quieren vivir, en Narnia, es decir, fuera de la realidad. Lo que no saben quienes toman esos idílicos caminos es algo tan simple como que las utopías se convierten siempre en distopías, que empeñarse en vivir en Narnia los llevará, inexorablemente, a vivir en Mordor porque eso será realidad para ellos cuando les caiga encima, a plomo (y ten por seguro que antes o después les caerá porque la realidad es eterna e incansable, nunca se evapora ni se agota).

Si somos nuestros quereres y nuestros recuerdos, somos nuestros actos y hábitos -nuestras acciones- y no nuestros yos ideales.

La clave de todo este embrollo es la verdad, su propia definición y su importancia porque tengo para mi que algo que hemos olvidado, que estamos olvidando cada día más, es que la verdad importa más allá de lo que nos guste o nos disguste y es que la verdad, en su nivel más básico es sencillamente la realidad; ‘blanco y en botella‘ que solía decirse… claro que ya nos advirtió Chesterton que llegaría el día en el que habría que desenvainar la espada para jurar que el pasto es verde…

¿Lo que he aprendido leyendo El dilema de Neo? No poco, la verdad, pero hay algo que destaca por encima de todos lo demás: que hay que olvidar eso que llaman batalla cultural, que hay que alejarse de los debates vacíos de sentido y contenido, de los que no son más que luchas de siglas, de egos, de razones sin fundamento, de sentimientos ofendidos o por ofender… que la primera batalla que hay que dar, y cabe que la única, es la batalla por la verdad; y esa batalla se da, también, contra uno mismo.

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Título: El dilema de Neo
Autor: David Cerdá
Editorial: Rialp

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