Del mismo modo que para responder a la pregunta ‘por qué la verdad importa‘ barruntaba que había que empezar por definir, aunque fuera someramente y en su acepción más básica, qué es la verdad, imagino que para explicar por qué la belleza importa habrá que tomar la misma precaución: empezar por ponernos de acuerdo en qué es la belleza; así como al definir verdad me quedé con su acepción más básica, con la indiscutible, trataré de hacer lo mismo para definir belleza, por eso te anticipo que debes olvidar eso de ‘me gusta’, ‘no me gusta’, esto no es Facebook ni Instagram, tampoco la RAE así que me abstendré de ir al diccionario y recordaré a Stendhal: la belleza es la cualidad que provoca emoción, que conmueve intensamente. Y basta entender esta definición para comprender que la belleza importa ¿cómo no va a importar aquello que nos hace sentir y, por ende sentirnos vivos por dentro? No sentir, no sentirnos vivos por dentro, es ser meros zombies así que fíjate si importa la belleza, no valorarla en su justa medida nos convierte en gentes sin alma…
Claro que la importancia de la belleza no es un tesoro que se descubre un día entrando en la Basílica de la Santa Cruz de Florencia como le sucedió a Stendhal, sino en lo que sucede después, en lo que ese modo de conmovernos ante ella provoca, en la manera en la que la conmoción nos mueve; cuando descubres la belleza (en las grandes y en las pequeñas cosas de la vida, en las tangibles y en la intangibles, en los detalles más nimios de cada día, en un beso dado al vuelo, en un abrazo bien achuchado, en una mirada, en un café a media tarde en buena compañía…) vives, tomas consciencia de estar vivo y no importa si te preguntas expresamente ¿qué carajo hago ahora con mi vida?, lo cierto es que vivirás para responder esa pregunta, como si quisieras responderla, como si la estuvieras respondiendo.
Así vista la belleza es un peligro, nos incita a ser y hacer más que a estar sin ser, que es el modo que la postmodernidad nos vende como el ideal del hombre nuevo, un hombre que no es más que cualquier The Walking Dead de aquella famosa serie; la analogía no es baladí sino redonda: los muertos caminan, pero ya no son, están vacíos de ser, están sin ser; mientras los vivos, que son y hacen lo que pueden por sobrevivir en un mundo de muertos andantes, tratan de evitar que la maloliente muerte en vida los cerque y los alcance, los convierta en horribles monstruos; los vivos son la belleza, la belleza del ser, la belleza del que ama, la belleza del que lucha por salvarse y salvar a los suyos, la belleza de lo humano, mientras los muertos vivientes son el fin y el vacío, la nada, el feísmo superlativo.
¿Que lo feo también nos conmueve? Cabe que pienses… pero no es cierto, lo feo nos perturba y nos inquieta, nos asusta, nos hace apartar la mirada, sentir asco cuando no disgusto e incluso pavor y pánico porque lo feo no es aquello que no responde a cierto canon de belleza sino aquello en lo que la ética y la estética se diluyen en fondos deformados y yermos; la belleza no es siempre armonía y proporción aurea pero siempre nos conmueve porque en ella ética y estética son conniventes más allá de la imperfección de la materia.
La belleza importa porque nos conmueve y conmovernos nos hace humanos, nos despierta, nos recuerda que somos (humanos, no zombies ni muebles) y nos incita a hacer, nos aleja del estar sin ser, de la queja y del lamento sin sentido porque lo bello da sentido a nuestra vida en la medida en que funciona como el detonante que nos hace movernos, conmovernos… La belleza nos salva de la crueldad del mundo porque con ella y en ella germina todo lo bueno del hombre y del mundo.
[…] lo cierto es que tras el manto de feismo tendido por la posmodernidad late la eterna belleza clásica y canónica, de la escultura griega, la arquitectura romana, la pintura europea y la […]
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