Por qué la verdad importa.

Que la verdad importa es una de esas cosas que, por obvias, pueden incluso resultar difíciles de explicar; es más, habría que empezar, probablemente, por explicar qué es la verdad… cosa que no haré aquí so pena de no responder de forma clara a la cuestión que planteo, dejémoslo en que la verdad es la realidad, nos guste o nos disguste, queramos cambiarla o protegerla, la conozcamos o la ignoremos, la verdad es la realidad, son los hechos o, dicho de otro modo, la realidad es el plano de la verdad que no deberíamos discutir porque su certeza está demostrada y a la vista de todos; si discutimos eso es que estamos ya en el día en el que ‘habrá que desenvainar una espada por afirmar que el pasto es verde‘ que anticipaba GK Chesterton.

Definir la verdad como la realidad explica por sí solo por qué la verdad importa: porque la realidad importa; supongamos que queremos llegar a la paradisíaca playa Bolonia de Cádiz y hemos de planificar el viaje, no será lo mismo si estamos en Madrid que si estamos en Barcelona ¿verdad? Verdad, y la verdad importa a no ser que queramos perdernos por las carreteras de la Mancha con el GPS programado desde Barcelona para llegar a Cádiz desde Madrid.

¿Todavía estás ahí? ¿Todavía no has pensado que te estoy tomando el pelo o que el calor veraniego afecta a mi lucidez y has dejado la lectura antes de terminar el segundo párrafo? Suerte la mía… y mía también la responsabilidad de conseguir que no te arrepientas de haberme concedido tu atención, voy a ello:

Cuando decimos que vivimos tiempos líquidos, sino gaseosos, que las sociedades occidentales en el S.XXI no creen en nada, que el nihilismo lo envuelve todo y que lo woke tiene más de ingeniería social que de cualquier otra cosa, de lo que hablamos en realidad es de la verdad, de que la verdad no importa; de ahí que tantas veces y ante tantos titulares lo que nos pase a tantos por la cabeza sea ‘no es el qué, es el quién‘ ¿por qué? Porque la verdad no importa para demasiadas personas, importa eso que ellos llaman ‘su verdad’, como si la realidad fuese como un mueble de Ikea que cada cual monta a su antojo según los módulos que haya elegido y el espacio del que disponga en el salón.

Por más que recordemos a Ayn Rand y su tan repetida frase ‘se puede ignorar la realidad pero no las consecuencias de haber ignorado la realidad‘, el rebaño, que no cree en nada mientras cree creer en su verdad, crece y el peligro de que esa nada líquida y gaseosa se lleve por delante las sociedades más o menos libres e imperfectas en las que vivimos aumenta (¿estás pensando en la adaptación cinematográfica de La Historia Interminable y en la Nada devorando el mundo de Fantasía? Esa es la idea. Y nada te exime de la responsabilidad de ponerle nombre a la emperatriz infantil…).

Quienes creen creer en su verdad suelen ser sordos a las verdades ajenas, actitud que les honra porque, dado que la verdad es la realidad y por tanto es solo una (hasta donde sé no hay Santísima Trinidad de la Realidad), están haciendo oídos sordos a entelequias tan absurdas como la verdad que dicen creer. Si todavía me sigues y no te duele la cabeza es que eres de los que ya tiene claro que la verdad importa pero ¿qué hacemos con los otros, con esas ovejas que nos creen descarriados mientras caminan mansamente hacia el abrazo de la nada?. No sabría decirte… o sí.

Nos gustan las historias. Así. Sin matices. A los seres humanos siempre nos han gustado las historias y bien está que sea así. Ahora bien, que nos gusten las historias y que las degustemos y disfrutemos a placer no nos libra de la tentación de creer en ellas más de la cuenta, es decir, de confundirlas con la realidad; las historias se convierten a veces en válvulas de escape, en huidas hacia delante que acaban en la creación de mundos paralelos, ajenos a la realidad, a lo sumo colindantes con ella. Antes hablar en estos términos era ya entrar en lo patológico, hoy en día no porque hoy la verdad no es la realidad… o eso creen demasiados.

Demasiados aceptan la mentira como cambio de opinión, demasiados respetan a quienes hacen de su sesgo verdad, demasiados se acomodan en el mullido sillón de los derechos olvidando que se sostiene sobre las patas de las obligaciones… Demasiados olvidan e incluso niegan que la verdad sea la realidad. ¿Por qué lo hacen? Porque no saben que la verdad importa y no lo ven a pesar de que la realidad nos deja palpables muestras de ello.

No divagaré más, para explicar esta deriva desnortada que hemos emprendido nada como recurrir a los hechos reales en los que se basa mi planteamiento y lo haré, además, por triplicado:

El niño que no quería ser gordo
Hoy en día, cuando vemos campañas contra el acoso escolar, no vemos una defensa del respeto a los demás sean como sean sino un afán protector sobre niños que, por alguna condición, son más susceptibles que otros de sufrir acoso: campañas contra la gordofobia, contra la transfobia, contra la homofobia, contra el racismo… Estas campañas, además de centrarse en casos concretos de acoso olvidando otros, funcionan señalando al acosador y defendiendo el derecho del acosado a ser como es lo cual, dicho así, no parece sonar mal ¿verdad? Pero sucede que los problemas del niño gordo al que le amargan la vida llamándole bola de grasa cabe que no terminen silenciando a quienes le insultan porque se puede dar el caso de que el niño gordo no esté feliz con con su cuerpo sino acomplejado, claro que como tenemos derecho a estar gordos no podemos ni tan siquiera plantear esa posibilidad. Y qué decir del racismo, no hay más que recordar a Michael Jackson ¿de verdad alguien cree que el mayor problema del hombre que no quería ser negro y se blanqueaba la piel era que alguien dijera lo obvio, es decir, que era negro?

El niño que no era diabético, tenía diabetes
Un día de estos me prohibiré volver a hablar del caso del niño que no era diabético sino que tenía diabetes pero no será hoy, porque hoy viene demasiado al caso como para no mentarlo; el niño diabético, con su insulinodependencia y su bomba de insulina, con su glucómetro, sus sobres de glucosa y su mente consciente e inconscientemente pendiente del baile de su glucemia, no podía decir que era diabético, tenía que decir que tenía diabetes como quien tiene un tío en Alcalá, un primo en Villalpando o un cuñado en Villafáfila; y todo porque la diabetes no lo define, tampoco lo define ser alto pero que es alto sí puede decirlo porque ser alto no lo estigmatiza, al parecer ser diabético sí. Que, oye, lo más difícil que tiene que afrontar un niño diabético (sí, diabético) debe ser el estigma, no el reto que supone controlar su glucemia para que ni una hipoglucemia ni una hiperglucemia lo manden, en el menos malo de los casos, al hospital.

La mujer francesa que abortó
En Francia se viene hablando de incluir el aborto como derecho en su constitución al tiempo que se valora impedir la aparición de niños con síndrome de down sonriendo en anuncios televisivos ¿por qué? Porque han detectado que esas imágenes incomodan e inquietan a mujeres que, ante la advertencia del ginecólogo del cromosoma de más, ejercieron su derecho a abortar. Pasaré por alto el hecho de que, si existe el derecho a la vida, no puede existir el derecho a matar y me centraré en el modo en el que los franceses afrontan el hecho cierto, la verdad, la realidad de que mujeres que han abortado arrastran un dilema moral respecto a la decisión que tomaron (lo cual no quiere decir que se arrepientan, quiere decir exactamente lo que dice, que esa decisión las acompaña de por vida):

Los legisladores franceses, ante la certeza de que ver a niños con síndrome de down felices incomoda a mujeres que abortaron por venir sus hijos con esa condición, obvian el hecho cierto de que esas mujeres no olvidan que abortaron, no se cuestionan si mujeres que abortaron por otras razones tienen también presente en su vida aquella decisión, no se plantean sobre cuántas mujeres que han abortado pesa un dilema moral, se limitan a borrar de la realidad aquello que parece ser el detonante de tal dilema. Claro que no se puede hablar del dilema moral que sufren las mujeres cuando abortan porque el aborto es un derecho y ejercer un derecho no puede ser un problema (¿queda más claro así por qué el aborto no puede ser un derecho aunque sea un hecho avalado por la ley?).

Podría ahondar más en estos tres casos y en la complejidad que encierran pero no lo haré, lo que me interesa hoy es lo que tienen los tres en común que no es lo complejo sino lo obvio: ¿qué tienen en común el niño que no quería ser gordo, el que tenía diabetes sin ser diabético y la mujer francesa que abortó? Los tres afrontan una realidad que no les gusta: uno se mira al espejo y se detesta, el otro mira su pluma de insulina y la ve como una condena y la tercera en discordia se debate entre poner fin a un embarazo no deseado por no ser buscado o por infaustos resultados en lo referente al feto que gesta o afrontar el hecho cierto de que llevarlo a término en esas condiciones hará saltar por los aires sus planes de vida, los transformará de arriba abajo.

¿Y qué tienen en común las respuestas que da la sociedad actual a su disgusto? Maquillaje y más maquillaje, relato, mentiras… cualquier cosa menos verdad, como si la verdad no importara pero la verdad importa, como importa que el niño que se mira al espejo y se detesta porque le sobran centímetros de contorno aprenda que puede hacer que esos centímetros pasen a la historia con la ayuda de un nutricionista y un profesor de gimnasia; importa como importa que el niño diabético entienda que tiene que aprender a vivir con diabetes, lidiando con ella antes de ella lidie con él; importa como importa que la mujer francesa que abortó tome su decisión consciente de sus consecuencias y alternativas no solo para el feto sino para sí misma.

Porque al final, el niño que no quería ser gordo, el que no tenía diabetes y la mujer francesa que abortó se quedarán solos con sus michelines, su diabetes y su dilema moral, porque la sociedad puede meterlos bajo la alfombra del silencio pero del mismo modo que por repetir una mentira mil veces ésta no se convierte en verdad, por callar una realidad mil veces ésta no desaparece, a lo sumo se convierte en el elefante en la habitación, en el dinosaurio que al despertar seguirá ahí, en una cuenta pendiente que antes o después nos pasará la vida porque se puede ignorar la realidad pero no las consecuencias de haber ignorado la realidad

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