El día que paseé por el tejado de la Catedral de Santiago.

Como niña de colegio de monjas y de El Ferrol (que cuando yo llevaba coletas era todavía del Caudillo), he visitado la Catedral de Santiago regularmente, era algo así como una excursión escolar obligada casi anualmente; cabe que fuera por eso que cuando vine a vivir a Madrid (yo sola con mi maleta, al más puro estilo Lina Morgan sin gallina y con título universitario, que eso viste mucho), y los madrileños de Madrid me hablaban de lo bonito que es Santiago (como si no supieran que allí llueve un día sí y otro también) o de lo preciosa que es Coruña (como si ignorasen que lo de la ciudad abierta al mar se traduce como ciudad más ventosa de lo que puedas imaginar) sonreía con cierta pereza… De Ferrol no decían nada, todo lo más un ‘conocí a uno que hizo la mili allí’, cuando escuchaba la manida sentencia también sonreía recordando las hordas de soldados de reemplazo que llenaban la Plaza de Armas y el Cantón regularmente.

Claro que el tiempo va poniendo los recuerdos en su justo lugar y no pasaron muchos meses cuando, sin llegar al punto de la morriña (en eso soy una gallega rara), sí comencé a ver Santiago, Coruña y otros lugares que me eran propios obviando lluvias y vientos, recordando la belleza más arquitectónica e histórica que los adorna.

Sucede que los madrileños son de todas partes y son además amables, el primer día de trabajo ya terminas tomando unas cañas en el bar y cuando te quieres dar cuenta ya te has ido a Gandía porque alguien tiene casa allí, a Córdoba porque el padre de otro alguien es de allí, a una casa rural de Albacete porque… porque sí. Y llega un momento que dices, venga, va, que es verano, que esto es una sartén y lo mismo tenemos suerte y en Santiago ni llueve. Por supuesto haces la ruta completa, de Santiago a Ferrol pasando por Coruña, saludando a las cabras camino del Castillo de San Felipe y gozando de playas cuyas aguas no podrían estar más frías sin que lo suyo fuera delito.

Pero lo mejor de aquel viaje fue que el Chove en Santiago de Luar la Lubre no sucedió y la catedral bajo el sol del verano lucía preciosa… o tal vez fuera cosa mía, que la veía libremente, sin la consabida charla del día como cuando iba de niña y con el colegio; nos cruzamos con un guía la mar de simpático, un hombre ya mayor al que enseñar la Catedral a tres de veintitantos ya le iba bien; al principio nos hicimos de rogar, yo la que más, ¡qué me lo sé todo! pensaba absurdamente… pero el buen hombre debió leérmelo en la cara y apostó fuerte: ¿a qué no has subido nunca al tejado de la Catedral? Lo que yo no sabía era la trampita que escondía aquella propuesta (trampa, todo hay que decirlo, en la que si se diera el caso volvería a caer con mucho gusto).

El caso es que lo de subir al tejado era una tentación irresistible; hoy puede hacerse, es una de las posibles visitas a la Catedral (o lo era al menos hasta hace poco tiempo) pero entonces, hace taitantos años, no era habitual, y menos a aquella hora, poco después de mediodía, en la que los guías llevaban a su rebaño de bar en bar; así que no le dimos más vueltas y, como ovejas obedientes, seguimos a nuestro pastor al interior de la Catedral.

La verdad es que, desde que la visitaba de niña, han pasado muchos años y visitas a otras muchas catedrales pero la de Santiago, ya sea por su penumbra o por su Pórtico de la Gloria, siempre logra sobrecogerme cuando cruzo sus puertas; y así, con cierto sobrecogimiento, nos encaminamos al tejado para ver la Catedral desde la que era, probablemente, la única perspectiva desde la que no la había visto ni había pensado que pudiera verse. Lo que no sabía era qué vendría después.

El bueno del guía nos sugirió cruzar el tejado (no temáis por nosotras, es fácil, el tejado de la Catedral de Santiago es como una escalera de peldaños no estrechos y, salvo que se sufra de un vértigo patológico, puede recorrerse tranquilamente); cuando llegamos al otro lado nos animó a subir a la torre (sí, al campanario) y os aseguro que, dado el estado de la escalera y lo que pisamos, por fortuna sin verlo, por allí no había pasado nadie en mucho tiempo; y nosotras tan contentas, claro ¡cómo no estarlo!.

La cosa es que nuestro guía se quedó en el tejado, mirándonos desde abajo asomadas ufanas a la torre como las grandes afortunadas del día… que no sabían que estaban a punto de dar las 5 de la tarde y que la campana iba a poner a prueba la solvencia de nuestros tímpanos; él sí lo sabía claro, se notaba especialmente en su cara de cachondeo cuando bajamos de la torre notablemente más sordas de lo que subimos.

Pero, como decía antes, el tiempo pone los recuerdos en su justo lugar y de aquella tarde recuerdo más los escalones del tejado, el crujir bajo mis pies por las escaleras estrechas y oscuras camino del campanario y Santiago visto, no protagonizado por su imponente catedral, sino desde lo más alto de su torre.

¿Y por qué os cuento esto hoy? Acepto la pregunta sólo si lees esto pasado el 25 de julio.

¡Feliz día de Santiago!.

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