Falsos debates en educación III: deporte o pantallas.

Vivimos tiempos digitales y de digitalización ciudadana (o algo así) y eso no solo nos ha llevado a poner en marcha planes para instalar la tecnología en las aulas, cosa que ya planteamos en Falsos debates en educación II, sino a convertir la tecnología en parte del universo infantil, a tratar los dispositivos digitales como si fueran un juguete más (del smartphone a la tableta pasando por el ordenador y por supuesto la PlayStation y otras consolas).

Curiosamente así como ante la idea de digitalizar las aulas la tendencia dominante era hasta hace bien poco la que se mostraba a favor de tal proyecto, en lo que respecta al uso de la tecnología por parte de los niños desde bien pequeños ha habido algo más de lío y debate que ha empujado a muchos padres a lanzar a sus hijos al deporte con tal de alejarlos de las pantallas; es ahí donde se ha planteado el falso debate que nos ocupa hoy ¿deporte o pantallas? Y ahí entramos todos al trapo ¡deporte bueno, pantallas malas! Y vemos a los mismos que abogan por digitalizar la escuela defendiendo la importancia del deporte frente a las pantallas…

¿Las pantallas son entonces el bien o el mal? Probablemente no son lo uno ni lo otro (lo cual no quiere decir que sean inocuas) ¿es el deporte la salvación educativa de nuestros hijos frente al abuso tecnológico en el que viven? Tal vez sí o tal vez no, dicho de otro modo, no tiene por qué ser así… Y no, no me escapo del debate sino que lo planteo en sus justos términos sin aceptar los términos del falso debate que contrapone deporte y pantallas ¿por qué hay que elegir entre deporte y pantallas? ¿el tiempo de ocio de nuestros hijos se circunscribe exclusivamente a las pantallas y el deporte? El drama es que tiende a hacerlo porque hemos deglutido sin rechistar este falso debate: demonizamos en casa las pantallas que queremos que se usen en el colegio y nos abrazamos al deporte como vía de escape, como única alternativa posible al empantallamiento infantil, lo hacemos siendo profundamente inconscientes de todo lo que nos dejamos fuera, de todo lo que negamos a los niños y de todo lo que les permitimos despreciar sin valorar las consecuencias que esto tiene.

No estoy ni en contra del deporte ni de las pantallas, estoy en contra de que el tiempo de ocio de los niños se limite a estos ámbitos y muy en contra de que renunciemos a actividades a las que tal vez cueste un poco más que los niños les tomen gusto, asumiendo que dado que esas actividades ni resultan a priori tan divertidas como el deporte ni responde al universo de la inmediatez que crean las pantallas son ‘de otro tiempo’.

Cabe que, tan cegados como solemos estar por los falsos debates en educación, te estés preguntando a qué actividades me refiero: no pienso solo en la lectura, que también, sino en cosas tan distintas y dispares como visitar un museo o un jardín público, dar un paseo por el casco histórico de la ciudad o pasar la tarde en el zoológico o en el parque de atracciones, salir a merendar, a dar un paseo en bicicleta, a gozar de una visita guiada a un castillo medieval, ver juntos una película histórica o de aventuras o una serie de TV… y así podríamos seguir listando una y mil actividades ligadas a la agenda cultural de cualquiera que sea el lugar en que vivimos.

¿Y por qué son tan importantes todas estas actividades? Porque amplían el universo vital de los niños: para los niños el mundo no es más grande ni más pequeño que el mundo que conocen y por eso las actividades culturales son de una importancia capital, porque amplían ese mundo; la consecuencia directa de esa ampliación es una mayor y mejor comprensión del mundo en el que viven. Esta es la razón por la que este falso debate, el que contrapone deporte y pantallas, me parece especialmente peligroso, porque nos sirve de coartada para olvidar todo lo demás cuando lo cierto es que todo lo demás es parte esencial del proceso educativo de los niños.

Ya sabemos que es más fácil que los niños se enganchen a las pantallas que a los libros, que prefieran jugar al fútbol con los amigos que visitar el Museo del Prado con sus padres pero no se trata de que los niños hagan siempre lo que les divierte y les gusta, nuestra responsabilidad como padres no es ser entretenedores y cuidadores de niños sino educadores; no se trata tampoco de que hagamos ahora toda una agenda de visitas y actividades culturales ni tampoco de que dediquemos tardes enteras a visitar un museo sino de que todas estas actividades que suelen dar más pereza a los niños se las administremos en pequeñas dosis de modo que puedan ir tomándoles la medida y el gusto al menos a algunas de ellas, de modo que vayamos abriendo ventanas en su mundo y alimentando su curiosidad, una curiosidad que se anestesia entre el deporte y las pantallas…

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