Visión en túnel.

Haces unos días comencé a leer a Ben Shapiro concretamente su obra ‘El lado correcto de la historia‘ traducido por Diego Sánchez de la Cruz (y por cortesía de Luis Alberto Iglesias, de Value School); una de las cosas que expone Shapiro al principio de este libro es la línea ascendente tanto en lo que a suicidios se refiere como en los diagnósticos de enfermedades mentales, en particular la depresión, que se dan en la actualidad en Estados Unidos; en esas estaba cuando fui a parar a una columna de opinión publicada por David Cerdá en La Gaceta, se titula ‘Abramos el melón de las causas morales‘ y en ella David Cerdá nos da un dato estremecedor: somos el país con mayor consumo per cápita de benzodiacepinas, eso además de que las consultas de los psicólogos reciben cada vez más pacientes…

Y ante todo esto me pregunto lo mismo que se preguntan Shapiro y Cerdá ¿qué está pasando? Supongo que pasan muchas cosas, que hay grandes y pequeñas causas, porque cuando soplan los vientos en una dirección no suele ser por una única cuestión sino por la confluencia de varias y, ante preguntas de respuesta compleja como esta, lo que cabe hacer es tratar de seguir el hilo del momento actual, de la realidad, hacia atrás, ver el camino que hemos andado, cómo hemos llegado hasta aquí y hacerlo con el ánimo de entender qué ha ocurrido.

Pues bien, con esa sencilla a la par que arcaica metodología en la cabeza, he hecho un hipoténtico viaje desde la vida de un joven de veintitantos años hoy hacia su infancia pasando, por supuesto, por su educación y lo cierto es que la única pregunta que me martillea en la cabeza es ¿cómo nos nos dimos cuenta? o peor ¿cómo es que todavía no lo vemos?

Vaya por delante que no planteo mi hipótesis como respuesta definitiva a nada sino como una observación, sólo trato de señalar algo que se me antoja tan evidente como grave: defiendo en Maleducados el terrible error que supone elevar el grado de la protección de la que todo padre debe proveer a sus hijos al grado de sobreprotección, lo explico de un modo sencillo, hablando de burbujas: los niños nacen en una burbuja, la familiar, arropados por su madre y su padre en primera instancia, nacemos desnudos, ignorantes e incapaces de todo, necesitados de la protección de nuestros padres para sobrevivir; esa burbuja nace con el ánimo de ser útil el tiempo necesario, ni un día más ni un día menos pero cuando hacemos de la sobreprotección nuestra forma de educar impedimos que esa burbuja se rompa de modo natural y lo hace de forma abrupta cuando no queda otra ¿qué sucede entonces? Que la realidad, para la que los adolescentes o jóvenes no están preparados porque han vivido ajenos a ella, sobreprotegidos en su burbuja, es demasiado dura… y ante ello esos adolescentes y jóvenes buscan una nueva burbuja, una bandera en la que envolverse, una identidad que los conforte dando cumplida respuesta a su frustración (una propuespuesta por lo demás casi siempre falsa, pero eso es lo de menos porque las burbujas, al fin y al cabo, son siempre falsas en cuanto a que recrean una realidad que no existe).

¿Por qué recuerdo ahora ese planteamiento ya desarrollado en Maleducados? Porque hay algo relacionado con ello de lo que no hablé en Maleducados: es la visión en túnel que provoca la hiperprotección (ese vivir siempre ‘escondido’ en una burbuja), un modo muy limitado de mirar a mundo y de vivirlo que inexorablemente, nos avoca a la inestabilidad y al miedo cuando no a cosas peores: empecemos por el principio ¿qué es la visión en túnel? Es exactamente lo que indica su nombre, es ver lo que tienes justo frente a tus ojos pero no a tu izquierda ni a tu derecha ni sobre tus ojos ni bajo ellos, es tener sólo visión central.

Ese campo de visión que tantos convierten en su espacio vital es tan reducido que resulta inevitable que nuestra vida trascienda a él aunque no queramos, suceden cosas a nuestro alrededor que no vemos e invaden nuestro espacio vital y también al contrario, ese espacio en el que creemos controlarlo todo se desordena cuando, por ejemplo, un hijo no hace lo que sus padres esperan de él y sale de ese espacio; vivir con visión túnel, que es vivir queriendo controlarlo todo, con tranquilidad y sin sobresaltos, cómodamente, haciendo lo que queremos cuando queremos y logrando que los demás hagan lo necesario para que nuestro confort sea absoluto, es un modo utópico de vivir… y eso significa que quienes tratan de vivir esa utopía acaban por vivir en una distopía, es decir, en un infierno en la tierra ¿por qué? Porque la complejidad de la vida no cabe en lo que tenemos ante nuestros ojos, suceden cosas por delante y por detrás de nosotros, por encima, por debajo y a los lados, porque nuestro libre albedrío es tan libre como el de nuestros vecinos, hijos, padres, amigos… porque la vida tiene un patrón de caos difícilmente controlable y cuando vivimos con el ansia por controlarlo todo, por no tener problemas, por que todo sea como queremos que sea… vivimos con un destino inevitable: la frustración. Y de la frustración a la depresión a veces hay poco más que un paso.

Un termómetro del grado de visión en túnel que padecemos es la frase ¡tengo derecho!; cuando los adolescentes y los jóvenes reclaman sus derechos rara vez asumen que los derechos son una cara de una moneda, una moneda que tiene también su cruz, las obligaciones; y no se trata de que ‘vayan de listos’, se trata de que si los hacemos vivir hiperprotegidos, convirtiendo en realidad todos sus deseos, asumiendo sus obligaciones y escondiendo bajo la alfombra del salón todo lo que incomoda… ¿cómo vamos a lograr que, cuando llegue el momento, entiendan que la vida no es el patio de recreo en el que hemos convertido su infancia, su adolescencia y hasta sus primeros años de juventud? No ven, y no pueden ver, más allá de lo que tienen frente a sus ojos porque lo demás no existe, porque han vivido siempre en la caverna, mirando a las paredes o a las pantallas de 1984, porque para ellos el mundo de las ideas es una cosa viejuna, absurda y lo que es más importante, irreal; porque los ciega la luz del exterior, porque sus ojos están hechos a la oscuridad de la caverna donde solo necesitan ver lo que tienen frente a ellos.

El problema es que hoy en día no es una generación ni dos la que padece visión en túnel, es una masa crítica muy importante de la sociedad, afecta incluso a gentes con posiciones importantes en el ámbito de la educación y la cultura, a personas influyentes, no digamos ya a políticos que, no contentos con su visión tan limitada del mundo, se presentan como los adalides del progreso que harán que todos podamos vivir en un mundo feliz sin salir de nuestra visión central… y hay quien confía en ellos porque, he aquí el quid de la cuestión, esa masa crítica acomodada en su visión central necesita que todo hijo de vecino viva una vida tan limitada como la suya para limitar la cantidad de cosas que suceden a su alrededor susceptibles de invadir su espacio, dicho de otro modo, quienes viven en modo visión en túnel sacrifican su libertad y la de los demás en favor de su comodidad. Cabe que por eso, aunque solo sea por eso, debiéramos empezar por decirles a los niños que la vida no es cómoda o, al menos, que no es cómoda siempre y que incluso cuando es incómoda es maravillosa.

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Maleducados, Sekotia (Ed. Almuzara)

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