Indomables.

Sábado noche. 1:30 de la madrugada. Hipoglucemia. Empieza la fiesta… ¿y qué haces? Pasear por el salón pensando qué carajo estará pasando en el cuerpo de la criatura ¡si ha cenado churros por el amor de Dios! Claro que igual fue eso, demasiados hidratos, demasiada insulina… espera, la noche anterior fue de hiperglucemia (la hormona del crecimiento, seguro, no en vano cuando le hablas ‘al niño’ tienes que mirar hacia arriba) e igual la bomba de insulina se anticipó esta noche demasiado… ¡stop! Si algo sabes transcurridos más de cinco años conviviendo con la puñetera diabetes tipo 1 es que se entiende lo que se entiende y hasta donde se entiende, entrar en bucle buscando qué razón del casi centenar existentes que pueden desequilibrar una glucemia está actuando, una vez sabes que no es ninguna de las que tú puedes controlar, siempre acaba mal… Así que lo mejor será acercarse a la estantería y esa noche, la del pasado sábado, me saludaron entonces 10 indomables, y me sumé a su fiesta, claro, puestos a desvelarse hacerlo en compañía es mucho más interesante.

Mientras la hipoglucemia iba y venía, entre glucosa y controles glucémicos, leía en lugar de dejar que mi cabeza me enredara: ‘No tenemos miedo. Sabemos defendernos. Somos indomables‘, y reconozco que sonreía… porque sí, hay que se un poco indomable para que el tsunami posmoderno no te lleve por delante.

Empecé por el principio y leí los 10 ensayos en el orden establecido por Berta González de Vega y Yaiza Santos, coordinadoras de la edición, pero ahora, con la lectura todavía fresca en la cabeza y pensando en la noche toledana en la que la disfruté, voy a empezar por ‘En defensa de las madres’, más que nada porque eso era yo el sábado de madrugada, en el salón, vigilando la glucemia revoltosa de mi hijo con un ojo y con el otro gozando con las Indomables.

No es que a las madres haya que defenderlas, lo que hay que hacer es dejar de atacarlas, no lo digo yo, es lo que viene a decir María Calvo Charro y es que el cuadro que se pinta hoy en día de la maternidad es realmente tenebroso: acaba con tu carrera profesional, te deja sin tiempo para ti, ya no eres interesante para los hombres, duermes poco y mal…. uuuuuuuh! Si una madre se muestra orgullosa de su prole es que es del OPUS, de lo contrario mascullará entre dientes ¡las jóvenes de hoy son más listas que nosotras! ¿seguro? Yo me acuerdo de mi abuela, que trabajaba fuera y dentro, que llenó su casa de libros aunque ella apenas leía, que animó a sus hijos a estudiar, luego a sus nietos y que me dejó un consejo diseñado para ser esculpido en piedra: ‘cuando seas madre… haz lo que creas que debes hacer. No te importe lo que digan’. Pues eso, ni marujas, ni súper mujeres, ni multifunción ni las mil y una tonterías que se dicen, hay tantas formas de ser madre como madres hay, es más, hay tantas formas de ser madres como madres e hijos hay porque las necesidades de los hijos tienen mucho que ver con las decisiones que tomamos como madres. Y siempre, digan lo digan y lo diga quien lo diga, la maternidad es vida, es progreso, es alegría ¿con sus malos ratos y sus miserias? Díganme algo humano que no tenga también su lado oscuro… De lo que no lograrán convencerme, como intuyo que nadie podría convencer a María Calvo Charro, es de que no hay mayor ni mejor responsabilidad que esa a la que nos ata la maternidad, nuestros hijos, porque lo que hagan de su vida en el futuro (que será además el futuro de la sociedad en la que viven) depende en gran medida de lo que hagamos nosotros de su infancia y no se trata de hacer niños felices ¡eso es tan fácil! sino de hacer niños que llegan a ser jóvenes capaces ¿capaces de qué? De vivir su vida plenamente por encima y por debajo de sus circunstancias.

Los chicos no están bien y no importa, nos dice Berta González de Vega y resulta imposible leerla sin pensar en otras estadísticas, las de suicidios, por ejemplo, que son mareantes y tampoco importan… tengo para mi que no importan no tanto por lo que tiene el suicidio de tabú como por el hecho de que lo acometen muchos más hombres que mujeres; dicen que la paciencia es la madre de la ciencia y seguro que la educación lo es de la sociedades futuras, viendo el cuadro que pinta mi tocaya cabe preguntarse ¿qué podemos esperar de una sociedad que convence a las niñas de que los niños son sus enemigos y a los niños de que ellos son el violador? ¿qué frutos podemos esperar de una educación vacía de contenido y saber, llena de ideología y diseñada con el ánimo de poner en práctica ingeniería social, es decir, de modelar la sociedad a costa de modelar a los hombres y mujeres que la forman? Poco bueno, me temo, pero cabe matizar un poco el cuadro dantesco que seguro estás imaginando: somos muchas las mujeres que nos negamos a aceptar que nuestros padres, hermanos, maridos, hijos… sean violadores en potencia porque así lo vomite el feminismo de nueva ola y desde luego no educamos a nuestros hijos en esa idea retorcida de la realidad. Lo que es más difícil de corregir es la realidad académica, esa que nos dice que el fracaso escolar es mayor entre los niños que entre las niñas… si fuera al revés habría planes de todos los colores para dar la vuelta a las estadísticas, en lugar de eso nos encontramos con el planteamiento ‘es que ahora nos toca a nosotras‘, reconozco que cuando oigo esa frase en boca de una mujer siento una puñalada en la espalda, ¿qué nos toca a nosotras? ¿hacer todo lo malo que han hecho ellos antes a ver si así empatamos?.

Ahora bien, podrán desdibujar cuanto quieran lo que es o deja de ser una mujer, de ello hablan largo y tendido Guadalupe Sánchez y Paula Fraga, pero la realidad es natural y la naturaleza testaruda, somos las mujeres las que engendramos y parimos, somos madres y, las que somos madres, no sólo no tenemos intención de dejar de serlo sino que tampoco queremos que los padres se maternicen porque no queremos dejar a nuestros hijos huérfanos de padre del mismo modo que no queremos nosotras convertirnos en el hombre posmoderno, un ser emocionalmente hermafrodita… quita, quita. Los hombres y las mujeres somos diferentes y del mismo modo las madres y los padres somos distintos ¿y? ¿cuál es el problema? El problema es la discriminación, siempre, incluso cuando le ponen el apellido ‘positiva’ para que suene mejor; la realidad es que la discriminación de las mujeres gira hoy en día alrededor de la maternidad, si a ello añadimos que las sociedades prósperas necesitan niños resulta muy sencillo concluir que hay que proteger la maternidad ¿lo estamos haciendo? De aquella manera… a mi me parece que cuando se habla de conciliación se habla siempre de los derechos de los padres y las madres y se nos olvida que la maternidad no va de padres y madres, va de bebés, de los derechos de los bebés, de la crianza de un bebé, un niño…

María Blanco repite algo que le he oído defender en más de una ocasión que me produce gran regocijo escuchar: el capitalismo es el mejor amigo de la mujer. Decir eso hoy en día, con el wokismo rampante y el comunismo revestido de ideas posmodernas es revolucionario, sin duda, y una verdad como un piano de cola de grande aunque tantos se nieguen a verla: mirad un mapa del mundo, marcad los países capitalistas y pensad en la situación de las mujeres en esos países y en el resto; añadid otro aspecto más, el que nos lleva de vuelta de María Blanco a Paula Fraga, el cultural, marcad los países occidentales de tradición cristiana y los países en los que se imponen otras creencias, especialmente los países musulmanes ¿dónde han prosperado más las mujeres?.

La independencia económica es la madre de la libertad de las mujeres como lo es de la libertad de cualquier ser humano y hasta de las naciones; no es que seamos materialistas ni que abominemos de lo espiritual (nada más lejos de la realidad…) es que la dependencia económica nos convierte en dependientes de la voluntad ajena, en menores de edad perpetuas; decía Clara Campoamor que la libertad se aprende ejerciéndola, la independencia económica es sólo el primer paso en ese camino pero es un paso esencial.

Que las mujeres tenemos sombras, dice Miriam Tey y lo más curioso no es que lo diga sino que decir algo así sea casi revolucionario porque el feminismo moderno sostiene que las mujeres somos poco menos que seres de luz; pero no es así, tenemos sombras y tenemos conflictos que dirimimos como mejor se nos ocurre, cuando hablamos de conciliación no hablamos solo de medidas impresas en el BOE sino de la conciliación de esa nueva faceta de nuestra vida, la maternidad, con nosotras mismas; ser madre te cambia y te sorprende, descubres miedos donde no sabías que existían del mismo modo que descubres un modo de amar, un amor de una intensidad, que sólo podías imaginar; la maternidad es poderosa, nos hace poderosas ¿significa eso que todas las mujeres tienen que ser madres? Pues claro que no, faltaría más, significa, como dice María Calvo Charro, que hay que defender la maternidad porque el futuro empieza ahí, en los niños que son los adultos del futuro; sin ellos, no hay futuro que valga.

Por eso el feminismo de nueva ola se eleva cada día un poco más al altar de los traidores a la mujer (un altar por otra parte en el que hay overbooking ya…); no sólo nos lo cuentan Paula Fraga y Guadalupe Sánchez, también Marta Martín Llaguno que de como se las gasta el feminismo en política sabe lo suyo; ahora ya no sabemos definir que es una mujer, un tío con toda la barba y con todo lo que le cuelga dice que se siente mujer y andando, ya es mujer, nos conformamos con cuotas y ostentar el poder sin ejercerlo y, lo que es peor, etiquetamos como ‘problema’ cosas que no lo son: ¿qué ocurre si un porcentaje elevado de mujeres, entre las que me encuentro, decide ‘sacrificar’ cierto desarrollo profesional en favor de vivir una maternidad más presente? (entrecomillo ‘sacrificar’ porque tengo el convencimiento de que sacrifican mucho más las que renuncian a la maternidad o la ejercen de modo más distante en pos de un desarrollo profesional mayor que las que hacemos lo contrario); no veo por qué eso tiene que ser un problema, no entiendo que se cataloguen como problema a resolver las decisiones conscientes de las mujeres (como las que deciden dejar de trabajar al ser madres porque sus trabajos no les reportan satisfacción económica ni personal suficiente); lo que sí será un problema, en todo caso, es que cuando esas mujeres tratan de volver al mercado laboral o de retomar carreras que ralentizaron con reducciones de jornada, no puedan hacerlo: algo que se suele olvidar es que, si bien la maternidad es para siempre, la dependencia de los hijos sucede en apenas una docena de años; tengo para mi que ese es el verdadero techo de cristal, no el que nos ponemos nosotras al ser madres, ese es a lo sumo un parasol del que disfrutamos, sino el que nos ponen porque en cuanto te colocas la etiqueta de madre o demuestras que sigues siendo la empleada del mes, o ya no cuentas… hay directivos que llegan a ofrece a mujeres embarazadas (mandos intermedios en multinacionales) ‘un trabajo de maruja’ (y no es un decir, sucede y cuando eso sucede no importa que el hijo ya se afeite, la madre sigue sin poder salir del ‘trabajo de maruja’).

Teresa Giménez Barbat ahonda en algo que el feminismo de nueva ola niega: somos diferentes, los hombres y las mujeres somos diferentes (ni mejores ni peores pero sí distintos) y no lo dice porque se le ocurra a ella, lo argumenta a partir de estudios que arrojan datos reveladores; no todo lo que somos, como sociedad, se lo debemos a nuestra cultura y a nuestra educación, la genética juega lo suyo y la biología; ¿por qué nos empeñamos en ser como ellos si además a ellos los ponemos a parir un día sí y otro también? Lo del feminismo de nueva ola es un poco esquizofrénico, la verdad, salvo cuando lees a Rebeca Argudo y sigues la pista del dinero, entonces todo es más claro, cuando se trata de chiringuitos, de puestos a dedo, de cursos ‘gratuitos’ y demás zarandajas todo se entiende mucho mejor. Y se entiende también que ante todo eso no cabe otra cosa más que rebelarse.

¡No tengan miedo! nos grita Yaiza Santos en el último ensayo de este jugoso compendio y nos recuerda a Juan Pablo II cuando le dijo a los polacos en el crítico momento de ruptura con el comunismo ¡no tengáis miedo!. No, no cabe tener miedo, al fin y al cabo estamos de paso, somos motas de polvo en el desierto, nuestro paso por el mundo es efímero, ahora bien, es todo lo que tenemos ¡qué menos que gozarlo con libertad y dignidad!.

Remato este paseo personal sobre lo que nos cuentan las 10 indomables con un grito adicional: ¡sed libres! sabiendo que ser libres es ser responsables primeras y últimas de nuestras acciones y decisiones, asumir errores, gozar de los aciertos, de los golpes de suerte y de la mala fortuna… aceptar las circunstancias que nos vienen dadas y trabajar a partir de ellas porque, por difícil que resulte a veces, lo cierto es que de vivir a cuenta de las decisiones ajenas no se vuelve (no al menos entera).

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