Fatalistas y utópicos: enemigos de la educación.

Y cuando digo enemigos de la educación digo también enemigos de la civilización y el humanismo; son lo segundo y por eso se convierten en lo primero, en enemigos de la educación. Pero empecemos por el principio ¿a quiénes me refiero cuando hablo de fatalistas y a quiénes cuando hablo de utópicos?

Los fatalistas son los que no miran más que al paisaje que los rodea, son hombres grises, casi transparentes y gaseosos, que asumen la vida como algo que sucede a su pesar y agachan la cabeza frente a ella dispuestos a soportar, casi estoicamente, lo que les suceda. Son de espíritu pequeño y vacuo, no se consideran capaces de nada sino víctimas diarias del mundo, de la vida y de los otros, son los que creen que la pobreza se hereda y los que malinterpretan el hecho cierto de que la meritocracia son los padres. Los fatalistas sucumben al peso de la vida, la sufren como un tsunami que los va hundiendo cada día un poco más en el océano mientras piensan ¡qué mala suerte la mía!.

Los utópicos son la antítesis de los fatalistas, los que sólo miran hacia sí mismos y viven en su ombligo; son los de tú puedes, es posible y sí se puede, los que no admiten jamás una derrota ni un fracaso porque en su cosmovisión tales cosas no existen, el ser humano es poco menos que superman o superwoman, puede con todo y puede ser campeón de todo porque las incapacidades que padecemos no nos definen como tampoco nos definen nuestras habilidades; el hombre utópico es igualitarista y sueña con igualar por arriba (de ahí su utopía, sueña un un imposible…) mientras la realidad le golpea igualando por abajo (única igualdad posible), no es gris ni transparente, tampoco gaseoso como el fatalista, sino de un color más intenso y líquido, muy líquido. Los utópicos también se hunden día a día bajo el tsunami de la vida pero se convencen de que el panorama cada día más oscuro (porque cuando más profundo buceamos más oscuro es el océano) es todo un descubrimiento, una alegría.

Lo que tienen en común tanto los fatalistas como los utópicos es que viven fuera de la realidad, ese es su pecado original… pero ¿por qué me ha dado hoy por hablar de este tipo de personajes y personalidades? Al fin y al cabo en el mundo hay de todo ¿por qué no va a haber también utópicos y fatalistas? La cuestión no es que los haya o lo deje de haber, la cuestión es que su influencia en el ámbito educativo es cada vez mayor y eso nos lleva a una sociedad que vive fuera de la realidad. Y renegar del principio de realidad es renegar de la propia vida, recordad 1984, Un Mundo Feliz, Fahrenheit 451…

¿Cómo reconocer a un fatalista en educación? Es el pedagogo o profesor que te explica que el esfuerzo no lo es todo y al mismo tiempo te regaña por ayudar al niño con los deberes; son los que consideran que la educación ha de ser igual para todos (igual para un superdotado que para un niño con parálisis cerebral… y no exagero, eso es lo que nos dicen cuando explican que hay que acabar con los colegios de educación especial) y son los que creen que el barrio en el que naces, la familia en la que creces, es lo que marca tu vida, ni por la cabeza se les pasa que eso es solo paisaje y que lo que marca de verdad tu vida es lo que tu haces a partir de todo ello.

Los fatalistas asumen que, en función de tus circunstancias, tu destino está escrito y trabajan arduamente para que lo aceptes de antemano y te ahorres la depresión del fracaso llevándotela ya puesta desde niño. Para ellos cada fracaso es una derrota que duele y por tanto debe evitarse, no son capaces de ver el fracaso como parte del aprendizaje.

Los utópicos en cambio viven en Narnia y son los que, trabajando día a día en su paraíso, acaban por vivir en Mordor (porque puedes ignorar la realidad pero las consecuencias de haber ignorado la realidad); son los pedagogos y educadores que protegen a los niños del fracaso no haciéndoles asumirlo de antemano, como hacen los fatalistas, sino negándolo, metiendo a los niños en una burbuja en la que el fracaso no existe porque todos ganan, todos son campeones, todos reciben su trofeo y su medalla… Suelen gustar mucho a los padres porque hacen de sus niños unos pequeños tipos de gran éxito cuando todavía no levantan unos palmos del suelo… Claro que luego llega la realidad y pone a cada uno en su lugar y el gran problema es que los niños educados en la utopía están condenados a vivir la distopía correspondiente porque no tienen las herramientas emocionales ni intelectuales necesarias para salir de ella.

En eso se parecen mucho los niños hijos del fatalismo y los hijos de la utopía, carecen de herramientas para ser algo distinto a lo que se ha hecho de ellos ¿por qué? Porque no han sido educados, han sido maleducados.

La razón que me lleva a hablaros hoy de fatalistas y utópicos es que últimamente veo como estas dos tendencias tan antagónicas empiezan a darse la mano y eso, queridos, es una muy mala noticia, convierte a los ajenos a estas tendencias (profesaurios, les llaman) en el queso y el jamón del sándwinch, ingredientes condenados a tostarse o diluirse en cuanto entran en la sandwichera… (pero recordad siempre que del sándwich siempre ha resultado más sabroso por el jamón tostado y el queso fundido que por el pan que lo empaqueta).

Leo a educadores que se sienten Sócrates y defienden con total desparpajo que el aprendizaje nace del diálogo ¿de qué hablamos si borramos el conocimiento de la ecuación? ¿que aprendemos sin conocimiento? Son preguntas que se me ocurren y de las que os ahorro las respuestas porque son tan demagógicas como eso de que el aprendizaje es un mero diálogo; pues bien, esos educadores que se sienten socráticos (spoiler: no lo son, sólo lo parecen, son casi siempre fatalistas), esos educadores de los que os hablo, algunos con tribuna pública, se alinean cada vez más con los defensores de la digitalización de la educación que son, casi por definición, utópicos.

Supongo que esta confluencia era previsible: los educadores fatalistas miran siempre al paisaje y, dado que la tecnología forma parte del paisaje del S.XXI, la añaden a su cuadro incluso dentro de las escuelas, ‘si a eso van que vayan ya’ deben pensar mirando a sus alumnos; los utópicos digitales por su parte piensan los mismo, si a eso van que vayan ya, pero lo hacen sin fatalismo y basando sus razonamientos en premisas falsas: hablan del consumo responsable de tecnología como si un niño pequeño supiese lo que es consumo o lo que es responsable, lo hacen además obviando el daño real de la tecnología en la infancia que no es el que infringe la tecnología en sí (el único del que de hecho se ocupan los utópicos digitales dando sus clases magistrales de digitalización) sino el que infringe la propia educación al alejarse de su objetivo al adentrarse en esa digitalización.

¿Que no tiene por qué estar reñida la digitalización con la educación? Tiendo a pensar que no, siempre y cuando tengamos claro que la educación va primero, es decir, que los fines y objetivos de la educación (formar ciudadanos libres) no se negocian y que si descubrimos, como hemos descubierto (algunos lo supieron siempre pero nadie les escuchó) que la lectoescritura es esencial para que los niños puedan desarrollar su trayectoria de aprendizaje y que por tanto la digitalización de la escuela, incluida la de los libros de texto, en edades tempranas afecta negativamente en este sentido, mandamos la digitalización de la escuela en edades tempranas a freír puñetas o, al menos, la reducimos lo necesario para evitar sus efectos no deseados.

Claro que ni fatalistas ni utópicos comparten esto, los primeros insisten en que el mundo al que vamos es digital y que cuanto antes vayamos mejor y los segundos, si bien no niegan los efectos no deseados de la tecnología y hablan del acceso inconveniente a según qué contenidos en según qué edades, descargan la responsabilidad completa en los padres: el problema no es que el niño vea porno en el móvil, el problema es que tú no les has enseñado a usarlo correctamente, que no vigilas, que no acompañas, que no hablas, es más, el problema es que tú has compartido una foto del niño en tus redes… Y tras este planteamiento vienen los cuentos infantiles que cuentan, valga la redundancia, que el porno es malo y el mundo un lugar cruel anticipando el conocimiento del porno y la brutalidad del mundo a edades muy tempranas… (creedme que no exagero, recorred la sección infantil de algunas librerías).

¿La clave de todo este lío? Hay opiniones para todos los gustos, la mía es clara: hay que sacar las manos de los fatalistas y de los utópicos de la educación; todo sistema educativo que hace que los niños vivan fuera de la realidad es un sistema destinado a ser fallido ¿significa eso que hay que dejar a los niños desnudos frente al mundo desde pequeños? Claro que no, significa que hay que prepararlos para la vida y para eso hay que protegerlos y acompañarlos en su proceso de crecimiento y aprendizaje, no sobreprotegerlos ni meterlos en una burbuja ajena a la realidad del mundo.

Nuestras circunstancias influyen en nuestro destino, sí, ¿y? No es lo mismo nacer en una aldea perdida del Congo Belga que en un bonito pueblo mediterráneo, cierto ¿y? Nada de eso es algo que dependa de nosotros, ni la renta de nuestra familia, ni la importancia que dan o no a la educación nuestros padres, ni dónde vivan, ni el estilo de vida que lleven… nada. Conozcamos nuestras circunstancias, seamos conscientes de ellas para aprovecharlas en la medida de lo posible y después centrémonos en lo que realmente podemos hacer, en lo que depende de nosotros, no en aquello sobre lo que no podemos influir. Olvidemos a los fatalistas y a los utópicos, seamos realistas y esforzados, trabajemos con criterio asumiendo nuestros errores y aprendiendo de ellos… ¿que eso no cambia el paisaje, es decir, las circunstancias? Eso es lo que diría un fatalista pero, creedme, nos cambia a nosotros, cambia los ojos con los que miramos al paisaje…

Y por supuesto como padres tenemos mucho que hacer, además de ignorar tanto a los fatalistas como a los utópicos, tenemos mucho que educar para que la ola que están formando entre fatalistas y utópicos no se lleve por delante el futuro de nuestros hijos.

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Más acerca del papel de los padres como tabla de salvación y responsables primeros y últimos de la educación de sus hijos, aquí:

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