Maternidad y conciliación, ese espinoso asunto.

Si hay algo de lo que nos advierten regularmente es de la baja natalidad y las consecuencias a las que nos aboca, no es un problema español sino de todas las sociedades occidentales y se suele señalar directamente a las mujeres y el modo y manera en que retrasan su maternidad; pintado el cuadro de la situación, se busca un culpable al que colgarle el muerto (en este caso el no-nato) y asunto zanjado: la natalidad es baja porque la conciliación es imposible: los unos dicen ‘sociedad egoísta, gobierno que no ayuda’ los otros ‘empresario explotador ¡machismo!’ y cada uno desde su púlpito golpea el muñeco de trapo que ha elegido.

Desde ese esquema general, acercándonos un poco más a la realidad, vemos como se habla de las mujeres que se reducen la jornada laboral para mejorar sus opciones de conciliación de la vida familiar y profesional después de ser madres o de las que deciden directamente dejar de trabajar, se habla de ellas como víctimas y a mi, que soy una de las que se redujo la jornada en su día y después optó por hacerse autónoma y teletrabajadora para conciliar todavía más y mejor, me da la risa.

¿Quién renuncia más, las mujeres que en el equilibrio entre vida personal y profesional anteponen lo personal o las que anteponen lo profesional? Eso así, para empezar. Y en segundo lugar, las que dejan de trabajar ¿lo hacen como única solución posible para criar a sus hijos o porque confluyen en su situación laboral estas dos cuestiones: sueldo bajo y baja motivación laboral? Dicho de modo sencillo: tienen trabajos mal pagados que además no les gustan. Por supuesto la casuística es mayor, podríamos echar aquí el rato haciéndonos preguntas pero no lo haré porque ninguna de estas preguntas es la clave del asunto.

Hace unos años era difícil sacar conclusiones porque no había un histórico, la incorporación de la mujer al mundo laboral era muy reciente y las políticas de conciliación ni se contemplaban; pero han pasado ya un buen número de años desde entonces, ya tenemos a generaciones de mujeres trabajadoras que han recorrido toda su vida profesional hasta la jubilación, también a mujeres que han hecho uso de las políticas de conciliación que se han ido aprobando (muy especialmente de las reducciones de jornada) y por supuesto también a mujeres que han optado por dejar de trabajar y tenemos, sobre todo, la posibilidad de saber no sólo qué piensan las mujeres antes de ser madres o en el momento de serlo sino después, transcurrido el tiempo y vividas las consecuencias de las decisiones que tomaron para conciliar.

Cuando hablamos de la maternidad lo hacemos como si fuésemos a tener niños por siempre jamás, como si los niños no crecieran muy rápido, como si hablásemos de dedicar media vida a la crianza cuando la crianza en sí, la época más exigente en cuestión de tiempo ¿cuánto dura? ¿12 años? ¿14? Depende del número de hijos que se tengan, claro, pero si tenemos en cuenta que la esperanza de vida de las mujeres está por encima de los 80 años, mucho ruido parece que hacemos por lo que pasa en 12, 14 o 16 de todos ellos ¿no?.

A mi, la verdad, me importa poco lo que se diga al respecto, tal vez sea porque tuve la suerte de tener una abuela que fue madre trabajadora (y en su caso no hubo opción de ser otra cosa, con el sueldo de su marido no se criaba a tres hijos, no al menos como ella quería criarlos) y que tenía las cosas muy claras, este fue el consejo que me dejó dado antes de irse, cuando estaba yo en la universidad: si algún día tienes hijos y decides que lo que tienes que hacer es dedicarte más que nada a criarlos, tú haz lo que creas que tienes que hacer, no te importe lo que digan, todo lo que estás estudiando y trabajando ahora es tuyo, eso no te lo quita nadie, haz lo que tú creas que tienes que hacer…

Mi abuela me conocía bien, sabía que cuando tuviese a mi hijo en brazos me iba a costar mucho dar prioridad a cualquier otro aspecto de mi vida pero también sabía que las presiones de la vida a veces nos despistan y nos empujan a tomar decisiones por motivos equivocados; curiosamente había algo que yo tenía muy claro antes de ser madre: si tenía un hijo no iba a ser carne de guardería de 7 a 7 ni lo iban a criar sus abuelos, si ese iba a ser el caso no quería ser madre… Y tengo para mi que ese pensamiento está en mente de muchas mujeres, por eso se retrasa tanto la maternidad en no pocos casos, porque esperamos a estar en una situación profesional que nos permita flexibilizar nuestra vida laboral ¿es una decisión egoísta? Tal vez… pero a mi me parece más bien una decisión responsable y me parece que plantea el verdadero problema: una familia no se mantiene sola, exige tiempo, trabajo y esfuerzo por parte de quienes la forman, el padre y la madre, y sí, digan lo que digan, es imposible formar una familia que ejerza como tal en la crianza de los hijos si quienes lo hacen salen de casa a las 7 de la mañana y regresan para dar el beso a los niños antes de acostarlos; en mi opinión en lo que estamos fallando es en el modelo de sociedad más que en las políticas de conciliación, es decir, fallamos todos, no solo los políticos o los empresarios.

La cuestión es que parece que la decisión que tomas al ser madre marca el resto de tu vida profesional, si decides dar prioridad a la crianza de tus hijos haciendo uso de excedencias o reducciones de jornada, no digamos ya si dejas el trabajo, es como un sello, una marca de la casa que te inhabilita para volver después al mundo laboral y retomar tu trabajo. Ese es el verdadero problema y no es tanto político o económico como social.

En primer lugar debemos empezar por asumir que la maternidad y la paternidad exigen dedicación y tiempo, eso de que podemos hacerlo todo, ser madres a tiempo completo y profesionales de alto nivel, rendimiento y desempeño, es una milonga, un cuento, una mentira… No es que no se pueda estar en misa y replicando, se puede, pero se llama pecar, no rezar.

Asumido este primer aspecto, nos toca decidir cómo queremos vivir, no se vive igual teniendo hijos que sin tenerlos, así de sencillo, ahora bien, conviene no dejarse engañar: del mismo modo que es cierto que tener hijos, especialmente en el caso de las mujeres (contra la biología no hay constructos de género que valgan por mucho que se empeñen), tiene un precio también tiene un pago. Detesto los alegatos contra la maternidad y también los alegatos a favor de ella así que no voy a caer en la trampa de hacer uno creyendo que el modo en el que yo vivo la maternidad es el modo en que la viven todas las mujeres, no haré eso aunque sí os diré algo respecto a los hechos consumados: mi renuncia profesional fue previa a la maternidad: antes de quedarme embarazada, y sin saber todavía cuánto tardaría en suceder (afortunadamente fue poco tiempo) solicité un cambio de puesto, de uno en el que sabía que no podría reducirme la jornada a uno en el que pensaba que, si bien sentaría mal porque siempre sienta mal, sí podría; fue entonces cuando dejé un trabajo que me gustaba por uno que pagaba facturas. Después dejé el que pagaba facturas, porque la motivación profesional también cuenta, para hacerme autónoma disfrutando de un trabajo que me gusta y de la flexibilidad que necesito (no penséis que es todo bello y bonito, ser autónomo y teletrabajar es no tener vacaciones, por ejemplo, y que los domingos y festivos a veces sean fiesta… y a veces no… pero también es que si el niño está malo se queda en casa y punto, que si hay revisión se va y ya está…).

¿Me arrepiento de mis renuncias? El caso es que, con la perspectiva del tiempo (mi hijo tiene ya 15 años) no veo mi vida como un camino de renuncias sino de elecciones y elegí en cada momento, como me aconsejó mi abuela, lo que pensé que debía elegir y no, no arrepiento en absoluto ¿que mi vida profesional hubiera podido ser otra? ¡sin duda! pero mi vida personal también y a eso, queridos, es a lo que no estoy dispuesta a renunciar. Cuando tomas una decisión siempre eliges algo y renuncias a algo, siempre, no solo con la maternidad y sólo te acuerdas de aquello a lo que renunciaste cuando lo que elegiste te decepciona y si algo no hace la maternidad, cuando se llega a ella con el deseo de ser madre, es decepcionar.

Soy de las locas que nunca quiso renunciar ni a la maternidad ni a su trabajo aunque ganara poco, aunque fuera con la cruz negra puesta o, como decía un directivo de la empresa en la que estaba antes de ser autónoma, con un trabajo de maruja (que eran los puestos en los colocaban a quienes se reducían la jornada); siempre pensé que el tiempo pasaría y que ya en la siguiente etapa vería qué hacía… y eso hice; ahora, con un hijo de 15 años que ya va teniendo su propia vida y que por supuesto necesita todavía de sus padres para de un modo diferente, vuelvo a trabajar casi con la plenitud con la que lo hacía antes de ser madre, digo casi porque la experiencia es un grado y, después de ser madre, dos.

¿Por qué os cuento todo esto si lo que quería es hablar de natalidad? Porque el problema de la baja natalidad es social, es humano, no es económico ni político (esos son los perejiles de la salsa pero no su esencia); no es verdad que podamos con todo, no es verdad que si no somos madres no somos mujeres completas, no es verdad que serlo nos convierta en marujas, no es verdad que sea fácil ni tampoco que sea imposible… La verdad es que dejamos que el tsunami de las opiniones ajenas se lleve por delante nuestra propia opinión y nuestro propio sentir, tomamos decisiones en base a lo que ese tsunami deja en nosotras y luego vienen las renuncias y los dramas… porque no hemos hecho lo que pensábamos que debíamos hacer, de eso una nunca se arrepiente.

El problema de la natalidad tiene mucho que ver con el modo en que la entendemos y en eso, curiosamente, el feminismo de nueva ola no ayuda mucho porque asimila la maternidad a un patriarcado opresor y asocia el deseo de ser madre como un asunto educativo, vamos, con que nos han ‘programado’ para ser madres… Pero lo cierto es que la maternidad es vida, es continuidad, es progreso, es existencia y es amor por encima y por debajo del dichoso patriarcado (anda que no hay madres solteras, divorciadas, nunca casadas…); no quiero decir con eso que la paternidad no importe, claro que importa, tanto como la maternidad, pero su problemática es otra, es decir, su problemática no es tal para empezar por una mera cuestión biológica y para continuar porque a nadie se le ocurre asociar la paternidad con una vocación que deglute cualquier otra, algo que sí hacemos con la maternidad. Mientras no entendamos que la maternidad es un asunto social en cuanto a que nos afecta a todos, a las que somos madres y a las que no lo son, a los hombres y a las mujeres, a todos, mientras no asumamos que es la sociedad en su conjunto la que tiene que proteger la maternidad (no a las madres ni a los padres sino a los niños, ponerlos en el centro de la cuestión en lugar de hacer que todo gire alrededor de la conciliación como si lo importante fuera que la madre y el padre concilien en lugar de serlo para qué concilian, es decir, el bienestar del niño) seguiremos dando palos de ciego y echándole la culpa al primero que se nos cruce.

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