Decía Marisa Paredes hace unos días que la pobreza se hereda como se hereda la riqueza y que eso marcó su vida; ni sé, ni me importa demasiado, la verdad, lo que ha marcado o dejado de marcar la vida de esta actriz, pero que no heredó la pobreza de sus padres salta a la vista y, aunque no fuese tan evidente, sería igualmente falaz su argumento porque la pobreza no se hereda, se vive ella y se cae o se sale de ella pero no tiene título de propiedad ni gen asociado, que es lo esencial para que haya herencia (de ahí que la riqueza o una enfermedad genética sí se hereden, porque se heredan las propiedades y los genes).
Decir que la pobreza se hereda como se hereda la riqueza, además de ser un argumento falaz, insisto, es terrible en términos humanos porque denota una fe inquebrantable en lo circunstancial, en lo ajeno a nuestra influencia, en lo inevitable y asume además como imposible el progreso a fuerza del propio trabajo; que ese planteamiento lo defienda la llamada izquierda progresista desnuda más si cabe el proyecto reaccionario que es, ese sí, el wokismo.

Me interesan especialmente dos aspectos del planteamiento de Marisa Paredes: la pobreza y la marca (lo que marca una vida); ¿la pobreza, un agente externo a nosotros al nacer (dado que no elegimos dónde, cuándo ni de quién nacemos…) marca una vida? No lo creo, creo que marca el punto de partida de esa vida, entendiendo como punto de partida no sólo el momento del nacimiento sino también los primeros años; me atrevo a decir más, nada más que nosotros mismos marcamos nuestra vida y cuando digo nada quiero decir nada.
Habrá quien diga que he perdido el norte afirmando tal cosa no tanto porque crea en el estigma de la pobreza (estaréis conmigo en que es cuanto menos chocante que eso lo diga alguien que se define progresista) sino por los traumas ¡que vaya si existen! (está la salud mental en España como para negarlos…).
No, no he perdido el norte ni estoy tan loca como para afirmar que nuestras circunstancias y lo que nos sucede no influye en nuestra vida y en nosotros mismos como individuos, ahora bien, el trauma no es lo que nos ocurre ni el daño que nos hace, sobreviene después; el trauma es lo que hacemos con lo que nos sucede.
El problema es que vivimos en Narnia o en los Mundos de Yupi, hablamos de la vida en términos profundamente ajenos a la realidad y lo hacemos, además, pecando de victimismo; lo cierto es que sólo hay dos actitudes posibles ante la vida (que no es justa ni injusta, simplemente es, sucede): vivir por encima o por debajo de lo que nos sucede.
Vivir por encima de lo que nos sucede supone un mayor esfuerzo, ahora bien, ese esfuerzo sostenido en el tiempo nos hace más capaces y nos libera del peso de nuestras circunstancias y de lo que nos sucede, nos hace más valientes no porque seamos héroes sino porque nos sabemos más capaces y crea en nosotros músculo emocional; mientras que vivir por debajo de nuestras circunstancias nos obliga a soportar el peso de todo lo que nos sucede, algo que sólo podemos hacer envolviéndonos en la fatalidad y el victimismo, la realidad nos pesa porque la vida no es justa ¿en qué momento creímos que iba a serlo? Ese es el momento que marca nuestra vida, el momento en el que nos rendimos a las circunstancias en lugar de sobreponernos a ellas.
Claro que para entender que el único modo posible de vivir como seres humanos es hacerlo sobre el mar de nuestras circunstancias y no bajo él porque no somos un banco de peces, hay que entender el mundo como un lugar magnífico y magníficamente peligroso y hay que entender la educación como el proceso a través del cual nos preparamos para gozarlo y sufrirlo, un proceso que es, o debiera ser, tan largo como nuestra propia vida. Aunque para eso hay que empezar por entender que vamos a morir todos…
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A vivir sobre las circunstancias sobreponiéndose a ellas en lugar de hacerlo bajo su peso se aprende como se aprende a leer… El proceso se llama educación y hablo largo (no mucho) y tendido de ello en MALEDUCADOS.
[…] a Goya y a Cervantes para subir a los altares culturales a Alba Flores, a Almodovar y a Marisa Paredes es sucumbir a la ignorancia, es ser cómplices de la caída de la civilización occidental, la más […]
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[…] capaces de nada sino víctimas diarias del mundo, de la vida y de los otros, son los que creen que la pobreza se hereda y los que malinterpretan el hecho cierto de que la meritocracia son los padres. Los fatalistas […]
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