Hace apenas unos días la periodista Mariela Rubio, en línea con las ideas que hoy defiende la izquierda, afirmaba que si los españoles emigraran a ‘una sociedad donde son una minoría, que los tienen en un gueto de pobreza absoluta también serían violadores y también serían criminales‘; ciertamente no es descabellado pensar que cuanto peores sean las circunstancias en las que vive una persona mayores son las posibilidades de que cometa algún acto ilícito movido por el hambre y la desesperación, ahora bien, de ahí a afirmar que todo ser humano, en función de sus circunstancias, es violador y criminal, hay un largo trecho…
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Aceptar como cierto que cualquier ser humano, sea cual sea su cultura y su educación, si se encuentra en una situación de pobreza se convertirá en un violador y un criminal es tanto como afirmar que es sólo entre los pobres donde encontraremos a los delincuentes, algo que sabemos que es rigurosamente falso; y eso sin entrar a valorar el modo en el que esta afirmación equipara a un violador con alguien que roba una barra de pan presa del hambre…
Este planteamiento, el que culpa del mal a las circunstancias y no al que lo comete, resulta la mar de cómodo: nos libera de toda responsabilidad (no soy yo, son mis circunstancias…) y además justifica las políticas de ayudas y subsidios que al tiempo que afirman querer sacar a la gente de la pobreza, logran mantenerla en ella cubriendo sus necesidades básicas y haciendo que esa cobertura se convierta en su bien más preciado a pesar de que en realidad es una soga en su cuello.
No, no son las circunstancias o, al menos, no son solo las circunstancias, también es la cultura y la educación ¿o acaso pensamos que la vida humana vale lo mismo en cualquier parte? En Irán te pueden matar si eres mujer y llevas mal puesto el hiyab, en España la sanidad pública despliega todo su buenhacer para salvar una vida que parecía estar perdida, como nos contó Cristina López Schlichting; el valor de la vida, el respeto por el ser humano, los propios derechos humanos… la cultura importa y la educación también.
Fue también en estos días cuando el diario El País publicaba una carta al director en la que Ainhoa Pérez Campo afirmaba que, a sus 26 años, va tarde para todo: es periodista y se lamenta de ser todavía becaria, por vivir en casa de sus padres y no contar con ahorros; afirma además que es consciente de que nunca será madre porque ya va tarde, tarde también para conseguir el trabajo de sus sueños, para comprarse un piso… No termina ahí la ristra de lamentos, se lamenta también porque cuando observa a sus amigos solo ve a un grupo infantilizado por la vida que les ha tocado vivir; termina su carta diciendo ‘somos demasiado jóvenes y nos creemos que ya vamos tarde, lo que no sabemos es que nunca llegaremos’.

Ainhoa, como Mariela, pone por delante del libre albedrío a las circunstancias, culpa de su situación y la de sus amigos a la época que les ha tocado vivir y hace algo más: ponerse la tirita antes de la herida: sabe que con 26 años está a tiempo de todo pero cuando cierra los ojos y visualiza el futuro que sueña no logra trazar un camino hacia él desde su realidad y alguien tendrá la culpa de la imposibilidad de ese viaje, alguien que por supuesto no será ella.
No somos culpables de nada, son las circunstancias que nos tocan las que sellan nuestro destino… Eso es lo que planteamientos como el de Mariela o el de Ainhoa parecen defender, eso es lo que subyace al wokismo que padecemos, a los mantras de la nueva izquierda, que no deja de ser la vieja con ropajes nuevos después de comerse a la socialdemocracia… Pero no hablemos de política, sino de cultura y educación.
No son las circunstancias las que sellan nuestro destino, ellas son únicamente el campo en el que nos toca jugar, la estrategia y la táctica que despleguemos en el partido, nuestra habilidad con el balón y nuestra resistencia, nuestro esfuerzo… todo ello es lo que nos llevará a un resultado mejor o peor ¿que el campo de juego importa? ¡qué duda cabe! Ahora bien, si aceptamos el resultado, antes incluso de jugar el partido, en función del campo de juego en el que hemos caído… entonces estaremos mintiéndonos si nos decimos que ¡qué mala suerte la nuestra! seremos cómplices de nuestra derrota.
La vida no va de soñar a lo grande y estamparte después contra el muro de la realidad sino justo de lo contrario, de poner los pies en el suelo, en la realidad, y desde ese punto de partida trazar caminos hacia pastos más verdes, hacia sueños que se hacen al calor de los pasos que damos para convertirlos en realidad.
La pobreza no es excusa para el delito, tampoco la dificultad para encontrar el trabajo de nuestros sueños es la razón de nuestro fracaso; el victimismo en cambio sí es el ingrediente esencial del desastre porque el tiempo que dedicamos a lamernos las heridas que no tenemos es tiempo perdido, tiempo que podríamos dedicar a mejorar nuestra situación; y no, no hay justificación posible para el victimismo, nunca; claro que la cosa es todavía peor, hoy en día no hay justificación ni tan siquiera para señalarnos como víctimas ¿que lo tenemos difícil? Cierto, tan cierto como que otros lo tienen y lo han tenido mucho más difícil ¿nos parecen feos nuestros días? Pensemos en las generaciones que padecieron la I y la II Guerra Mundial, la Guerra Civil, la Postguerra… en los niños que dejaban la escuela en plena adolescencia para entrar a trabajar como aprendices porque sino en su casa no comían, en las niñas que no podían ni tan siquiera soñar con la universidad ni mucho menos con una carrera profesional porque para ellas estaba vedada, es más, pensemos en las mujeres que hoy mueren por llevar mal puesto un hiyab…
Y diría más ¿qué importan cuál feo o bello sea hoy el mundo? Más nos convendría dedicarnos a hacer que se pareciera más a un mundo bueno que lamentarnos porque no lo es; la vida es un bien preciado y único, un tesoro que se nos escapa entre los dedos de las manos porque tanto si la gozamos como si la sufrimos pasa… y pasa muy rápido por eso me atrevo a decir que si dedicamos tiempo a justificar el mal o el fracaso por las circunstancias estamos sellando nuestro destino, si no asumimos ni un ápice de responsabilidad sobre nuestro futuro estaremos condenándonos a ser víctimas pero no de las circunstancias sino de nuestra propia incapacidad.
Y por eso no son las circunstancias sino la educación, porque si somos incapaces de salir adelante en la vida no es tanto por cómo es o deja de ser el mundo sino porque carecemos de las herramientas necesarias para movernos por él, herramientas de las que sólo nos provee la buena educación… Cuanto más maleducados seamos peor será nuestro futuro, peor será el mundo.
Explicado de otro modo: cuando das de comer al hambriento solucionas sus circunstancias pero sigue inmerso en la pobreza y el hambre regresará pronto a su vida, en cambio si le ayudas a proveerse de comida (aquello de dar comida o enseñar a pescar…) lograrás que cambie sus circunstancias para siempre; la clave no está en las circunstancias, está en la educación. Siempre.
[…] todo acto malicioso como irremediable, como consecuencia de un mal mayor ajeno al ser humano: en según qué circunstancias todos seríamos violadores o ladrones; ese buenismo, tan igualitario él, tan ajeno a lo que la realidad demuestra como al libre […]
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