Lo que no dice el informe PISA.

El problema no es lo que dice el informe PISA, la dura realidad que alumbra ese informe no son más que las ramas del árbol, el verdadero problema, el que debe preocuparnos y del que debemos ocuparnos inmediatamente, está en la raíz del árbol o, mejor expresado, en la falta de un suelo fértil para que esa raíz crezca; dicho de otro modo, estamos creando una sociedad de bonsais, de pequeños arbolitos perfectamente diseñados que no pueden crecer y desarrollarse libremente porque no cuentan con un suelo en su raíz sino con una miserable maceta con la tierra y el abono justo para que el pequeño arbolito goce de una existencia limitada.

Pero dejémonos de metáforas y vayamos al lío:

Nuestros hijos no son árboles y por tanto no tienen raíces, cierto, pero tampoco son pájaros y en consecuencia no tienen alas, son mamíferos bípedos y racionales que necesitan un suelo bajo sus pies para caminar. Y esto no es algo que diga el informe PISA ni necesitamos informe PISA (ni deja de pisar) que nos lo diga, es algo evidente.

Lo que ya no es, tal vez, tan evidente, es cómo y cuándo se ha producido el terremoto que ha dejado a los niños y a los jóvenes sin suelo: ese momento fue el aprovechado por el político de turno, en connivencia con el pedagodo del momento y vaya usted a saber quien más, para meter a las criaturas en bonitas macetas y animarnos a criarlos como si fuesen bonsais.

Los niños de la posguerra sólo tenían suelo (suelo y hambre) y lo pisaron y cultivaron con fruición; esa generación que solo tenía suelo y que si no era analfabeta era porque había aprendido a leer, a escribir y las cuatro reglas en la escuela antes de arrimar el hombro en casa para poder comer, salió adelante y parió a la siguiente, una generación a la que muchos se refieren como ‘los escapados del arado’ porque aquellos niños de la postguerra que solo tenían suelo y hambre se empeñaron en que sus hijos no tuvieran hambre y tuvieran algo más que suelo: les dieron educación.

Aquella generación, hoy septuagenarios, fue la que empezó a alumbrar universitarios y la que emigró del campo a la ciudad; tenían suelo… pero no eran conscientes de ello o, dicho de otro modo, el suelo, como entidad sólida que los sostenía, no admitía discusión, se daba por hecho y del mismo modo que sus padres los habían llevado más lejos de lo que ellos habían podido llegar, trataron de hacer lo mismo con sus hijos y quisieron darles una mejor educación…

Calculo que fue entonces cuando el suelo empezó a temblar para asombro de todos, fue un terremoto suave que no tiró edificios ni provocó riadas ni millones de muertos pero resquebrajó el suelo y todos los edificios levantados sobre él sufrieron daños ¿fue entre finales de los 70 y principios de los 80? Calculo que sí…

De ahí en adelante, pasado el susto del temblor, la sociedad se puso de nuevo en marcha buscando soluciones para cada grieta, para cada edificio dañado y sin darse cuenta de que el problema estaba en que en muchas zonas ya no había suelo; se sucedieron las reformas educativas que no sólo han sido cada una peor que la anterior sino que se han aplicado a un edificio educativo con sus pilares muy dañados. Pero ahí seguimos…

Y llegamos a los nietos de los niños de la postguerra que somos hoy los padres que vemos a nuestros hijos estamparse en el informe PISA (o, como dice certeramente Berta González de Vega, nos estampamos nosotros porque tan inocentes no seremos).

¿Qué carajo está pasando? Nos preguntamos… y pocos se acuerdan del suelo porque hoy en día hablamos de ‘volar alto’, de ‘proteger a los niños’, de tolerancia, de solidaridad… y no de la importancia del saber y menos aún del insoslayable respeto al que sabe; a la autoridad, por supuesto, ni se la nombra, tampoco a la disciplina ni a los resultados (las notas) porque estigmatizan… Callamos, maquillamos o decoramos la realidad que es lo sólido y nos deleitamos con lo líquido y lo gaseoso pero los niños se ahogan en el agua y se pierden en el aire (no son peces, no son aves, son mamíferos bípedos que necesitan un suelo bajo sus pies).

No diré que el problema educativo somos los padres, sí que somos parte de él, sin duda, y me atrevo también a afirmar que somos los padres (no los profesores ni los políticos de turno) quienes podemos revertir este desastre ¿cómo? Haciendo lo que hizo la generación que sólo tenía suelo y hambre: dando a nuestros hijos un suelo que pisar, dándoles solidez frente a todo lo líquido y gaseoso que envuelve su generación ¿y eso cómo se hace? La respuesta a esta pregunta puede ser tan diversa y amplia como se quiera pero como en casi todo en esta vida hay unos básicos que son inexcusables:

CORTESÍA
Decía Antonio Escohotado que una sociedad es rica si tiene educación y por ‘educación’ no se refería a títulos universitarios, cursos de postgrados ni másters del universo, se refería a cosas tan sencillas y básicas, tan sólidas, como hacer buen uso del por favor y el gracias, de la disculpa, del buenos días, buenas tardes… a ceder el paso al abrir a una puerta o el asiento en el metro.

No sólo importa el fondo de las cosas, también las formas, es más, las formas resultan transformadoras, tanto que mantener unos mínimos de cortesía nos lleva al corazón de una sociedad educada, un corazón que no tiene que ver con la tolerancia, la solidaridad ni la sostenibilidad sino con el respeto (el respeto a los demás y el respeto a uno mismo).

RESPETO
¿Por qué hay que ser cortés? Porque la cortesía denota respeto y, si no demostramos ese respeto, no somos civilizados ni educados, somos bárbaros; respetar a los demás nos aleja de comportamientos asociados a cosas tan terribles como el bullying y lo hace además en una media que podríamos denominar justa ¿por qué? Porque respetar a los demás es aceptarlos tal y como son, no solo tolerarlos ni solidarizarnos con ellos, es colocarlos a nuestra altura en la escala moral, ni un escalón arriba ni abajo.

Respetar a los demás tal como son nos aleja del bullying, decíamos, pero también de otras actividades deleznables como los escraches o la manía de la cancelación porque no sólo respetamos a otras personas tal y como son sino también su libertad de ser y pensar distinto. Podemos discrepar, debatir y hasta discutir, defender con pasión aquello que pensamos pero no callar a quien piensa diferente.

SABER
El saber no ocupa lugar, se decía antiguamente… hoy en día se dice que para qué saber esto o aquello si ya nos lo dice Google ¿consecuencia? No sabemos nada, ni tan siquiera sabemos si lo que dice Google es verdad. Hablamos de habilidades, destrezas, competencias… pero no hablamos de conocimientos, de saber, es más, lo denigramos basándonos en un pragmatismo que no puede ser más falsario: para qué voy a estudiar historia si voy a ser ingeniero ¿de qué me sirve la literatura si voy a ser médico?

El problema de estos planteamientos es que tienen hechuras de verdad pero son esencialmente mentira ¿por qué? Porque las habilidades, destrezas y competencias no se pueden desarrollar sobre la nada sino sobre el saber, sobre el conocimiento; si el conocimiento es pobre las habilidades, destrezas y competencias también lo serán.

Sabemos que la adquisición de conocimiento tiene un precio: el esfuerzo; lo que estamos descubriendo hoy en día es el precio de no hacer ese esfuerzo: la ignorancia.

ESFUERZO
Hoy hablamos constantemente de todo aquello a lo que tenemos derecho, lo hacemos hasta el punto de crear derechos nuevos; de lo que no hablamos es de las obligaciones, según la moralidad actual (que es la woke) nacemos con derecho a todo y obligados a nada; es esfuerzo no tiene cabida en esa filosofía porque, dado que tenemos derecho a todo, no debemos trabajar por nada, sólo tomar lo que nos pertenece por derecho.

Estos planteamientos, llevados al ámbito educativo, hace que sea sobre el profesor sobre quien descanse nuestro derecho a aprender y ahí están los profesores esforzándose (o desesperándose…) para dar a los alumnos todo resumido, ejemplificado y perfectamente explicado para que sea suficiente con prestar un poco de atención en clase para salvar el examen.

La adquisición de conocimiento es imposible sin contar con el esfuerzo del alumno; en un aula hay dos actores: el que enseña y el que aprende y ambos tienen trabajo que hacer, si uno de los dos no lo hace (si el que enseña no enseña nada o si el que aprende no pone interés y esfuerzo en aprender) el fracaso está asegurado y el saber perdido.

Además denostar el esfuerzo tiene un componente adicional que no salta a la vista pero cuyas consecuencias son fatales: valoramos doblemente todo aquello que nos cuesta trabajo lograr y tenemos a valorar poco lo que nos viene dado, lo fácil, de modo que si no nos esforzamos por una parte conseguimos poco (nada que merezca la pena se consigue sin esfuerzo) y tendemos además a desprecia lo que obtenemos (porque ‘es gratis’) ¿consecuencia? Una profunda frustración…

AUTORIDAD
Y llegamos al hilo conductor de todo lo anterior: para recuperar la cortesía como muestra de respeto a los demás y a uno mismo; para aprender a valorar y respetar debidamente el saber y al que sabe de modo que también queramos saber y de modo que estemos dispuestos a esforzarnos a para aprender y llegar así a saber… necesitamos un suelo bajo nuestros pies, asideros reales, solidez, necesitamos que la autoridad forme parte de la ecuación educativa pero no autoridad entendida como ordeno y mando sino como guía: la autoridad de los padres y de los profesores.

Si los niños no respetan la autoridad de sus padres en casa y de los profesores en el aula (autoridad como respeto al que sabe) tampoco respetarán la autoridad del policía en la calle porque no entenderán que el policía ejerce esa autoridad con el único fin de protegernos de los malos, porque es el que sabe cómo hacerlo del mismo modo que es el profesor quien tiene el conocimiento en el aula y los padres en casa.

La autoridad es el hilo invisible que convierte a la cortesía, el respeto, el saber y el esfuerzo en valores sólidos, en el suelo bajo nuestros pies, es lo que nos convierte en una sociedad educada, en la sociedad que queremos ser porque la alternativa es peor: las sociedades educadas son sociedades ricas (no lo digo yo, lo dijo Escohotado, lo demuestra el hecho de que los países civilizados son los más prósperos para mayor número de sus ciudadanos), mientras que las sociedades peor educadas son sociedades más pobres y más bárbaras porque en un campo yermo las semillas no crecen, sólo las malas hierbas…

¿Conclusión? Si queremos darle la vuelta al informe PISA, más nos vale olvidarnos del sistema educativo, de los profesores, los ministros y consejeros de educación, de las pantallas, de las competencias y los pedagogos que las parieron… y volver a lo básico, a lo sólido, a lo esencial, a la esencia misma de la educación: a la cortesía y el respeto, al saber y al esfuerzo ¿cómo hacerlo? Recuperando la autoridad que, como padres y profesores, nunca debimos perder, la autoridad del que sabe algo y del que tiene una responsabilidad que cumplir.

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