Rubiales: no es el machismo, es la educación.

No sé si Luis Rubiales es machista o no lo es y la verdad es que no me importa; tampoco sé si es un machirulo de manual, un gañán de toda la vida, ambas cosas o ninguna de ellas; tampoco me importa demasiado; lo que sí sé es que, si es cierto lo que dice la RAE acerca de qué es un maleducado en su segunda acepción de esta palabra –descortés, irrespetuoso, incivil– Rubiales es un perfecto maleducado. Y no sólo por el beso impuesto a Jenni Hermoso, que también.

Rubiales se comportó de modo muy descortés en el palco durante la celebración de la final del Mundial Femenino de Fútbol; no puedes actuar como un hooligang en un palco donde no sólo te representas a ti mismo sino a la Federación de Fútbol de tu país y, si me apuran, a tu país entero, y Rubiales lo hizo; también se comportó de modo muy irrespetuoso con Jenni Hermoso imponiéndole un beso en los morros ¿a santo de qué? ¿desde cuándo para felicitar a un profesional por un éxito en su desempeño se le planta un beso en los morros? Que ella consintió, dice… me pregunto qué hubiera pasado de no haber consentido ella o si se hubiera revuelto cuando le agarró la cabeza o si le hubiera devuelto el beso a modo de mandoble estilo Hilda; no contento con su descortesía y su falta de respeto acometió también un tercer acto reprobable, llevó su hooliganismo a un hecho que podríamos tildar de absoluta falta de civismo: se agarró los huevos, literalmente, en el palco, junto a la Reina de España y la infanta Sofía entre otras autoridades.

Y, hecho todo esto, se ha dedicado a justificarse, a victimizarse, a disculparse poniendo siempre un pero tras la disculpa (ya saben, cuando se utiliza un pero, lo dicho antes del pero carece de importancia), dicho de otro modo, se está comportando como un niño mimado y consentido, es decir, acostumbrado a salirse con la suya (un maleducado según la primera acepción de la RAE para esta palabra). No sé si está aplicando el Manual de Resistencia de Pedro Sánchez pero bien pudiera ser que sí.

Veo ofendidas y ofendidos por doquier con Rubiales por no dimitir y lo cierto es que me sumo a su petición, un tipo que se comporta de modo tan maleducado y corona su comportamiento con disculpas que no son tal y justificaciones que ponen en entredicho a otros (todavía será culpa de Jenni Hermoso que le agarrara la cabeza y la plantara un beso en los morros) no es que no merezca presidir un organismo como la Federación de Fútbol, es que debería ser inhabilitado incluso para ser presidente de su comunidad de vecinos.

Ostentar un cargo público exige un mínimo de cortesía, respeto y civismo, va en el cargo, no se puede representar a otros de modo descortés, irrespetuoso e incivil pero no es por eso por lo que quieren fulminar a Rubiales, nos quedamos en el beso impuesto y creemos ahondar en ello e ir al meollo del asunto por hablar de machirulismo y de machismo pero nos equivocamos, la falta grave de Rubiales, la que exige una tarjeta roja indiscutible, es su comportamiento maleducado, un comportamiento que incluye el beso impuesto a Jenni Hermoso pero también su actitud hooligang en el palco y su tocamiento testicular.

Y lo más grave de toda esta historia es que no nos estamos dando cuenta de cuán maleducados podemos llegar a ser, ni de cuánta mala educación podemos llegar a tragar ni, lo que es peor, de cuánto podemos llegar a maleducar. Al hilo de esto último, permítanme una anécdota:

Hace pocos días pude hacer público por fin que el 1 de septiembre se publica el ensayo ‘Maleducados‘ y lo hice con cierto pudor porque la portada del libro, si bien me parece perfectamente adecuada para representar su contenido, no dejaba de parecerme un poco más transgresora de lo que suelo serlo yo, hasta que un par de adolescentes, al decirles en tono bromista ¡qué os parece como voy yo ahora por la vida! ¡sacando los cuernos y el dedo palabrota! me miraron como quien mira a un perro verde y respondieron a dúo ¡buáh! si eso ya no ofende a nadie…

Y desde entonces estoy a vueltas con eso de las ofensas porque ofender nos ofendemos como nunca pero no tengo muy claro a santo de qué y, curiosamente, empieza a preocuparme más lo que ha dejado de ofendernos que lo que nos ofende.

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