Vivir ofendido es un modo muy absurdo de vivir. Cuando vives sintiéndote ofendido, necesitas sentir las ráfagas de aire de la ofensa cada día, unas ráfagas que son a veces vientos huracanados que avivan tu ser y estar ofendido, que explican ese sentimiento tuyo de víctima ofendida frente a las olas de ofensa que no solo pasan a tu lado sino que amenazan con tirarte al suelo y borrarte del mapa. Pero tu eres fuerte, tú te mantienes firme ante los vientos ofensivos, tú luchas, tú eres un héroe… tú ya tienes un relato de vida y lo vives muy fuerte porque la ofensa se siente siempre muy fuerte.

Claro que de lo que no te das cuenta es de que estar permanentemente ofendido es como odiar, un sinsentido profundo y destructivo que al único que daña es a ti mismo; te sube a un pedestal de arena que parece elevarte muy alto porque a ti te han ofendido, a ti te han dado motivos para odiar porque te han ofendido, tú eres la víctima de un mundo capitalista y cruel… pero las ráfagas de vientos ofensivos, las ofensas lanzadas contra tu persona van adelgazando el púlpito de arena que te sostiene hasta que das con tus pies desnudos, cuando no con el cuerpo entero, en el suelo ¿y entonces? Entonces te sientes si cabe más ofendido, y cavas bajo tus pies hundiéndote cada vez más, siendo cada día menos tú y más una ofensa con patas.
Vivir ofendido es peor que un modo muy absurdo de vivir. Es vivir sin respetarse a uno mismo, es dejarse convertir en poco más que un ser lleno de amargura, una amargura que no nace de la ofensa sino del hábito de sentirse ofendido, un hábito feo y destructivo como pocos.
Es mucho mejor que las ofensas te lluevan por fuera, que caigan sobre ti como el agua y reverdezcan el suelo que pisas; no darse por ofendido es siempre una buena opción, al fin y al cabo no ofende quien quiere sino quien puede, no dejes que puedan… y si tienes la oportunidad y el arrojo para sacar los colores al ofensor, bien por ti, siempre que eso mitigue hasta convertir en nada tu sentimiento de ofendido.
Vivir ofendido es vivir muriendo, creyéndote víctima de un mundo al que cabe que le importes un comino, sintiéndote héroe por sufrir tan dolorosamente unos vientos que sientes huracanados y ofensivos sin que sean en ocasiones más que una suave brisa marina.
No te ofendas, sé libre.
‘No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente‘ decía Virginia Woolf, y decía bien; cuidate de quienes ponen el cerrojo de la ofensa a tu libre albedrío, de quienes te convierten en un permanente ofendidito que siente vivir en el peor de los mundos, no sea que acabes habitando en un infierno íntimo plagado de ofensas porque ese será, de verdad, el peor de los mundos.
[…] este paseo personal sobre lo que nos cuentan las 10 indomables con un grito adicional: ¡sed libres! sabiendo que ser libres es ser responsables primeras y últimas de vuestras acciones y decisiones, […]
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