Recuerdo cuando el feminismo era Emilia Pardo Bazán y Clara Campoamor, cuando era Virgina Woolf con su habitación propia… y cuando era yo misma a la gresca con mi madre porque mi hermano, que tenía dos años menos que yo, gozaba de más libertades y se le pedían menos cuentas en su adolescencia temprana que a mi en plena pubertad. Pero eso fue hace mucho tiempo, tanto que tenía yo entonces unos 16 años y he cumplido ya los 48.
También recuerdo el momento en el que empezó a escamarme el feminismo que había abrazado apasionadamente aquellos 16 años y con el que seguía felizmente coaligada a los 18, a los 20 y aún unos cuantos años más tarde. Fue cuando se empezó a hablar de sororidad… ¿Por qué? Porque la única batalla feminista que me tocó librar en primera persona fue la luché frente a mi madre ¿y me decían ahora que como ella también era mujer, chitón? Ah no. Por ahí no iba yo a pasar. Libertad es libertad y quien intente coartar la mía, me importaba (y me importa) poco si era hombre, mujer o del sexo o género que pueda o quiera ser, faltaría más.
Me parecía evidente que el feminismo estaba tomando partido de un modo incomprensible, que estaba siendo penetrado por una ideología de izquierda radical que lo que hacía era viciar la esencia misma del feminismo; cabe que hubiera un tiempo en el que esto fuera discutible, hoy no, hoy cuando se puede llamar pirada y asesina a Ayuso por ser de derechas sin que ni a una feminista se le mueva una ceja pero resulta ser machismo critiar alguna medida que defienda la izquierda, no.

Y eso que ya era eviendente es estos días dolorosamente visible aunque pocos periodistas lo señalen (por razones que solo ellos saben): las mismas mujeres que toman las calles cada 8 de marzo, que las tomaron incluso en 2019 ya con la pandemia en plena ebullición porque ‘el machismo mata más que el coronavirus’, esas mismas mujeres callan hoy y se esconden o, a lo sumo, critican desde la moderación que tanto gusta a Feijóo (salvo alguna honrosa excepción), y desde luego no toman las calles ahora que saben, porque ya lo saben, está ocurriendo, que con la ley del sí es sí se han reducido las penas a violadores y agresores sexuales, desde esa ley no sólo sale más barato agredir sexualmente a una mujer sino que, si has sido juzgado por ese delito, puedes pedir revisión de pena y ver reducida tu condena.
El día que descubramos que no hay partido político ni sindicato que nos represente por siempre jamás, el día que nos demos cuenta de que lo importante es defender nuestros intereses como ciudadanas libres y votar y actuar en nuestro beneficio y no en beneficio de un bien supuestamente mayor, vagamente descrito y que acaba con unos pocos estrenando chalet y muchos delincuentes viéndose beneficiados, ese día igual ya es tarde pero bien estará ser conscientes de que hemos vendido barata nuestra libertad.
[…] izquierda radical española, dícese que feminista, calla ante las agresiones a mujeres en Irán y ante la designación de una de las luchadoras […]
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