Dicen que las historias, como las reflexiones, es mejor empezarlas por el principio si lo que se busca es que se entiendan así que empezaré por ahí: ¿sabes lo que es el SOMA? Si no lo sabes o no lo recuerdas deja de leerme a mí y lee mejor a Huxley, Un Mundo Feliz es un libro de lectura obligada (junto a otros como Rebelión en la Granja y 1984 de Orwell o Farenheit 451 de Bradbury) para entender, al menos un poco, el mundo en que vivimos. Pero no quiero desviarme… por si todavía me sigues y has decidido quedarte: el SOMA del Mundo Feliz de Huxley era algo así como nuestro Prozac (entre otras cosas más… intangibles) pero más efectivo, más estupendo, era el hacedor de personas felices por excelencia. Y ahora que sabemos qué es el SOMA vamos a explicar a santo de qué hablo yo ahora de drogas duras…
La culpa no es mía, es de Juan Carlos Girauta, que ha escrito un ensayo disfrazado de carta a los jóvenes que me he animado a leer porque, aunque estoy ya fuera del selecto y juvenil club al que se dirige, formo parte de otro que tiene mucho que ver con lo que será ese club dentro de unos años: soy madre de un adolescente, una madre que, supongo que como todos los padres, trata de proveer a su hijo de las mejores herramientas para la vida así que ver de qué carecen hoy los de 18 o 20 años no deja de ser una pista clara para quienes tenemos en casa a uno de 14 años que pronto estará ahí…
Pues bien, se deduce de lo que dice Girauta en su ensayo que los jóvenes van hoy de SOMA hasta las cejas porque el SOMA de Huxley, si bien tiene los mismos efectos que nuestro Prozac (así, por resumirlo de modo simple) no es sólo nuestro Prozac, es el mundo de causas identitarias que nos abrazan y abrazamos y que calan muy especialmente en los más jóvenes (personalmente de eso tengo ciertas dudas, entre las gentes de mediana edad hacen también estragos… pero esa es otra historia y no quiero despistarme).
La cuestión que me trae hoy al blog es el hecho cierto, la realidad innegable de a veces el SOMA no basta; es verdad que ese punto de no retorno, el de pasar del SOMA porque te das cuenta de que no solo no basta sino que además no sirve, es diferente para cada persona pero ese punto de no retorno lo tenemos todos por una razón muy sencilla que explicó como nadie Hannah Harendt: puedes ignorar la realidad pero no las consecuencias de ignorar la realidad. Es verdad que puedes mentirte hasta el infinito y más allá… pero no siempre porque la realidad es testaruda.

Ahora bien, lo que es acongojante (acojonante también, sí) es el límite al que se cree que se puede llevar al mundo a base de SOMA (quinto párrafo y sí, voy a contaros qué pasa cuando el SOMA no basta):
Málaga. Junio 2018.
Diagnóstico: Diabetes tipo 1.
Y así, de un día al siguiente, qué digo, de un minuto al siguiente, tu hijo pasa de ser un niño sano y feliz sin más problemas que los de las matemáticas que, además, resuelve bien, a ser un enfermo crónico, a pedecer una enfermedad crónica grave y exigente en sus cuidados; una vez que el sistema inmune de una persona decide que las células beta del páncreas son el enemigo comienza a bajar su producción de insulina, de ahí pasamos a la administración de insulina sintética y llegamos al control de la glucemia y a la obsesión por mantenerte en rango por las terribles consecuencias que puede tener, tanto a corto como a medio plazo, no hacerlo.
Me reía yo cuando en su ensayo –Sentimentales, Ofendidos, Mediocres y Agresivos– el señor Girauta explica como de la corriente somatizante tan woke y tan en boga no se libran ni las matemáticas, me reía por no llorar porque lo cierto es que es incluso peor, no se libra ni la medicina con el efecto directo que eso tiene sobre nuestra salud… ¿Y por qué digo esto? Porque después de tenerte varios días en el hospital, de enseñarte a calcular dosis de insulina, de darte varias clases magistrales de nutrición para que aprendas a calcular las raciones de hidratos de carbono y relacionarlas con las dosis de insulina, de entregarte un kit que incluye un glucómetro para medir el nivel de glucosa en sangre unas 10 o 12 veces al día mínimo y una libreta en la que apuntar todas las glucemias (antes de comer, dos horas después de comer, a las 12 de la noche, a las 3 de la mañana…)… te dicen cosas como estas que a mi personalmente todavía me indignan:
– Recuerda, tu hijo no es diabético, tiene diabetes.
(Porque el lenguaje es esencial, siempre, para escribir relatos y hasta con la salud de los niños se escriben relatos).
El tamaño del despropósito de esa frase en ese momento se explica mejor así: imaginad a un niño de 10 años al que le dices que no pasa nada, que haga en el cole como sus compañeros, que no se preocupe, que él igual que los demás… eso después de decirle que: a media mañana se haga un control glucémico y darle un cuadro de qué hacer según el resultado de ese control; que se haga otro control glucémico antes de comer y se pinche la insulina correspondiente según otra tabla que va después del cuadro anterior; que dos horas después de comer se haga otro control y, en función del resultado, que se ponga más insulina, coma algo o no haga nada; que si va a hacer deporte se haga un control antes y si está por debajo de 100 coma algo antes de empezar y si está por encima de 200 ni se menee; que si se encuentra mal se haga un control y si se encuentra muy mal, ante la duda, tome algo de glucosa… Pero, oye, normal eh! como todos…
– Y no te preocupes. Ser diabético hoy no es como antes. No pasa nada. El niño va a hacer una vida completamente normal.
(Este punto exige un poquito más de explicación: es verdad que un niño diabético hace lo mismo que todos los niños pero no es verdad, es rigurosamente falso, que lo haga del mismo modo).
Llegados a este punto tienes dos opciones: tragarte el SOMA a cucharadas, convencerte de que todo va a ir bien porque tu niño lo vale y que Dios reparta suerte o plantarte, pasar del SOMA y buscar la realidad, la verdad, aprender de diabetes tipo 1 todo lo que se pueda aprender y lograr así no sólo gestionarla razonablemente bien sino, lo que es también muy importante, enseñar a tu hijo, el paciente, el que va a vivir su vida con diabetes, a hacerlo.
Pero que pases del SOMA jode. Y entonces resulta que te obsesionas, que te tienes que relajar, que no hay que agobiarse, que no es para tanto, que no-sé-quién lleva no-sé-cuántos años con diabetes y míralo que bien… que le des al SOMA, no seas boba… Y entonces zás! una hipoglucemia grave, un nuevo ingreso hospitalario y una realidad que no hay SOMA que borre del mapa.
No. No es que a veces el SOMA no baste. Es que el SOMA es una mierda, lo que ocurre es que no lo ves hasta que llegas al punto en el que a ti ya no te basta, entonces miras a los que van de SOMA hasta las cejas y te preguntas cómo carajo pudiste vivir así, pero el caso es que podías, pudiste hasta que no fue suficiente, hasta que la realidad se hizo incontestable y hasta que tuviste la lucidez suficiente para decidir que ni SOMA ni Prozac ni gaitas, que la vida se mueve siempre en el ámbito de lo posible y que salirte de ahí para algo que no sea soñar despierto un rato, que también está bien, es un error y acaba por ser un horror.
Afortunadamente, aunque es verdad que el SOMA nos lo sirven a cucharadas y sin receta y que pasar de la dosis te convierte en el imbécil que no le pega una calada al porro a los 16 a la puerta de la discoteca juvenil, no es menos cierto que cada vez somos más quienes llegamos a ese punto en el que el SOMA no basta y cuando, en el ámbito sanitario te encuentras con alguien así, alguien que no te dice que no pasa nada y todo va a ir bien, que el miedo es de cobardes y que a vivir sino que te dice ‘date un año, tienes que darte un año, si en un año no te sientes ya, casi, como antes del diagnóstico, entonces hablamos de otras opciones pero tienes que darte un año…’ ¡coño! ¡alguien que te dice que es normal que tengas miedo, que la realidad te supere, que sientas que no eres capaz de gestionar la insulina, la glucemia, los hidratos… que es más que normal que estés triste y hasta deprimida, que te des tiempo, que te centres en lo que está en tu mano y dejes que lo demás vaya fluyendo… y que lo hagas sin SOMA porque no te hace falta, es más, te despista, hace que no te centres en lo que sí puedes y debes controlar… Alguien lúcido, alguien cuerdo… Ocurre. Y es una bendición.
Pues sí, queridos, yo también creo que vivimos en una sociedad que va de SOMA hasta las cejas y también creo que eso es un drama, ahora bien, centrémonos en lo que está en nuestras manos, no en lo que flota a nuestro alrededor y lejos de nuestro control ¿cómo hacerlo? Cambiando el SOMA por los libros porque sólo ahí, en las lecturas, encontraremos las herramientas necesarias para la vida, sólo amueblándonos la cabeza seremos capaces de afrontar la realidad de nuestra vida sin necesidad de SOMAs ahorrándonos así las consecuencias de ignorar la realidad, esas que son siempre ineludibles.
¿Qué leer? No voy a responder aquí a eso… pero quienes me seguís sabéis que lo hago de cuando en cuando aquí.
Me despido, eso sí, con un aviso a navegantes: la razón última por la que los jóvenes a los que se dirige el ensayo de Girauta están tan despistados, puestos de SOMA o abrazados a pequeñas causas que les parecen enormes y entre las que no ven contradicción alguna aunque sean tan irreconciliabres como el islam y el feminismo, está en la educación, tanto la que reciben en casa como en la escuela y en esa educación, en toda ella, faltan lecturas, faltan libros, dicho de otro modo, haciendo de la lectura un hábito en la vida de vuestros hijos estaréis alejándolos sin con placer y sin dolor de las drogas duras, del SOMA… (no de las consecuencias de no tomarlo, claro, que son variopintas pero esa… esa es otra historia en la que no voy a entrar hoy, es más, no voy a entrar porque seguro que te lees el SOMA de Girauta (Sentimentales, Ofendidos, Mediocres y Agresivos) y ya te lo cuenta él.
–
PD. Si vais a comentarme ahora que mi artículo cogea porque los niños con diabetes hoy llevan sensores de glucosa e incluso bomba de insulina… ahorraos el esfuerzo, mi hijo tiene ambas cosas y por supuesto representan una mejora frente al tratamiento de múltiples dosis con pluma y sin sensor pero también sé lo que pasa cuando el sensor falla, cuando el cateter se dobla, cuando el reservorio de insulina se llena de burbujas… bla, bla, bla… ¿La mejor actitud? La que tuvo mi hijo dos o tres años después de su diagnóstico: mamá, si quisiera ir a la excursión para esquiar (4 días con el cole a Andorra) ¿qué tendría que saber para ir? Ya sé que ahora mismo no podría porque no controlo los hidratos y no me despierto por la noche aunque suenen siete alarmas pero ¿qué tendría que saber? Y no me lo adornes, dímelo como es. Esa es la actitud, calma y realidad, tener siempre presente que se puede hacer lo mismo que todo el mundo, por supuesto, pero no del mismo modo que todo el mundo.

[…] ponen el cerrojo de la ofensa a tu libre albedrío, de quienes te convierten en un permanente ofendidito que siente vivir en el peor de los mundos, no sea que acabes habitando en un infierno íntimo […]
Me gustaMe gusta
[…] al infinito y más allá porque nos parecía una broma cuando Juan Carlos Girauta en su libro Sentimentales, Ofendidos, Mediocres y Agresivos nos hablaba de que en determinados ambientes se estaba hablando ya del aborto post-parto y nos […]
Me gustaMe gusta