Cuba y lo increíble.

Estuve en Cuba por casualidad. Fue en septiembre del año 2004. Y nadie podrá negar a mis ojos lo que vieron ni a mis oídos lo que oyeron y escucharon. Podrán mentir a placer y engañar a los ciegos que no quieren ver pero la realidad permanecerá impasible, inmune a sus mentiras y relatos.

Estuve en Cuba por casualidad, decía… y es que no estaba entre mis destinos más deseados pero algo debe tener Centroamérica porque ya he acabado allí dos veces sin querer: la primera vez en julio de 1997, cuando terminé la carrera y llegó el momento del gran viaje, yo voté por una gran ruta europea pero fueron mayoría los que votaron Caribe y acabamos pasando una semana en la República Dominicana. Recuerdo muy bien aquel viaje y no solo porque fuera divertido, cálido y sugerente, que lo fue, sino porque un día de infausto recuerdo nos quedamos primero pegados a la televisión y después sentados en la playa sin rezar ni llorar, simplemente absortos, incapaces de reaccionar a algo que no acabábamos de creer: habían secuestrado a Miguel Ángel Blanco y amenazaban con pegarle un tiro en la nuca en dos días. Todos sabíamos que lo harían si Dios no obraba un milagro y la Guardia Civil daba antes con él. Lo mataron.

Tal vez fuera por eso, porque ya había estado en el Caribe en una ocasión sin querer, que cuando mi aun no marido y yo elegíamos viaje de luna de miel ni por la cabeza se me pasaba Centroamérica; pensábamos en Europa, en Italia especialmente, pero al final nos pudo el ansia y el hecho de pensar que Italia, al fin y al cabo, está aquí al lado y podíamos ir en cualquier momento (cosa cierta, he estado dos veces desde entonces…) y, pensando en viajes más lejanos, Australia era demasiado lejos (y demasiado caro), Asia a mi todavía no marido no le hacía ni pizca de gracia salvo que hablásemos de Japón y Japón se iba de presupuesto… ¿México? Cancún y la Riviera Maya ¿por qué no? Y ahí es donde entra la chica de la agencia de viajes y nos ofrece un paquete de lo mas sugerente: tres días en La Habana y luego una semana en la Riviera Maya… Y acabé yo, otra vez, en Centroamérica. Europa no debe ser lo mío porque, a poco que lo pienso, ando siempre por sus bordes (España, Italia, Portugal, Inglaterra… no acabo de aventurarme al centro). Pero no quería yo hablar hoy de viajes sino de un lugar, un lugar en el que he estado, de Cuba.

Aterrizamos en Cuba después del largo vuelo transoceánico y nos subimos al autobús para ir al hotel; ese traslado fue impactante por la pobreza que se veía desde las ventanillas, recuerdo a mi marido diciendo por lo bajo ¿pero esto qué es? y me recuerdo a mi tratando de aligerar su inquietud y la mía diciendo que aquello serían los suburbios, que todas las ciudades tenían los suyos. Llegamos al hotel (que no era el hotel de cinco estrellas en el que se aloja la flotilla comunista pero sí uno con mucha historia, el más modesto de los Meliá de la capital cubana, el Tryp Habana Libre) y salimos a dar nuestro primer paseo por la ciudad.

Haber disfrutado de un mojito en la la Bodeguita del Medio, del encanto de la plaza de la Catedral, del paseo por el malecón y las inevitables fotos en la plaza de la Revolución o en el Capitolio además de buscar la casa, entonces hotel, en la que había vivido Hemingway, no me cegó ni me dejó sorda: vi perfectamente la pobreza en las calles, los edificios amenazando derribo, los exiguos escaparates de las pocas tiendas, los niños y los no tan niños merodeando en los alrededores de los hoteles… incluso nos paró un joven, con uniforme militar, para recomendarme no llevar el bolso en la mano sino colgármelo porque, aunque ellos cuidaban de que los turistas no sufrieran ningún percance, todo era posible… Tan posible era que yo no llevaba en el pequeño bolso más que unos clínex y poco más pero me abstuve de decírselo al tipo, me limité a agradecerle el consejo.

Al día siguiente teníamos nuestra visita guida para visitar una fábrica de ron y otra de puros, para que un guía local nos acompañara en un paseo y nos contara cosas interesantes. Y vaya si lo hizo. Lamento no recordar su nombre, sí recuerdo que era una mujer joven pero no una niña (rondaría los 30, como yo entonces) y recuerdo también que tenía muchas ganas de hablar, de contarnos cómo se vivía en Cuba (si estábamos dispuestos a escucharla… y nosotros lo estábamos).

De todo lo que nos contó hubo algo que no he olvidado porque solo lo conocía en parte y la parte de la historia que no conocía me pareció casi dantesca: nos contó que las viviendas se caían a pedazos porque nadie las arreglaba y que nadie las arreglaba porque, si tienes menos de lo que necesitas para vivir ¿a quién se le ocurriría gastar nada en una vivienda que ni siquiera es tuya?. Esa era la parte que conocíamos… pero nos contó, además, que las viviendas eran de los hombres (del padre de familia) y que si el padre de familia moría la mujer y los niños se quedaban sin casa. Recuerdo haber buscado información al respecto a mi vuelta del viaje y no encontrar gran cosa pero recuerdo a aquella mujer contándomelo…

Y recuerdo los autobuses cubanos (para cubanos) que no eran autobuses, eran un camión con un trailer en el que te recomendaban no subir… (camellos, se llamaban).

Fueron tres días recorriendo La Habana en un viaje para dos perfectamente organizado pero solo un ciego que no quiere ver se hubiera quedado con la pátina de lo caribeño, bello, dulce, espirituoso, colonial y divertido que te cuentan y muestran, solo un ciego voluntario y un sordo por decisión propia aplicaría un filtro a sus sentidos para negar lo evidente, lo que saltaba entonces a la vista y lo hace más hoy de apagón en apagón… un ciego, un sordo… o un mentiroso.

A cuenta de la flotilla rumbo a Cuba me acordaba yo, como se acordó también Cristina Losada, de los viajes que hicieron a la URSS gentes como HG Wells o Bernard Shaw entre otros intelectuales occidentales atraídos por el socialismo y el comunismo para que sirvieran de coartada a sus desmanes y mentiras, Shaw lo hizo a lo grande aunque en su descargo hay que decir que a él lo engañaron (no salió de casa con intención de engañar como sí ha hecho Iglesias en su flotilla cubana) y HG Wells, que fue varias veces por falta de una, acabó desengañándose porque, aun estando dispuesto a comulgar con el socialismo y el comunismo como el creyente comulga en Misa los domingos, no era sordo, ciego ni mudo… ni estaba dispuesto a mentir vilmente como lo están hoy otros.

Lo increíble de Cuba es que no caigan tsunamis de vergüenza sobre quienes se atreven a visitarla con el afán de blanquear a un régimen que ha arruinado el país y a todos y cada uno de sus habitantes salvo a los que calzan las botas bajo las que oprimen al resto.

Tres días en La Habana no te hacen experto en asuntos cubanos (ni en nada) pero, creedme, de esos tres días te sobran dos y medio para entender por qué el comunismo no funciona, por qué Cuba es un estado fallido y por qué la libertad es la madre de la prosperidad. Lo demás es ruina, dictadura, mentira, hipocresía… maldad.

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