La cara oculta de la igualdad.

La igualdad así promulgada, sin complementos de ninguna clase, tiene una cara oculta como la tiene la luna; no la vemos y podemos actuar como si no existiera (ojos que no ven…) pero, dado que existe, no podremos escapar de sus consecuencias, no se puede huir de ese monstruo que es y habita en la cara oculta de la igualdad porque es real y es verdad.

Hay dos vectores que por una parte han actuado como auténticos constructores de y en la cara oculta de la igualdad y por la otra han atravesado a la sociedad entera porque son, de facto, transversales y, aunque se presentan como transformadores y progresistas, demuestran ser otra cosa: me refiero al feminismo posmoderno y a la educación pedagogista, posmoderna, ideologizada… o como quieran llamarla (hasta russoniana me vale), ambos en relación directa con la igualdad así promulgada, sin complementos de ninguna clase.

Feminismo e igualdad

La igualdad era el reclamo de un feminismo que quería que las mujeres tuvieran los mismos derechos que los hombres; el ejemplo más claro es el de las sufragistas que pedían el derecho al voto para las mujeres; que ahí el grito fuera ‘¡igualdad!’ no suponía la creación de cara oculta alguna porque se gritaba igualdad frente a una desigualdad de derechos, lo que se pedía era igualdad de derechos. Ahora bien, esa igualdad de derechos se obtuvo y el grito no cambió. Y es comprensible que así fuera porque las sociedades no se transforman a golpe de ley, los usos y costumbres no cambian porque se imponga desde arriba sino a través de nuevos usos y costumbres que necesitan su tiempo y su educación para sustituir a los viejos porque se construyen desde abajo; cuando se obtuvo, país a país (en Occidente) la igualdad legal, la desigualdad entre hombres y mujeres persistía.

Pero el tiempo pasó y la realidad fue cambiando, cambió tanto que la mujer se incorporó al mundo laboral obteniendo así la independencia económica necesaria para alcanzar su emancipación real. Y seguíamos gritando igualdad. Y seguía teniendo cierto sentido porque las estructuras sociales, empresariales, políticas… son resistentes al cambio y tener derecho a acceder a ellas e independencia económica no bastaba. Pero ahí, sin darnos apenas cuenta, empezamos a crear la cara oculta de la igualdad, empezamos a alimentar al monstruo.

Y es que obviamos algo que es a todas luces evidente: no somos iguales, los hombres y las mujeres no somos iguales. Y no es cuestión de machismo, es cuestión de biología y realidad. Obviamos la realidad, la obviamos hasta límites insospechados a través de una ideología de género que permeó en el feminismo hasta deconstruirlo y levantar en su lugar un feminismo posmoderno que ha demostrado ser un arma de destrucción masiva en las sociedades occidentales. Un arma que, curiosa y lamentablemente, ha hecho más daño a las mujeres que dice defender que a los propios hombres contra los que lucha y eso es una traición al propio feminismo porque el feminismo no nació contra los hombres sino contra la desigualdad, por eso el feminismo clásico no acepta el burka, el niqab ni el velo que somete a las mujeres como sí hace el feminismo posmoderno.

Los hombres bajaron la voz y el tono, unos antes y otros después, algunos nunca; algunos incluso eran plenamente conscientes de que ellos, a la hora de atacar el mercado laboral, lo tenían más fácil dado que hacían lo que se esperaba de ellos, las mujeres en cambio estaban rompiendo el molde en el que habían nacido; la sociedad evolucionó, las mujeres se abrieron camino y empezaron a ocupar posiciones de poder… y seguimos gritando igualdad. Y pasamos por encima de las que no querían esas posiciones, no querían ser ingenieras, no querían vivir con la maleta en la puerta, no querían abrir y cerrar la oficina por mucho que ésta estuviera en la torre Picasso, querían tener hijos, familia, una vida diferente a la que el feminismo posmoderno les exigía aspirar.

La igualdad ya tenía entonces mucho de entelequia pero, ideología de género mediante, el grito seguía siendo igualdad porque se convenció a las mujeres de que podían ser la mujer libre, económicamente independiente, empoderada y directiva que querían ser y también la madre que tuvieron. Fue la época de postergar la maternidad, de las superwoman, del desprecio a las marujas (hoy charos, mañana vaya usted a saber…), un tiempo para hablar de conciliación y no hacer nada o de promulgar leyes que no servían de nada porque, si las usabas, tu futuro profesional se diluía como un azucarillo en el café.

Llegó el momento en el que la realidad y la cara oculta de la igualdad se hacían presentes ¿y quién lo sufría más que nadie? Las mujeres que descubrían que no se puede estar en misa y replicando ni llegar a todo, que la maternidad tiene sus tiempos y que si bien la ciencia permite alargarlos, los milagros son en Lourdes y Fátima, no en la república independiente de la casa de cada uno; ¿y entonces qué? Entonces, en un alarde de irrealidad digno de registro patológico, el feminismo posmoderno ahondó más en el desastre que había creado llevando la ideología de género hasta cotas nunca antes vistas: pasarán a la historia de la infamia los hombres que quisieron ser campeonas del mundo en diferentes disciplinas deportivas y eso no deja de ser la anécdota, la realidad se vivía en cada casa cuando una pareja decía estar embarazada pero la biología se empeñaba en que la embarazada fuera ella y a la que le subía la leche al pecho después del parto fuera a ella… y de nuevo las leyes contra la biología: bajas de paternidad y maternidad iguales, como si el parto no fuese nada, como si la lactancia no fuese nada… como si la maternidad y la paternidad fuesen lo mismo ¿consecuencia? Quienes tienen problemas para decir qué es una mujer los tienen también para decir qué es la paternidad. Todo es lo mismo, todo es igual. Nada. Y, además, cuando hablamos de conciliación, a quienes gritan igualdad se les olvida que la maternidad y la paternidad no engendran derechos para los padres sino obligaciones felizmente aceptadas, el derecho a la crianza y educación es del niño.

La igualdad mal entendida, la que obvia la realidad de las diferencias existentes entre hombres y mujeres, ha creado más problemas de los que ha resuelto y ha impedido, además, que hombres y mujeres nos ocupásemos de resolver los nuevos problemas que sí son reales y cuya solución es más cultural y educativa que legal: la igualdad de derechos no se negocia, la emancipación de la mujer no se negocia, que seamos tan dueñas y señoras de nuestra vida y nuestras decisiones como lo son los hombres no se negocia, la igualdad de oportunidades (educación) no se negocia… la biología tampoco se negocia. Y que las sociedades prosperan generación a generación tampoco se negocia, los hijos lo son de sus padres y los son también de la sociedad en la que nacen, son el futuro, la prosperidad que viene o debería venir. Y resulta que a día de hoy, cuando las primeras mujeres que se incorporaron al mundo laboral están ya jubiladas sino preguntándonos desde el más allá ¡¿qué carajo estáis haciendo?!, el problema esencial sigue sin resolverse, le llamamos conciliación… pero creo que a estas alturas aceptar esta nomenclatura es un error, creo que el problema ya es más hondo, es de respeto a que cada mujer tome sus propias decisiones, no las que le vengan dadas por nada ni por nadie que no sea ella misma. Y no quiero decir con esto que la cuestión sea solo nuestra, de las mujeres, pero creo que de algún modo nos hemos pasado de frenada o no hemos llegado y lo que ha ocurrido es que han cambiado las manos que mecen la cuna de la sociedad y siguen sin ser las nuestras: antes (décadas sino un siglo atrás) nuestro destino estaba escrito y ahora… ahora el feminismo posmoderno quiere ser quien lo escriba (un feminismo que por mucho que pretenda tener cara de mujer (Montero, Belarra, Calvo…) la tiene de hombre (Iglesias, Sánchez, ¡Ábalos! que era feminista porque era socialista…)). ¿De verdad queremos vivir siempre tuteladas? ¿De verdad queremos ser ‘iguales’ a los hombres? Me imagino a Woolf o Pardo Bazán diciendo ‘no era eso’… No, no lo era. Lo que ellas querían es ser libres, que las mujeres fueran libres pero no libres de sí mismas y su biología sino libres de cualquier tutela.

Educación e igualdad

En la educación reglada hemos aplicado el empeño igualitario por encima de nuestras posibilidades ¿cómo? buscando la igualdad de resultados en lugar de la igualdad de oportunidades previa, igualitarismo puro: tenemos como objetivo que aprueben todos, que pasen de curso todos… y a muchos padres les parece bien; cuando el objetivo es que aprueben todos basta bajar el nivel hasta el del último de la clase para que ese objetivo se cumpla y eso es, explicado con brocha gorda, lo que se ha venido haciendo e incluso ahora, cuando es evidente para todo el que quiera verlo, que la bajada de nivel solo ha servido para crear mayores brechas de conocimiento y acelerar la pérdida de talento, seguimos en ello: quienes tienen quien les lea y les incite y anime a estudiar van por muy por delante de quienes se limitan a aprobar unos exámenes carentes de nivel y más aún de los que se niegan a estudiar sea el nivel de exigencia el que sea.

La igualdad, en términos de educación reglada, consistía en que todos tenían el derecho y la obligación de asistir a la escuela, en que todos tuvieran sus libros de texto y el material necesario y, a partir de ahí con la guía, enseñanza y exigencia del profesor por una parte y su inteligencia y esfuerzo por la otra, los niños fueran avanzando; así se trabaja la igualdad de oportunidades (que no consiste en recortar oportunidades por arriba sino en crearlas por abajo, en aligerar las dificultades que afrontan los que menos tienen para puedan desarrollarse por encima de sus circunstancias); pero no estamos en eso, estamos en que el niño no repita curso para que esté con sus amigos, con elegir colegio en función de las instalaciones y de las excursiones trimestrales, con que los niños sean libres, aprendan por ósmosis y sin esfuerzo, hablen inglés y sean estudiantes digitales… ¿estoy siendo demasiado dura? Tal vez (esto es solo un post… en Maleducados me explayé y contextualicé, espero, mejor).

El igualitarismo ha destrozado la educación reglada y eso significa que ha roto el ascensor social ¿quiénes son los más perjudicados? Los de siempre, los que tendrán que afrontar más tramos de escaleras para llegar donde antes se llegaba en ascensor, sí, el igualitarismo daña más a aquellos que ha usado como excusa para justificar su existencia: bajan el nivel para que no te quedes atrás y así te condenan a quedarte atrás para siempre (y no solo tú, también tus hijos) porque la escuela no dará a tus hijos las oportunidades que tú no puedes darles sino que quienes más tienen (y no hablo solo en términos económicos sino también culturales) podrán escapar de esa escuela fallida y asegurar el futuro de los suyos. La caída de la educación a los pies del caballo igualitarista es la auténtica brecha social que viene.

Pero, aunque esa brecha ya está haciéndose notar, aunque son muchos los que están hablando del elefante en la habitación, son todavía más los que prefieren hacer como que no lo ven y esperan que desaparezca por arte de magia. No lo hará. Mientras no entendamos la importancia de la educación Primaria y Secundaria y tengamos claros cuáles son los objetivos reales que debe alcanzar (más comprensión lectora y más matemáticas y menos competencias y juegos…) no se sentarán bases sólidas que vuelvan a poner en marcha el ascensor social, esa labor, la de dar a sus hijos la oportunidad de progresar, quedará única y exclusivamente en manos de los padres, unos padres a los que el gobierno les está diciendo que sus hijos no son suyos (deben ser del viento…).

Y, como sucede siempre, quienes salen perdiendo son los que nacen con unas circunstancias más adversas: los padres somos los responsables de la educación de nuestros hijos y con un sistema educativo quebrado nuestra labor será más ardua pero para quienes no cuenten con unos padres lúcidos y decididos en lo que a su educación se refiere, las dificultades se multiplicarán. Tengo para mi que los padres lo saben, lo sabemos, y por eso sacan (sacamos) los pies del tiesto en algunas ocasiones y nos metemos en la escuela cual elefante en cacharrería tratando de dar con la tecla que arregle el ascensor social… es un error, la escuela es el terreno del profesor, no del padre… pero esa inquietud de los padres no deja de ser buena señal, quizá habría que hablar más, y organizar más, escuelas de padres… (pero esa es otra historia).

Educación y feminismo

Hay un aspecto respecto al feminismo posmoderno y la escuela contemporánea que merece epígrafe propio por el modo en que ambos confluyen alrededor del concepto de igualdad y en la escuela.

Leemos regularmente artículos que nos hablan de la falta de vocaciones STEM entre las niñas, tanto es así que se ha creado un día de la niña en la ciencia y esto se ha convertido en una lucha feminista más pero lo cierto es que esto viene sucediendo desde que la educación es obligatoria para todos y todas…

Hace unos 30 o 40 años se consideraba que si había pocas niñas en estudios de ingeniería era en parte porque elegían profesiones que se relacionaban directa, indirecta o tangencialmente con la maternidad que más pronto que tarde afrontarían o por cierta resistencia al cambio en la mentalidad de una sociedad que se resistía a aceptar a la mujer en según qué posiciones sino también en según que ámbitos de trabajo; pero resulta que hoy, cuando la ideología dominante en la profesión docente y en las leyes docentes es la que promulga la izquierda feminista e igualitarista, seguimos dándonos de bruces con la misma realidad, que las niñas no quieren ser ingenieras y no solo no entendemos por qué sino que nos empeñamos en hacer de ello un problema; supongo que, en aras de la dichosa igualdad, queremos ir al 50% en todo, como si fuésemos de verdad iguales y, lo que es peor, como si la decisión individual no importara ¿por qué tienen que ser ingenieras si no quieren? ¡dejad a las niñas en paz! La gran victoria es que hagan lo que les de la gana, no lo que le de la gana a los ingenieros sociales.

Al hilo de ese querer influir en los niños y en las niñas hay algo más que merece nuestra atención: el feminismo posmoderno ha tomado la escuela por asalto tanto a través de los docentes como de los libros de texto y más aun a través de las diferentes charlas y días de la mujer y la niña en la ciencia; estos días se publican noticias acerca del hecho de que cada vez los jóvenes son menos feministas pero ¿cómo van a serlo si, siendo todavía niños y adolescentes, se han visto tratados como violadores en potencia por quienes enarbolan las banderas feministas? Eso así, a simple vista, pero hay más… ¿cómo van a ser feministas si el feminismo vive empeñado en incrementar el número de ingenieras y muestra preocupación cero (cero, nada, nula o ninguna) por el ratio de abandono escolar de los chicos, que es superior al de las chicas? Lo que no vio venir el feminismo posmoderno es que los jóvenes (ellos y ellas) iban a acabar por darse cuenta de que han convertido el feminismo en una herramienta política de confrontación social, no de progreso y transformación social.

El daño que ha hecho, y hace, la ideologización de la educación es inmenso, el que causan los que confunden educar con adoctrinar, los que se niegan a trabajar por la evolución social a través de la educación y abrazan la ingeniería social, los soñadores del sé lo quieras ser… El daño que todos estos hacen en mentes a medio formar, en jóvenes influenciables, en quienes además no han sido dotados con herramientas suficientes ni suficientemente útiles para la creación de pensamiento crítico… es inmenso.

¿Y ahora qué?

Desde la infancia, en el colegio y en casa, hasta la vida adulta hemos permitido que permee una idea tergiversada, falsa y absurda de la igualdad, hemos convertido la igualdad en un valor tan incuestionable como irrenunciable olvidando algo tan obvio y tan sencillo de ver y entender como que no somos iguales, no hay dos seres humanos iguales; decía Solzhenitsyn que ‘los seres humanos nacen con diferentes capacidades. Si son libres, no son iguales. Y si son iguales, no son libres‘.

Hacemos creer a nuestros hijos que son todos iguales y, cuando la realidad les cae a plomo y se revuelven contra la mentira apostamos más fuerte:

Si no son feministas les decimos que el problema es suyo, que son machistas y fascistas (y lo hacemos después de ver jactándose de ser feministas a hombres de este porte: un putero, el yerno del dueño de una red de saunas y prostíbulos, el que soñaba con azotar hasta sangrar a una mujer, el que se fue a Cuba porque aquí se le acusaba de abuso de menores, el que dimitió acusado de agresión sexual y admitió, parcialmente, los hechos asegurando que era culpa del neoliberalismo… ¿sigo?). El feminismo posmoderno ha destruido el feminismo.

Si son estudiantes mediocres sino malos justificamos sus resultados porque son niños, tienen que ser felices… y si no leen nos justificamos a nosotros mismos diciendo que tienen otros intereses, que son otra generación… como si el saber no importara, como si no se aprendiera leyendo; los otros aprueban porque son muy listos o porque sus padres son unos tiranos que exigen a sus hijos resultados (no deben querer que sus hijos sean felices…).

Si tienen una vida laboral paupérrima y no pueden acceder a una vivienda les decimos que la culpa es de los ricos, de los tecnoligarcas y de la extrema derecha… pero sobre todo de los ricos, les explicamos que ellos son pobres porque otros son ricos y que la clave está en el reparto de la riqueza ajena en lugar de en la creación de riqueza propia, es más, les decimos que no pueden crear su propia riqueza, que son obreros, que son pobres, que siempre lo han sido, que la clase media nunca existió…

Seguimos así avanzando por un terreno que es terriblemente pantanoso porque su base es una gran mentira, la mentira de la igualdad,la igualdad no existe, ni siquiera son los padres… ¡y menos mal! Sí, menos mal, si fuésemos iguales el mundo sería un hormiguero en el que lo mismo importa una obrera que la otra, es decir, nada, en cambio la desigualdad (a la que para que no suene feo llaman diversidad) es una suerte de motor social porque hay algo que solemos olvidar cuando hablamos de igualdad: la élite que destruye:

Las sociedades no evolucionan a velocidad constante sino que lo hacen a golpes, movidas por grandes y pequeños descubrimientos que resultan ser transformadores y quienes paren esos avances demuestran no ser iguales a los demás: Einstein no era como los demás, Banting tampoco, Shakespeare no era como los demás como no lo era ¡qué se yo! Steve Jobs ni lo es el doctor Barbacid ni lo será el investigador que de con la cura del cáncer o de la diabetes tipo 1; los tipos brillantes, que pueden serlo desde la escuela o no, son los que mueven el mundo y lo hacen mejor para todos, tratar de igualarnos a ellos es como querer que todos seamos campeones olímpicos y querer igualarlos a ellos a los demás es un despropósito mayúsculo que hace le mundo peor para todos.

No somos iguales, la mayor parte somos mediocres (y ni ahí somos iguales, cada uno es mediocre a su manera) y necesitamos la excelencia y a los excelentes que la crean para mejorar la vida de todos.

Solemos entender con cierta facilidad que la libertad de cada ser humano termina donde empieza la del otro pero nos cuesta más poner límites a la igualdad hasta el punto que pensamos que nuestra ignorancia vale tanto como el saber del otro, acabaremos teniendo que hacer loas de la desigualdad por lo mal que entendemos la igualdad…

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