Conquistas civilizatorias: lo que no debemos perder.

Occidente se ha construido a base de conquistas, sí, pero no de conquistas militares, que también, sino de conquistas civilizatorias. Empecemos por el principio: ¿qué es la civilización?

Dice la RAE en su primera acepción que es un conjunto de costumbres, saberes y artes propio de una sociedad humana; y dice también, ya en su segunda acepción, que es un estadio de progreso material, social, cultural y político propio de las sociedades más avanzadas; para que no quepan dudas el propio diccionario de la RAE plantea tanto barbarie como incultura como antónimos de civilización y progreso, adelanto y perfección como sinónimos. Además, para completar más si cabe el cuadro, detalla que civilización, como acción y efecto de civilizar, es también sinónimo de culturización, educación, instrucción, enseñanza e ilustración.

Bastaría el párrafo anterior para concluir que lo que no debemos perder es la civilización misma, ahora bien, civilización, aun ante la definición de la RAE, es un término muy genérico que lo mismo aplica a la civilización occidental que a cualquier otra, por eso conviene que seamos conscientes de las conquistas civilizatorias occidentales, que son al fin y al cabo las nuestras, las que nos competen, y para ello hay que viajar en el tiempo, hasta el origen mismo de la civilización occidental: Grecia, Roma y Jerusalén.

Los romanos se erigieron como conquistadores y a la vez herederos de Grecia porque no destruyeron la civilización griega sino que se fueron construyendo a sí mismos sobre ella y fueron además expandiéndose y expandiendo su civilización en el mundo entonces conocido: la belleza y el pensamiento griego no solo sobrevivieron a Roma sino que formaron parte de Roma, del mismo modo que el derecho y la pax romana no solo sobrevivieron al cristianismo sino que formaron parte de las sociedades cristianas (de las católicas en particular), por eso el origen de occidente es Grecia, Roma y Jerusalén (el dios de Israel); renunciar a las conquistas civilizatorias de occidente es entonces renunciar a la belleza y la filosofía griegas, al derecho y a la pax romana y no solo a la fe sino a las costumbres y tradiciones que engarzan sociedad y religión.

Concretemos un poco más: la igualdad ante la ley de todos los seres humanos es una conquista civilizatoria occidental que ha costado siglos y vidas alcanzar y sí, estamos jugando a perderla: la discriminación positiva mina esta conquista; el enaltecimiento de la belleza y el pensamiento, del saber, son también conquistas civilizatorias occidetales (lo que no exime a otras civilizaciones de haberlas alcanzado también) y también estamos jugando a perderlas: la enaltecimiento de lo feo como arma revolucionaria o muestra de rebeldía es más bárbaro que civilizado y desprecio de la lectura es una puñalada mortal al saber porque del mismo modo que el estudio y la lectura civilizan, la falta de estudio y lectura barbarizan y es que en la medida en que la razón decae la emoción se eleva, tiende a aglutinar a la sociedad y hacerla mucho más susceptible de someterse a los designios de unos pocos (incluso de uno solo); y la Pax Romana, con todas las barbaridades que se quieran señalar de los romanos, es una conquista civilizatoria que, en aras de un derecho internacional imaginario, también estamos perdiendo: ¿en qué consistió la Pax Romana y por qué fue y es valiosa? ¿y por qué digo que el derecho internacional es imaginario? Respondo primero a lo segundo porque es sencillo: el derecho internacional no es más que la Pax Romana con nuevos ropajes ¿o acaso pensamos que en una ONU donde hay países con derecho de veto no impera la ley del más fuerte o poderoso?.

La Pax Romana fue un periodo de paz que duró dos siglos, una paz que tuvo consecuencias: a falta de guerras y tensión social hubo prosperidad económica en los territorios del imperio, una prosperidad económica sostenida por la estabilidad política y social conseguida a través de la difusión cultural de Roma (se impusieron las leyes y cultura romana que se fusionaron con la cultura local), había orden y por tanto había paz social y desarrollo económico y florecimiento cultural; de aquella Pax Romana, con sus luces y sus sombras, heredamos la certeza de que es la existencia de leyes y el acuerdo social de respetarlas lo nos da paz y que es la paz lo que nos da las oportunidades necesarias para alcanzar la prosperidad económica y cultural; ¿podríamos decir que desde el fin de la II Guerra Mundial y hasta ahora Occidente ha vivido una suerte de Pax Romana? Con alguna que otra excepción (me viene la antigua Yugoslavia a la cabeza) podríamos decir que sí y, como sucedió al final de la Pax Romana, no la perderemos solo por presiones externas (la invasión de Ucrania por parte de Rusia o la extracción de Maduro por parte de Estados Unidos) sino también por tensiones internas, basta un ejemplo: en España tenemos a toda la izquierda y a parte de la derecha convencidas de que ‘nos conviene que haya tensión’ (no lo digo yo, lo dijo Iñaki Gabilondo y lo confirmó Zapatero dándole la razón) y tenemos a nuestros propios bárbaros dentro (¿qué es el terrorismo o la defensa de la utilización del terrorismo, ya sea de alta o baja intensidad, más que barbarie?). Un detalle más que no debemos olvidar: cuando la barbarie se impone por la fuerza nadie duda acerca de lo que es pero cuando la barbarie se impone por las urnas (o a través de presión social no violenta o con violencia de baja intensidad) tendemos a olvidarlo hasta que, cuando las urnas ya no refrendan al bárbaro, este muestra su verdadero rostro y se mantiene en el poder por la fuerza. Pues bien, que el bárbaro se imponga de un modo aparentemente civilizado no lo hace a él civilizado, lo que desvela es la debilidad de la estructura legal que ha permitido el alzamiento del bárbaro y la caída de lo civilizado).

No quiero caer en falsas dicotomías como quienes contraponen a la falsa leyenda negra una no menos falsa leyenda rosa porque la civilización o se construye sobre la realidad y sobre el reconocimiento de la realidad o no es tal (es relato, mentira, propaganda…), lo que quiero es señalar algo que solemos olvidar: los seres humanos somos imperfectos y por lo tanto nuestras creaciones tienden también a la imperfección, ahora bien, que seamos imperfectos no significa que no podamos tratar de mejorar, es más, es precisamente ese camino de mejora y perfeccionamiento de uno mismo (que aplica tanto a la sociedad como a los individuos que la conforman) el que engrandece nuestra civilización, la hace cada vez mejor mientras que los impulsos destructivos que alientan la confrontación, el desencanto, la rebelión… nos llevan a la destrucción de la paz y la pérdida de prosperidad.

¿Significa esto que nunca hay que recurrir a las armas? Desgraciadamente no. No estás en guerra cuando quieres, lo estás si te la declaran, la legítima defensa en ocasiones tiene que alzarse en armas, ahora bien, eso no es ni mucho menos lo óptimo, lo óptimo es contar con una estructura legal que impida en la medida de lo posible que sea necesario alzarse en armas incluso en legítima defensa; una estructura legal que proteja a quienes la respetan de quienes no lo hacen respetando siempre la presunción de inocencia porque, de no hacerlo, se abren puertas traseras que debilitan esa estructura legal cuyo fin único es protegernos. Cuando politizamos la justicia estamos también ¡y de qué manera! destruyendo una conquista civilizatoria, cuando la clave a la hora de juzgar un delito es más quien lo comete (y me da igual si quien lo comete es un hombre, una mujer, un inmigrante legal o uno ilegal) y no el delito en sí, estamos siendo más bárbaros que civilizados.

Una reflexión más: tengo para mi que lo que nos hace a veces perder la perspectiva en cuanto a la importancia de conservar las conquistas civilizatorias es que olvidamos que lo que la civilización occidental defiende es la libertad y la libertad no está exenta nunca de responsabilidad; es legítimo que un ser humano busque más la seguridad que la libertad pero si hacemos que el sistema entero busque por nosotros esa seguridad corremos el riesgo de que lo haga limitando nuestra libertad, basta recordar el tiempo de la pandemia, basta pensar en la ley de violencia de género (los hombres son culpables de antemano por el hecho cierto de que la mayoría de los maltratadores son hombres y no solo consideramos a los inocentes que caen por el camino como un mal menor (eso si nos dignamos a reconocer su existencia) sino que abrimos la puerta al uso bastardo de la ley).

Escribí en su día un artículo alrededor de esta idea: ¡es la educación, idiotas! Y no cambio ni una coma… pero creo que acabaré escribiendo uno alrededor de esta idea: ¡es la libertad, idiotas! dicho ese idiotas con todo cariño y respeto (porque a las personas hay que respetarlas, no necesariamente a sus ideas o a lo que defienden, pero sí y siempre su dignidad personal porque esa otra de las conquistas civilizatorias a conservar).

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