De la muerte de los barrios y qué será de la familia.

A veces leo tweets… y es que, tras 15 años en la red social X antes Twitter, he acabado por seguir a un nutrido grupo de gentes lúcidas que crece regularmente y que me da siempre algo en qué pensar; en esas estaba el domingo, echando un ojo a la mencionada red social mientras cocía las verduras para hacer un puré de ellas mismas y preparaba la fuente de pescado para meterla en el horno a su debido tiempo; todo ello sabiendo que diciembre es una fiesta y que con un diabético tipo 1 en casa no puede una dejarse llevar por la locura de turrones, polvorones, panettones y galletas de jengibre así que también me puse a hacer rosquillas de manzana y canela y bizcochitos de naranja y chocolate sin azúcar ni harinas refinadas… (No, no se me quemó ni se me pasó nada salvo la mañana en la cocina, claro).

Ya estoy divagando y contándoos mi vida cosa que, lógicamente y con muy buen criterio por vuestra parte, os importa un carajo. Voy al lío.

Que entre corta, pela, bate, sofríe, cuece… estaba yo leyendo tweets, os decía, y entre esos tweets aparece uno de Javier Recuenco que es en realidad un retweet de otro de Mihura, aquí os lo dejo porque tiene miga:

Lo leí de principio a fin, primero en diagonal y luego con más atención y recordé a mi abuela, la recordé por varias y variopintas razones pero sobre todo la recordé por un consejo que me dio a destiempo, sabiendo que hablaba a destiempo pero temiendo no estar aquí cuando llegara el momento (como de hecho sucedió). Os pongo en antecedentes: tendría yo unos 20 años o poco más, estaba en la Universidad haciendo planes grandilocuentes para el futuro, planes que giraban todos alrededor de lo que quería hacer más que alrededor de lo que quería ser: tener un trabajo estupendo, viajar como si no hubiera un mañana, irme a vivir a una gran ciudad, hablar inglés por los codos y francés por las muñecas…

Y entones me dice mi abuela (la parafraseo, claro, pero fue algo tal que así): «atiende una cosa, Berta, ya sé que esto ahora no te interesa pero escucha, acuérdate de esto que te digo: si dentro de unos años conoces a un chico y os entendéis, tenéis hijos… y tú crees que lo que tienes que hacer es atenderlos, no te importe lo que diga nadie, tú haz lo que pienses que tienes que hacer, lo que estás aprendiendo ahora eso es tuyo para siempre, no te lo quita nadie…«.

Mi abuela era de mucho conversar y debatir pero aquel día, cuando vio mi cara encenderse un como árbol de Navidad, no quiso ni escuchar mis quejas y exabruptos, dijo algún muy bien o algo así, y me dejó con mi indignación a solas, que diría el clásico, insistiendo solo en que no olvidara eso que me había dicho. Y no lo olvidé. Y cuando fui madre me reí mirando de reojo al cielo y diciéndole a mi abuela: vale, sí, lo entiendo, ahora lo entiendo pero…

¿Y por qué os cuento esto al hilo del tweet de Mihura sobre los barrios, la mujer emancipada y la familia recortada? Porque, como bien explica ese tweet, el lío viene de mucho tiempo atrás: es verdad que de aquel consejo de mi abuela yo me he quedado con dos cosas: por una parte el respeto al saber y por otra parte la autonomía para tomar decisiones propias más allá de lo que el mundo pueda opinar al respecto; pero que esas dos cuestiones, que son para mi esenciales e incuestionables (que le pregunten sino a mi hijo…), no me hacen olvidar lo mollar del asunto.

Lo que mi abuela me estaba diciendo es que estudiara, que aprendiera, que supiera… pero que si tenía hijos me dedicara en cuerpo y alma a ellos, que renunciara a todo lo pecuniario que ese estudio, aprendizaje y saber pudiera darme y que lo dedicara a mis hijos; no lo decía porque fuera una facha redomada (que os veo venir…), era de hecho todo lo contrario, sino porque era muy consciente de las cosas de la biología y del mismo modo que para ella sus hijos fueron lo más importante de su vida, y del mismo modo que vio como para sus hijos los suyos fueron lo más importante… sabía que, llegado el caso, para mi mis hijos serían también lo más importante y lo que quiso decirme entonces es que estaba bien, que no me preocupara si el mundo no lo entendía, si me llamaban Maruja (un término despectivo tan en boga entonces como hoy Charo) o lo que fuera, que hiciera lo que pensara que debía hacer.

La cuestión es que a las mujeres de mi generación, la Generación X (los nacidos, año arriba año abajo, en los 70) nos dejaron en medio, como a un jueves cualquiera: por una parte tuvimos las mismas oportunidades que nuestros compañeros chicos y disfrutamos además de que nuestras hermanas mayores e incluso nuestras madres en algunos casos ya habían abierto caminos en el mundo laboral; siempre digo que lo tuvimos fácil… hasta que llegó la realidad de la que habla Mihura y descubrimos que no teníamos respuestas, y lo peor es que las preguntas siguen ahí, sin responder: ¿cómo carajo se conjuga una sociedad en la que hombres y mujeres trabajan fuera con hogares siempre abiertos y atendidos, con hijos que juegan en el parque, se ponen enfermos, tienen dificultades para aprender a leer, vacunas que ponerse…?.

Las respuestas a esa pregunta han sido de lo más hilarante:¿recordáis a las superwoman? Eso éramos, súper mujeres que podíamos trabajar fuera al mismo nivel que los hombres y mantener nuestros hogares como antes lo hicieran nuestras madres o nuestras abuelas… Después la realidad fue demostrando que eso era una quimera, una utopía y empezamos a poner parches: que si los abuelos ayudaban en la crianza de los hijos, que si venía una chica a planchar los martes y a limpiar los jueves… y por supuesto teníamos un hijo, a lo sumo dos (si los teníamos), no daba la vida para mas porque, además, al hijo o hijos en cuestión había que mandarlos a inglés y a informática, a un deporte o incluso dos, a hacer un curso de la ESO o 1º de Bachillerato al extranjero… vamos, que ni en tiempo ni en euros nos daba la vida para nada más que para tirar del carro.

¡Menos mal que la compra se puede hacer por internet! ¡Bendito Amazon! ¡Bendito Mercadona con sus bandejas y sus platos preparados! Y así fueron muriendo los barrios, claro, porque cuando llegábamos al barrio después del trabajo y de la fiesta de extraescolares ya casi estábamos fuera del horario comercial. Así pasamos de la época de la súper woman a la de ¡eh! ¡tú! que esto es entre dos…

Cada cual se organizó ahí como pudo y quiso, yo me reduje la jornada pero no dejé de trabajar, asumí que durante unos años mi vida iba a consistir en mantenerme viva en el mundo laboral (aunque ya con una etiqueta puesta, y es que cuando te reducías la jornada pasabas a tener un ‘trabajo de maruja’, dicho por un directivo de una multinacional…) y los pañales, las fiebres, las risas, los purés, los llantos, los juegos, los cuentos… Y mi marido tres cuartas de lo mismo pero él sin reducción de jornada así que ‘aseguramos’ su trabajo en lo posible y si había que hacer malabares, cogerse días o revisar el convenio a ver a qué tenías derecho o no lo hacía yo (no lo lamentaba entonces ni lo lamento hoy, hice lo que pensaba que debía hacer y me importó un bledo lo que Irene Montero tuviera que decir al respecto con su App reparte tareas, para ocuparme de la cocina, porque me gusta comer rico y detesto planchar, y que mi marido se ocupara de la lavadora porque detesta cocinar no necesité al ministerio de igualdad).

La cuestión es que hice lo que quise dentro de lo que pude y como yo todas y todos… pero la realidad es que fuimos protagonistas de un cambio social que abría interrogantes por doquier que siguen esperando respuesta porque los barrios no han cambiado por nada, han cambiado porque ha cambiado la familia, porque hemos cambiado las personas y, dado que en el balance de ganancias y pérdidas que sucede a todo cambio hay asuntos que causan honda preocupación como el descenso del número de hijos (¿no podemos? ¿no queremos?) y el incremento de los problemas de salud mental por poner un par de ejemplos, igual va siendo hora de pensar en responder preguntas incómodas.

Ahora bien, tengo para mi que para hincarle el diente de verdad a este sindios hay que mirar atrás y entender el pecado original de las sociedades occidentales a la hora de propiciar el cambio social que supuso la emancipación de la mujer: había tras las razones que provocaron esa emancipación motivaciones nobles como el derecho de las mujeres a ser dueñas y señoras de su propia vida (a ser libres y tomar sus propias decisiones) y también otras que no eran más que huidas hacia delante: ninguna mujer en su sano juicio quería ser ‘maruja’. ¿Y a santo de qué se despreciaba a la mujer que sostenía a la familia de semejante manera? Ese desprecio, opino, es el pecado original del que parte la sociedad occidental actual y las mujeres no somos inocentes porque cuando nos lanzamos a la conquista del mundo profesional compitiendo en buena lid con los hombres, tratamos el trabajo del hogar con el mismo desprecio que ellos; ese es el pecado, el desprecio del papel de la mujer a lo largo y ancho de la historia (del papel que jugó, no solo de ella como protagonista de tal role).

El desprecio del papel de la mujer se sustentaba en la poca importancia que tenían las tareas que realizaba, al fin y al cabo la casa puede estar más o menos limpia, se vive igual; la comida puede estar más o menos rica, nutre igual; se puede ayudar o no a los niños con los deberes, para eso está el cole… Y además podemos pagar a una señora que limpie la casa, a una canguro que recoja a los niños del cole… Pero sucede por una parte que igual no podemos pagarlo y, por la otra que, aunque lo paguemos, resulta que no es igual ¿no es igual? No ¿por qué? Porque hemos despreciado el papel de la mujer y, curiosamente, quien menos hizo tal cosa fue un hombre de lo más conservador (¡retrógrado!!) llamado G.K. Chesterton; Chesterton no quería que las mujeres salieran del hogar y no, no era porque quisiera atarlas a la pata de la cama, sino porque las consideraba insustituibles en ese papel:

«¿Cómo puede ser una carrera importante enseñar a los niños la regla de tres y una carrera mezquina enseñar a los hijos el universo? ¿Cómo puede ser amplio resultar lo mismo para todos y ser estrecho resultar todo para alguien? No, la función de una mujer es laboriosa porque es gigantesca no porque sea minuciosa. Compadeceré a la señora Jones por la gran envergadura de su tarea, nunca la compadeceré por su pequeñez«.

Así hablaba Chesterton en su ensayo ‘Lo que está mal en el mundo‘ acerca de la mujer como ama de casa y madre; más allá de que discrepemos de Chesterton (yo lo hago a veces jurando por lo bajo en el arameo que no hablo) resulta de lo más revelador descubrir las razones que lo llevaban a pensar que la emancipación de la mujer era un error: este ilustre conservador inglés pensaba que la mujer era insustituible como madre y como hacedora de hogares y familias y pensaba también que ese papel suponía un trabajo inmenso y era de una importancia superlativa.

Bien, discrepemos de Chesterton en cuanto a que el sexo, más allá de lo biológico, defina nuestra desarrollo vital, abracemos la emancipación de la mujer como lo que fue, el derecho de la mujer a ser dueña de su vida pero quedémonos con lo que, lúcidamente, Chesterton supo ver: que el role de la mujer en el hogar era de una importancia mayúscula, algo que no podemos permitirnos despreciar, algo que no solo hemos de apreciar sino enaltecer y valorar, algo que no podemos reducir a un mero reparto de tareas o a una subcontratación de servicios.

¿Tantas décadas, más de un siglo ya, de feminismo para que tengamos que asumir ahora, en 2025, que ni tan siquiera nosotras entendimos la importancia del papel de las que nos precedieron? Así estamos, me temo… y no me malinterpretéis que os leo venir: discrepo de Chesterton como la que más (y con más rabia porque hay aspectos de su filosofía en los que este sabio inglés me parece precisamente eso, un sabio, y por eso me revuelve más por dentro el modo en que quería mantener a la mujer sosteniendo la sociedad y estando, a la vez, fuera de ella); pero que la certeza en cuanto a la importancia del papel de la mujer en el mundo llevara a Chesterton por caminos que no queremos recorrer no puede llevarnos a obviar la verdad: que eran las mujeres las que sostenían el mundo aunque fueran los hombres quienes escribían los libros de historia.

La subsanación de ese pecado original, el indebido desprecio al papel de la mujer a lo largo de la historia, un desprecio ondeado tanto por hombres como por mujeres, puede ser un buen punto de partida para empezar a pensarnos como seres humanos y si combinamos eso con el reconocimiento de nuestra biología (el deseo de perpetuarnos, es decir, de ser padres y ocuparnos de la crianza de nuestros hijos sabiendo que quien gesta, pare y amamanta es la mujer y que ahí no hay igualdad que valga) tendríamos, opino, un buen punto de partida para mirar hacia la sociedad que somos y pensar la sociedad que queremos ser.

Y no, no se trata de cruzarnos de brazos y esperar que desde los think tank de turno (o, lo que es peor, desde el gobierno…) hagan ese trabajo, creo que ese pensarnos como seres humanos, como sociedad, es algo que nos compete a todos, dicho de otro modo, no se trata de que nos lluevan las soluciones desde arriba sino de que las construyamos desde abajo con nuestras decisiones y acciones: no permitamos que cerebros ideologizados y pagados de sí mismos nos digan lo que tenemos que hacer y pensar, hagamos en cambio lo que pensemos que tenemos que hacer, a ver qué pasa…

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