No somos borregos, somos avestruces.

Suele hablarse de la masa como de un rebaño de borregos pastoreados a placer por los políticos de turno y por los que no están de turno pero tengo para mi que, con el camino hacia ninguna parte que han emprendido buena parte de los pastores, el rebaño está demostrando ser mucho más, y mucho peor, que un puñado de mansas ovejas: cada día que pasa más lobos abandonan su piel de cordero e incitan a apretar las filas y vivir con un cuchillo entre los dientes pero, aun siendo eso malo, no es el mayor peligro (radicales ha habido siempre, con más o menos fieles a su alrededor, pero siempre han estado presentes), el peligro mayúsculo es el número creciente de borregos que, al verse trasquilados, se desvelan como auténticas avestruces: no son borregos que van o vienen a donde les manden, no son como las vacas que miran al tren sabiendo que ni va ni viene por ellas, son avestruces que ven y sienten el peligro… y deciden esconder la cabeza bajo el ala o bajo tierra con la vana esperanza de que lleguen tiempos mejores por arte de magia o mandato divino.

Las avestruces humanas son de lo más curioso, tienen todas ellas en común una sensibilidad notable para detectar el peligro que acecha y también la certeza de que ellas, ni solas ni acompañadas, ni en grupo, rebaño, manada ni bandada, pueden hacer nada para conjurar ese peligro: lo único que diferencia a unas de otras es que algunas optan por amoldarse a los tiempos revueltos, meten la cabeza bajo el ala y se dicen que cualquier otra alternativa sería peor que el huracán que se acerca, mientras que otras no llegan a pensar qué podría ser peor ni mejor, meten la cabeza bajo tierra buscando así una protección mayor que la que ofrecen sus plumas como si enterrar pico y ojos fuera suficiente, como si el cuerpo fuese contingente.

Lo que tienen en común borregos y avestruces es la falta de coraje y lucidez, la alergia a la libertad propia y ajena, el rechazo frontal a cualquier responsabilidad sobre su destino y hasta sobre su propia vida… que para eso tienen ellos y ellas pastores elegidos incluso democráticamente.

A ese modo de pensar tan colectivista (ya sea en su versión comunista o socialista e incluso en su versión socialdemócrata y hasta, si me apuran, conservadora), tan ajeno a lo liberal (entendiendo la libertad como algo indisolublemente unido a la responsabilidad), se añade además una carencia o limitación humana propia especialmente de los que más carecen de coraje, es decir, de los más borregos y más avestruces, y es la incapacidad de reconocerse errados; son victimistas (se sienten víctimas tanto en la medida que lo son como más allá de ella) e incapaces de ponerse frente al espejo y decirse: ‘borreguito de mi vida, avestruz de mis amores, la has cagado…‘; los unos siguen pensando que llegará la Navidad y el Ramadán y no los pasarán a cuchillo y las otras siguen esperando a ser capaces de volar alto; y antes de asumirse parte del menú y aves que no vuelan se desvelarán como lobos con piel de cordero para defender lo indefendible, para jugar a vivir en una realidad inexistente, para insistir en culpar a lo divino, a lo humano y siempre a la ultraderecha o al comunismo de lo que quiera que pueda sucederles.

Pero la realidad está siempre al fondo, siempre presente, siempre recordándonos que mientras no tengamos el coraje de poner límites al poder tanto si viene de nuestros pastores como de los otros, seremos carne de mesa de Navidad o Ramadán y aves ponedoras de jaula y gallinero.

¿Y todo ello, más allá de por la falta de coraje, por qué? Porque nos han convencido, nos hemos dejado convencer, de que la realidad no es como es sino que puede ser como queramos que sea, de que la verdad es nuestra verdad, no la verdad, de que el mundo es simple y sencillo, nada complejo: están los buenos que son los nuestros y los malos que son los otros; todo lo que venga de los nuestros, que son los buenos, es bien o es un mal necesario y todo lo que venga de los otros es mal aunque sea gloria bendita.

Y todavía hay quien habla de estos tiempos como los del individualismo exacerbado ¡qué gran error! ¡qué poca y qué mala vista! ¿Individualismo exagerado entre quien? ¿Entre las jóvenes con la melena larga y lacia peinada con la raya al medio? ¿entre los jóvenes con la mata de pelo a modo de flequillo? No, no hay individualismo alguno en la sociedad actual, hay un colectivismo a veces disimulado y a veces descarado, que nos convierte en rebaño, ya sea rebaño de ovejas o de avestruces, pero rebaño, un gran grupo de ejemplares iguales o parecidos en el que, al no cultivarse las virtudes del individuo, éstas no pueden materializarse. No hay coraje, no hay valentía, hay excusas.

Y yo me pregunto: para el rato que vamos a estar aquí… ¿de verdad vale la pena faltarse tanto al respeto, arrastrarse tanto? Y entonces recuerdo lo poco dispuestos que estamos a asumir lo efímero de la vida y lo entiendo… Es la educación, queridos, lo que nos está fallando es la educación y no solo la estatal, también la social y hasta la familiar, no es que seamos maleducados, que lo somos, es que estamos encantados de serlo como buen rebaño, como buenas ovejas, como buenas avestruces, como buenos lobos con piel de cordero y también, por supuesto, como buenos, despreciables y rastreros pastores.

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