¿Sabéis cuál es la herramienta más poderosa de la que dispone el ser humano? No, no es la IA como tampoco lo fue Internet ni la máquina de vapor, la herramienta más poderosa de la que disponemos es el lenguaje y lo es porque, para empezar, sin ella no tenemos acceso a ninguna otra… Pensad por un momento en cómo aprendemos y en cuán limitado sería nuestro aprendizaje sin lenguaje, limitado por la imitación y la copia.
El poder del lenguaje es tal que sirve incluso para crear trampas magníficas en las que caemos sin darnos cuenta, en las que chapoteamos felices cual gorrinos en los charcos sin darnos cuenta de que estamos hundiéndonos en una ciénaga de mierda. Ejemplos hay a puñados a la largo y ancho de la historia pero no voy a mandaros a leer la cosa de la propaganda de Goebbles, voy a poneros un ejemplo mucho más cercano aun sabiendo que, como hablo de un charco en el que estamos chapoteando en la actualidad, no será fácil hacer su digestión.
El consenso es el bien y el disenso es el mal, además, para que no quepa duda al respecto, consenso y diálogo para consensunar lo que fuera o fuese, son palabras (que no ideas, palabras) que repiten cual loros programados para tal fin los que son superiores moralmente a los demás porque así lo dicen ellos y disenso es el nombre que han elegido los temibles ultraderechistas de VOX, así llamados incluso por líderes conservadores, para su fundación.
Pues bien, ese estado de cosas no es que sea una trampa, es que es un conjunto de trampas.
En primer lugar asociar el consenso al bien y el disenso al mal no solo es una falacia sino que es además una simplificación tramposa porque al consenso se llegará, digo yo, desde el disenso, no hay nada que consensuar entre quienes piensan lo mismo, vienen consensuados de casa.
Además, si bien es verdad que más nos valdría saber distinguir el bien del mal (y no, no sabemos), no es menos cierto que simplificarlo todo hasta que encaje a la fuerza en esas dos categorías es un error mayúsculo, es una trampa para necios y estúpidos, los problemas complejos se resuelven o no, si se simplifican lo que se está haciendo es esconderlos bajo la alfombra.
Ya van dos trampas y hay más ¿por qué el consenso es el bien y el disenso es el mal? ¿Tal vez porque el consenso es cómodo? Es como deglutir papilla pseudointelectual: te dicen de modo sencillo lo que hay que pensar, lo que es un consenso nacional sino mundial, añaden que lo que esté fuera de ese consenso es el mal y tú verás donde te colocas. Pero la cuestión es ¿quién define lo que está dentro o fuera del consenso?
Hubo un tiempo en el que los consensos eran acuerdos de carácter social comúnmente aceptados: en los 90 todos teníamos claro que ETA era el mal, que el terrorismo era el mal y que los que estaban fuera de ese consenso eran los malos. No fue un consenso impuesto por nadie sino elegido por la mayoría (sirvan de ejemplo las manifestaciones de manos blancas tras el vil asesinato de Miguel Ángel Blanco). Pero ahora las cosas pintan diferente ¿quién decide hoy los consensos? Y lo que es más importante ¿cómo se deciden? No se trata de acuerdos transversales comúnmente aceptados por la sociedad, no, se trata de acuerdos diseñados y dirigidos a alcanzar y sostener el poder, nada más: hubo consenso para meter a la ETA en las instituciones del estado porque el PSOE necesitaba su apoyo y se amplió el consenso a Junts, un partido que hasta la tarde anterior al 23 j era extrema derecha nacionalista, por la misma razón. En realidad no son consensos sino intereses creados y recreados.
Si el consenso es una trampa cuando se usa en beneficio propio no menos lo es el disenso cuando se usa exactamente el mismo modo; resulta inevitable asocial el disenso al mal porque, a poco que se le conceda el beneficio de la duda, el disenso desmontará los falsos consensos ¿suena a trabalengua? No lo es: disentir es debatir, es contraponer opiniones y decisiones, es analizar y conversar sobre ellas y ese ejercicio desnuda la realidad de un modo casi impúdico, hace evidente, para todo aquel que no se haga pasar por ciego, cuándo los consensos son reales (nos gusten o no) y cuándo son meras herramientas en favor y beneficio del poder.
La trampa final y perfecta de esta manipulación de los conceptos consenso y disenso es la más evidente: la simplificación, porque marca el camino a seguir, un camino en el que se levanta un muro (no lo digo yo, lo dijo el presidente del gobierno en sede parlamentaria) y todo lo consensuado a un lado del muro es el bien mientras lo demás es el mal… Te sirve esa dicotomía tan simple como falsa para desayunar, comer, merendar y cenar en todos los medios públicos y subvencionados y tú verás donde te colocas.
Y caemos en la trampa, estamos tan confusos (por no decir otra cosa) que caemos en la trampa y o bien nos ponemos en un lado del muro respondiendo a la llamada de los sectarios como si aceptásemos su declaración de guerra o nos asqueamos lo suficiente como para mirar a otro lado y convertirnos en los silentes cómplices necesarios.
Propongo empezar por dejarnos de simplificaciones, el bien y el mal son ideas y conceptos morales, lo humano no siempre se ciñe al 100% a uno de esos conceptos, a veces no son conjuntos disjuntos sino que interseccionan; eso así, para empezar. Y en segundo lugar propongo disentir a placer, sí, disentir para consensuar o para no consensuar pero no disentir de cualquier manera sino de la única manera posible: respetando SIEMPRE a todos y en particular a los que piensan diferente y respetando las ideas defendidas solo cuando lo merezcan y nunca cuando vengan revestidas de falsos consensos.
Y en tercer lugar… repudiar la mentira, considerarla refugio de incapaces y malvados y alejarnos de ella y de quienes la usan como alma que lleva el diablo.