Se habla y se escribe mucho sobre educación; maestros, profesores y pedagogos (entre otros expertos o supuestos expertos del asunto como los políticos de turno en la materia) le dan, con razón, muchas vueltas a la cosa, y a mi me sucede siempre que me queda un regusto amargo por una razón que es de fondo y de calado: se habla mucho de niños, adolescentes y jóvenes, de maestros y profesores y hasta del currículo escolar y muy poco de los padres, es más, no sólo se habla poco de ellos sino que normalmente es para mal.
La cosa tiene su enjundia: por una parte se desdeña el papel de los padres en lo referente a la educación (todavía recuerdo a la señora ministra que soltó aquello de ‘los niños no son de los padres‘ negándonos así no solo el derecho a elegir el tipo de educación que queremos para nuestros hijos sino nuestro role como responsables últimos de esa educación); tras ese desprecio del papel de los padres en la educación de sus hijos vienen las quejas y lamentos de los profesores cuando los padres se meten en su terreno, como si no se dieran cuenta (honestamente creo que no se dan cuenta…) de que no respetar el papel de los padres, diluirlo, deja también a los padres perdidos, sin brújula, sabiéndose importantes en la educación de sus hijos pero sin reconocer límite alguno (al fin y al cabo el primer límite que se rebasó fue el de despreciarlos a ellos); y no hablo solo de los padres perdiendo los papeles en las reuniones de primaria o secundaria (socavando la autoridad del profesor en el aula) o llorándole a un profesor de bachillerato porque su hijo necesita más nota… a continuación podéis leer una nota del Vicedecanato de la Universidad de Granada: ‘El Vicedecanato de Prácticas NO ATIENDE A PADRES. Todo el alumnado matriculado en Prácticas es mayor de edad‘; no sé si el problema es que no asumimos que nuestros hijos ya son adultos (ese es, ciertamente, un problema clásico) o que consciente o inconscientemente asumimos que hemos fracasado en lo único en lo que no podíamos permitirnos fracasar: hemos acompañado a nuestros hijos en su vida infantil y juvenil pero no los hemos preparado para la vida adulta… y tratamos de poner parches al desastre actuando como si fuésemos sus abogados defensores… o algo así.

Así las cosas, llegamos a las inevitables consecuencias de haber diluido la autoridad de padres y profesores y es la incapacidad y el desconcierto, el despiste, la inmadurez… todo ello aliñado con la certeza de tanto a como tienen derecho y la ignorancia absoluta de sus responsabilidades. Y no, esto no es un problema que surge al llegar a la Universidad sino que se fragua mucho antes y de modo a veces dramático.
De un tiempo a esta parte se habla mucho de los protocolos anti bullying (quiera decir eso lo que quiera decir…): es verdad que cuando se da una situación como la de Sandra, la niña sevillana que se suicidó porque no soportaba más el acoso de algunas de sus compañeras, el tema salta a todos los titulares pero es que ahora, desde hace un tiempo ya, se hace buscando a quien cargar la responsabilidad de tamaño desastre, la pérdida de una vida nada menos… y curiosamente (por decirlo de algún modo) solo se mira y señala a los centros educativos porque, claro, el acoso se da en el centro educativo… Y la solución está en poner un protocolo y si ni con un protocolo no se soluciona el problema igual es porque el protocolo se aplica mal o no se aplica o hay que revisar el protocolo…
No seré yo quien trate de diluir la responsabilidad de los centros porque cuando los padres dejamos allí a nuestros hijos lo hacemos en la confianza de que se quedan en un lugar seguro para ellos, no en un infierno y sí, a veces el colegio es un infierno (para mi lo fue durante tres años y no por culpa de mis compañeros pero esa es otra historia) así que exíjase a centros y profesores la responsabilidad que les compete, ahora bien… ¿de verdad nadie va a señalar a los actores principales del bullying? ¿de verdad vamos a proteger a los acosadores más que a los acosados? Porque lo que resulta evidente cuando la situación llega al límite en el que una niña decide quitarse la vida es porque eso es exactamente lo que ha pasado. ‘Es feo señalarlos… al fin y al cabo también son niños‘ piensan algunos… Lo feo, queridos, es que una niña ha muerto y que a saber cuántos niños están al límite soportando el abuso de esos otros niños protegidos de las responsabilidades que, en su medida, ya les competen porque ¡almas cándidas! son niños…
Y aquí es donde yo vuelvo a los padres… Porque el hecho de que políticos del ramo, maestros, profesores y pedagogos de turno socaven nuestra autoridad no nos exime de nuestra responsabilidad, nosotros somos los responsables de la educación de nuestros hijos, lo somos siempre, lo somos también si nuestro hijo sufre bullying y lo somos más si cabe si nuestro hijo acosa a otros: los profesores, y los centros, son responsables de lo que sucede de puertas hacia dentro del centro, los padres lo somos SIEMPRE y en todo momento y lugar, somos responsables, para bien y para mal, de todo lo que hacen nuestros hijos mientras son menores (no cuando son mayores de edad, entonces nos podemos ahorrar la visita al Vicedecanato).
Cuando escribí MALEDUCADOS lo hice como madre y dirigiéndome a los padres porque tengo para mi que, si bien el entorno no ayuda y las decisiones políticas han hecho más mal que bien al sistema educativo y a todos los profesionales que lo componen, la pieza clave en la educación son, somos, los padres (para bien y para mal…) ¿qué quiero decir con esto? Que en un caso de bullying no se puede hablar solo del niño acosado y su familia ni solo del centro, hay que hablar también del niño que acosa y con su familia… Desconozco los dichosos protocolos anti-Bullying pero me juego pincho de tortilla y caña (que diría Luis Herrero) a que no contemplan qué hacer en caso de que los padres de niños que acosan a otros no acepten lo que está sucediendo…
El tema es inmensamente complejo y no venía yo hoy a hablar de bullying (entre otras cosas porque ya lo hice aquí) sino de padres, de la importancia de los padres en la educación de los hijos, de cuán necesario es que defendamos con uñas y dientes nuestro derecho a educar a nuestros hijos como consideremos oportuno para que lleguen a la edad adulta preparados para la vida y no tengamos que plantearnos ir nosotros al Vicedecanato… Y eso incluye también nuestra obligación de exigir una educación de calidad, es decir, llena de conocimientos y saberes, no adoctrinamientos e ideologías… y ahí deberíamos ser el apoyo fundamental de los maestros y profesores que alzan esa bandera frente a los que están deconstruyendo el ya maltrecho edificio educativo a base de eslóganes, banderas y consignas; la escuela debería ser un lugar de saber, de conocimiento, no un parque de atracciones como bien explicó Gregorio Luri, la escuela es pieza esencial en la educación de los niños, por supuesto, pero eso no nos exime a los padres de nuestra mayor responsabilidad: somos responsables de la educación de nuestros hijos y eso significa que nuestra obligación es que lleguen a la edad adulta preparados para la vida ¿y eso cómo se logra? EDUCANDO. Poniendo límites, exigiendo esfuerzo, responsabilizando… No, para los padres educar tampoco es tiempo de ocio y juego…
Si no asumimos eso a la voz de ya acabaremos encontrando lógico ir al Vicedecanato de Prácticas de la Universidad para gestionar ésto o aquello del ‘niño’ de 18 o 20 años y quienes sufrirán las consecuencias de este despropósito, los primeros damnificados, serán esos hijos a los que nos empeñamos en sobreproteger de la vida (y hasta de sí mismos y sus actos) en lugar de prepararlos para a vivir en ella porque la burbuja en la que nos empeñamos en hacerlos vivir más pronto que tarde se va a romper y todo el peso de la vida caerá sobre ellos sin que estén preparados para soportarlo.