Contra las vísceras.

Me declaro profundamente contraria al enaltecimiento de las vísceras, me importa un bledo cuán cargadas de nutrientes estén y menos aún cuánto guste en según qué tradiciones gastronómicas la casquería; respeto su funcionalidad básica, claro, las vísceras son necesarias para el correcto funcionamiento del cuerpo humano pero hasta ahí, ni un paso más allá de ahí.

¿Y a santo de qué me pongo yo a escribir contra las vísceras en lugar de escribir a favor de algo, que sería de hecho menos visceral y productivo? La culpa es de Gaza o de Palestina o de los terroristas de Hamas o de los activistas pro palestina o… (del viento, la culpa es como la tierra, que decía aquel, del viento).

Me llama la atención como, revistiendo la visceralidad de emoción, justicia y superioridad moral, se la sube a los altares ateos del momento: leo incluso a algunos criticar a según qué gentes populares (o influyentes) por no usar su influencia a favor de la causa palestina, decir que quien calla otorga, jugar al blanco y negro de o estás con Gaza (cuando Gaza está tomada por el grupo terrorista Hamas y cuando desde Gaza se perpetró un ataque terrorista que se ha convertido en uno de los peores pogromos de la historia) o estás con Israel (un Israel al que le niegan el derecho de defensa y que, probablemente, se excede en el uso de tal derecho); pero sucede con este asunto como con tantos otros hoy en día: se simplifican tanto que acaban convertidos en un mejor dibujo de niño de parvulario y se usan para mantener viva la antigua lucha de clases a la que no cabe negarle su sentido en el momento en el que Marx la parió (o al menos cierto encaje con la realidad de su tiempo) pero que hoy, ni travestida de lucha de causas, se sostiene ¿por qué? Porque el mundo es más complejo de lo que nunca ha sido, porque la tecnología ha provocado cambios profundos, sí, pero sobre todo constantes y rápidos que multiplican la complejidad así que el único modo de mantener viva la lucha de clases, de causas o de lo que sea (el caso es enfrentar dos bandos y echar leña al fuego…) es simplificarlo todo hasta el infinito y más allá.

¿Cómo se logra entonces que ese enfrentamiento se sostenga a pesar de la complejidad del mundo y sus cosas? Simplificando, sí (de ahí el desprecio de la lectura que lleva al conocimiento, de ahí el vaciado de los contenido del currículo educativo, de ahí los medios convertidos más en propagandistas o regurgitadores de noticias que en informadores…) pero con eso no basta, se necesita un ingrediente más: la visceralidad revestida de pasión y emoción, de justicia social y siempre de la falsa superioridad moral (a mayor visceralidad, siempre, mayor inferioridad moral).

Por eso me posiciono contra las vísceras, porque lo visceral no es lo emocional como nos quieren hacer creer, es lo opuesto a lo racional y es por tanto lo que nos aleja de la civilización y nos acerca a la barbarie: ¿cómo es posible que alguien que se reconoce homosexual, transexual o lesbiana vaya por la vida con el pañuelo palestino sabiendo (¿o acaso no lo saben? ¿o acaso no lo quieren saber?) que durarían en Gaza menos que un caramelo a la puerta de un colegio? ¿y las mujeres? ¿son quienes respetan el uso del velo (su imposición a las niñas…) conscientes de todo lo que implica? ¿no saben que también las quieren a ellas viviendo bajo un velo?. No quiero decir con esto que haya que volver a la Guerra Santa contra el Islam, faltaría más, respeto a los musulmanes como a cualquier creyente, agnóstico o ateo, respeto la libertad de cada individuo… pero también la mía.

Pero estaba hablando de vísceras, de lo visceral y es que, más allá de la posición de cada uno (y no pretendo aquí desarrollar la mía más que en mi alegato contra la visceralidad), la cuestión es cómo y en qué se sostiene: cuando quienes defienden una causa no encuentran modo de imponer su visión del mundo más que faltando a la verdad e insultando a quien les da la réplica (si no eres pro palestino eres nazi… que ya hace falta un triple salto mortal para acabar llamando nazis a los judíos después de Hitler) solo caben dos razones: o bien te faltan argumentos (ignorancia propia) o bien no hay argumentos (realidad…); pero hay más, cuando el caso es el segundo o, lo más probable, una mezcla de los dos, y quien lidera esa causa que tanto te toca el corazón lo que hace no es darte los argumentos que te faltan sino azuzarte las vísceras… ¿de verdad vas a seguir adelante sin más razón que esa entelequia llamada superioridad moral?

Por eso estar contra las vísceras es obligatorio, porque dejarse llevar por las vísceras en lo emocional y lo racional tiene las mismas consecuencias que dejarse llevar por el hambre y los ojos cuando vas al supermercado: compras lo que menos te conviene… Ahí, precisamente, es cuando puedes comprar vísceras, el hígado encebollado va estupendo para quienes van bajos de hierro, pero solo ahí, a la hora de entender el mundo es obligatorio formarse, informarse y pensar antes de envolverse en una bandera… so pena de convertirse en el peón de otros, un peón por lo demás fácil de sacrificar.

¿No me crees? Pues recuerda esto: el pueblo palestino correrá, en el ideario de la izquierda, una suerte parecida a la que ha corrido el pueblo saharaui ¿o ya no te acuerdas cuando defendías al pueblo saharaui frente a Marruecos en lugar de defender a Hamas frente a Israel?.

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