Pedro y la democracia.

Cuando te despiertas de madrugada y ves la hora en el reloj sientes de nuevo esa sensación agridulce que conoces tan bien: el placer de saber que no tendrás que saltar de la cama en 10 minutos y el disgusto que te provoca la certeza de que el día será largo porque los días que empiezan después de maldormir siempre lo son. Pero en esos largos minutos muertos en los que ni duermes ni dejas de dormir, el cerebro sigue a los suyo, reordenando y recolocando todo lo que le has metido en las horas previas y combinándolo con todo el conocimiento, inútil o no, que lleva tiempo ahí archivado… Y en ese juego inconsciente de asociaciones casi naturales (o locas, quién sabe…) me he visto armando una analogía que resulta poco menos que inquietante ¿y si la relación de Pedro y la democracia fuera como la de Pedro y el lobo?.

Igual, igual… cabe que no… pero eso no resta fuerza a la analogía, creo; juzgad vosotros:

Pedro era un pastor inconsciente que gozaba a lo grande haciendo gala de su poder ¡qué viene el lobo! ¡qué viene el lobo! gritaba… y el pueblo entero se ponía en marcha a su servicio; pero el lobo nunca venía, como no llegaba nunca Franco, ni la ultraderecha, ni el recorte de libertades, ni ninguno de los lobos que Pedro señalaba… hasta que llegó, y aquel día nadie prestó atención a los gritos de Pedro…

Es posible, es más, diría que es probable, que me estés leyendo y a vez pensando que si lo que viene es la democracia pues… ni tan mal ¿verdad? Eso es porque he hecho una pequeña trampa que consiste en no haberle puesto a esa democracia su correspondiente apellido: cuando Pedro habla de democracia no habla nunca de la democracia liberal, armada como una Monarquía Parlamentaria, a la que transicionamos tras 40 años de dictadura, se refiere siempre a la democracia popular: lo que diga el pueblo. ‘Somos más‘ dijo, de forma falaz, cuando perdió las elecciones del 23J (falaz, sí, porque son más escaños pero no más votos, cuando hay votos que valen doble o triple y otros que no valen ni el papel en el que han sido impresos, tan popular no será su democracia).

Volvamos a la analogía que íbamos armando… Pedro ha expuesto primero y gritado después (grita más desde que ha llevado al PSOE al terreno de Podemos) que vienen estos y aquellos lobos pero nunca mentando a las auténticas manadas que sembraron el terror, es más, se jacta de que esos son hoy sus apoyos (ETA, Hamás…), ha hecho gala de su ser demócrata mientras desmontaba el estado de derecho ante nuestros ojos, de la libertad de prensa mientras la cercenaba a placer ahí a donde llegaban los tentáculos de su poder (EL País (que le pregunte a Antonio Caño, a David Alandete, a Maite Rico…), a RTVE, a la Ser…) porque él y los suyos son la auténtica democracia. Y, mira tu por donde, después de alardear de la llegada de su democracia, resulta que al final igual llega…

Vaya por delante que no lo celebro. No puedo celebrar la democracia popular porque entre ella y la dictadura y la barbarie no hay nada, ahora bien, si los primeros que caen a los pies de la democracia popular son los que nos la han servido en bandeja, tampoco lo lamentaré.

Periodistas no de todo cuño, sólo los de cuño Sanchista, se llevan las manos a la cabeza estos días porque, al parecer, la señora de Pedro Sánchez, Begoña Gómez (la hija de Sabiniano Gómez, el de los prostíbulos y las saunas gays) podría acabar siendo juzgada por malversación de fondos públicos ante un jurado popular. Dichos periodistas dicen, sintiéndose cargados de razón, que dado que se la juzgará en Madrid, ese jurado popular será facha porque Madrid no es la capital de España sino de la fachosfera, casi el 50% de los habitantes de la región votan PP-Vox, dicen… (usando así una vez más el trampantojo de Vox cuando el partido de Abascal será ultraderecha o no lo será pero lo cierto es que en Madrid recibe menos votos que un PSOE al que se vota tan poco que la mayoría absoluta del PP es incuestionable).

Obviando el hecho cierto de que NADIE, ni siquiera el juez, ha decidido que a Begoña Gómez la juzgue un jurado popular sino que así lo manda la ley para el delito del que está acusada (una ley, por lo demás, propuesta y aprobada por el PSOE), resulta casi justicia poética ver a los defensores de la democracia popular revolverse ante ella demostrando que son muy fans de lo que diga el pueblo… pero sólo si el pueblo dicen lo que ellos quieren que diga.

O se está con la democracia popular o no se está. Que se aclaren.

Yo no lo estoy, y me importa poco si juzga al hermano del presidente del gobierno o al novio de Ayuso, estoy en contra por una razón muy sencilla: porque ser más no es legitimidad suficiente (abro el paraguas mientras me siento acusada de anti-demócrata…); la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero, la defienda la mayoría o lo haga una minoría; el bien no es el mal y el mal no es el bien aunque haya una mayoría que defienda que el bien justifica los medios, es decir, que el mal puede ser el camino. Olvidar esto, olvidar que ser más no carga a ninguna mayoría de razón, es caer en la charca de lo amoral porque solo un amoral puede defender que la mejor manera de vencer al terrorismo es darle lo quiere, es decir, dejarle ganar o comprarlo del modo que fuera o fuese (meterlo en la estructura del estado, por ejemplo…).

¿Por qué gritan Ana Redondo o María Jesús Montero como si fueran Ione Belarra o Irene Montero? ¿Por qué muestra Pedro una altivez supina alardeando más que nunca de su supuesta (y falaz, más falaz que nunca) superioridad moral? ¿Por qué ha convertido los medios de comunicación públicos y también los subvencionados que dependen de los Presupuestos Generales del Estado y de la generosidad de su Sanchidad en medios de propaganda? Lo hace porque su legitimidad se cuantifica, no se cualifica, necesita que siga pareciendo que son más aunque cada día son menos (por eso no convoca elecciones anticipadas) y el modo de mantener prietas las filas es siempre el mismo: nosotros somos los buenos, somos mejores y los de enfrente son el mal, el desastre, todo lo contrario a la democracia…

Claro que ese en realidad el auténtico temor de Pedro, que la democracia se lo lleve por delante porque le pase lo que al Pedro del cuento de Pedro y el lobo, que nadie acuda a su llamada porque están cansados, hartos y hastiados de sus juegos…

El sectarismo reinante, el modo de vivir la política actualmente como si fuera la liga de fútbol (yo con los míos aunque me roben y se lleven por delante el futuro de mis hijos porque sé (y lo sé porque soy muy listo y muy bueno) que con los otros sería peor) no anima a tener fe en ese desenlace para el cuento de Pedro y la democracia pero no debemos olvidar que ya sucedió una vez y fue aquí, en España:

Sucedió en 1997. ETA secuestró a un concejal de Ermua, Miguel Ángel Blanco, y planteó un chantaje al Gobierno: o se trasladaba a todos los presos de la banda terrorista al País Vasco o Miguel Ángel Blanco sería asesinado. En aquella ocasión una aplastante mayoría (entonces sí éramos más…) pidió la liberación del secuestrado, se lanzó a las calles con las manos pintadas de blanco para dejar claro que eran otros quienes las tenían manchadas de sangre, las manifestaciones fueron brutales porque España entera había decidido no rendirse al terror. No hicieron falta los sindicatos ni los activistas de turno organizando manifestaciones, lo que sí hizo falta fue pisar el suelo moral, llegar al límite que no estábamos dispuestos a traspasar.

¿Tiene España hoy ese límite moral o lo hemos perdido al tener al frente de las instituciones a un compendio de gentes resentidas (los nacionalistas siempre lo son) y amorales (quienes están dispuestos a todo por ostentar el poder siempre lo son)?.

Estoy en contra de la democracia popular, sí, y muy a favor de la democracia liberal ¿por qué? Porque una democracia popular es fácilmente convertible en un infierno social y una dictadura, solo hace falta alguien que llame al lobo un día sí y otro también, alguien que deshumanice al que piensa distinto y llegue a justificar su fin (mal que hayan asesinado a Charlie Kirk pero defendía cada cosa el muchacho…, decían los medios gubernamentales; mal lo del 7 de octubre pero bien el eslogan ‘desde el río hasta el mar’ que supone la aniquilación del pueblo judío… y así siempre, y así todo); ¿cuál es la diferencia entre esa endeble democracia (la popular) que cae fácilmente vencida a los pies de los más amorales y una democracia liberal con todos los peros y contras que quieran ponerle? La meritocracia: quienes defienden la democracia popular abogan por el derecho de todos a ocupar los puestos más elevados de la gestión pública, es decir, el derecho de los mediocres dirigir los designios de todos, mientras que en una democracia liberal los derechos y libertades son de todos y en la misma medida ¡faltaría más! pero se busca, o debería buscarse, el gobierno de los mejores porque quienes deciden sobre los designios de todos deberían ser los más y mejor preparados se apelliden como se apelliden, vivan donde vivan, hayan estudiado donde hayan estudiado… una auténtica élite de conocimiento, experiencia y saber. Esa era la auténtica revolución: no ser élite por haber nacido élite sino llegar a ser élite por haber tenido la oportunidad de hacerlo.

Que este planteamiento suene utópico es, a mi modo de ver, una demostración más de la realidad distópica que vivimos.

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