Desorientados.

Si me pidieran que definiera con una sola palabra a los adolescentes casi jóvenes de hoy en día no lo dudaría ni un segundo, diría DESORIENTADOS, así, con mayúsculas. Y no se trata de un mal menor… he visto chavales de 16 y 17 años naufragar en el Bachillerato no por falta de trabajo, de inteligencia ni de nota sino por estar profundamente desorientados, por no saber qué hacer, qué decisiones tomar sobre su futuro; los profesores hablan de la importancia de la motivación especialmente en segundo de Bachillerato pero ¿cómo van a preparar motivados la PAU, EvAU o como tengan a bien llamar a la prueba de acceso a la universidad, si no saben qué quieren hacer? ¿Cómo van a plantearse un módulo superior si, a los 17 y camino de los 18 no saben qué quieren ser de mayores? Y no será porque no se lo hemos preguntado veces desde bien pequeños… ¿Por qué es entonces? Porque están desorientados y ¿por qué están desorientados? Porque han sido mal educados, porque son maleducados.

Desconocimiento de sí mismos

La razón por la que no saben qué quieren ser de mayores en un momento en el que tener eso claro parece necesario es, en primer lugar, porque no saben qué se les da bien, es decir, la raíz de la cosa está en un absoluto desconocimiento de sí mismos y habría que empezar por ahí, de hecho habría que haber empezado por ahí desde Primaria, nunca debió tratarse de qué quieres ser de mayor ni de qué profesiones tienen más o menos salida, tampoco de trabajar con ahínco para paliar sus carencias o dificultades sino de descubrir sus habilidades para desarrollarlas, para que se desarrollaran ellos sustentándose en ellas, en sus puntos fuertes. Pero si le preguntas a un adolescente qué se le da bien se pone la misma cara de desconcierto que cuando nos preguntaban en el colegio (de monjas) cuáles eran nuestras virtudes (y no era modestia, era simple desconocimiento de uno mismo provocado por el hecho incontestable de que todos los focos estaban puestos en aquello que hacías mal, que se te daba mal, no con el fin de machacarte por ello sino de ayudarte a corregirlo, a mejorar ¿resultado? Lo bueno, lo que se te daba bien, tus habilidades, tus virtudes… todo se daba por hecho y descontado y tú apenas si eras consciente de su existencia).

Es curioso (y dramático) descubrir tan alto grado de desorientación en los adolescentes casi jóvenes cuando se trata de una generación a la que si algo no le ha faltado ha sido atención ¿recordáis cuántas veces hemos hablado de la agenda de los niños? Del sinfín de actividades a las que los apuntábamos porque eran buenas para ellos, de cómo hacíamos el pino puente si hacía falta para llegar a todo (y en ese todo incluso los cumpleaños en los parques de bolas desde la edad de guardería), de las clases de inglés, de los campamentos de verano, de las competiciones deportivas… ¿Y todo eso para qué si llegan a los 17 sin tener una mínima noción de sí mismos y mucho menos de qué quieren hacer con su vida?

Elección inversa: ¿qué no quieres ser de mayor?

Claro que, si estamos en segundo de Bachillerato con el jovenzuelo más perdido que un pulpo en un garaje, no tenemos tiempo de rehacer todo el trabajo no hecho durante los años previos, ahora bien, ni entonces está todo perdido, siempre nos queda la posibilidad de la elección inversa, es decir: vale, sé que no sabes qué quieres hacer pero ¿a que sí sabes que no quieres hacer? Cuando el adolescente contesta a esta pregunta comienza a acotar el campo de juego y, si somos capaces de hacer las preguntas correctas, lo irá acotando más poco a poco hasta llegar no tanto a una elección consciente de lo que quiere hacer como de un saco de posibilidades en el que todas las opciones podría encajarle. Así se convierte, en mi opinión, a un desorientado en un orientado cuando ya se va tarde, si se tiene más tiempo se empieza siempre por descubrirlo, por ayudarlo a descubrirse… cosa nada fácil porque no se trata de que el niño diga lo que le gusta o no sino de que descubra lo que se le da bien tanto si le gusta como si le disgusta ¿y por qué es esto importante? Porque de niños es normal que nos guste lo que está de moda, lo que le gusta a todos, lo que mola en cada edad… pero si hay algo que sabemos a ciencia cierta es que, con el paso del tiempo, lo que descubrimos es que lo que suele acabar gustándonos es aquello que se nos da bien, aquello para lo que tenemos facilidades ¿por qué? Porque podemos llegar a ser buenos en ello con poco esfuerzo y porque, con esfuerzo, podemos ser geniales y ¿a quién no le gusta tener éxito en cualquiera que sea su trabajo o desempeño en la vida?.

Cuando un chaval de 16 o 17 años a la pregunta ¿qué quieres hacer de tu vida? o ¿qué quieres ser de mayor? o ¿a qué quieres dedicarte? responde que ‘calma’ o ‘ya verá’, cuando en realidad está a pocos meses de tener que tomar decisiones que marcarán su futuro, el problema no es si logra o no plaza en la universidad o en qué universidad como se plantean muchos padres, eso vendrá después, el mayor problema es que no importa cuán bueno o malo sea su expediente, está en serio riesgo de diluirse en su tránsito hacia la vida adulta como un azucarillo en un café; un peligro que, por otra parte, corren también los que se la juegan a una carta, los que tienen claro qué quieren hacer y es eso o nada; tan desorientados están los unos como los otros y todos pueden quedarse colgados de la brocha: sin plaza en la universidad porque no han entrado donde querían o porque no pensaron con los pies en el suelo a la hora de hacer la elección, sin ánimo de matricularse en un módulo porque ellos iban para universitarios, dispuestos a opositar a lo que fuera o fuese y, pasados los meses cuando no los años esperando la convocatoria, buscando un trabajo ‘de lo que sea’ (porque su capacidad de elección es nula) porque ya no recuerdan qué decidieron ni por qué… Y el origen del problema es siempre el mismo: llegan a Bachillerato, en especial a segundo de Bachillerato, desorientados.

Orientación

Hace ya un tiempo publiqué MALEDUCADOS y me reafirmo en lo que ahí contaba aunque, si volviera a escribirlo hoy, probablemente incidiría todavía más de lo que lo hice entonces en la importancia de la orientación; y no penséis que hablo de los departamentos de orientación, hacen lo que pueden con los cientos de alumnos con los que trabajan, hablo de los padres, somos los padres quienes tenemos la santa obligación de conocer a nuestros hijos, de saber cuáles son sus habilidades e intereses, de ayudarlos a conocerse a sí mismos, de orientarlos para que saquen el máximo partido a sus habilidades alineándolas en los posible con sus intereses. Y sí, después de eso, también informarlos acerca de sus opciones, estudiarlas con ellos si aceptan nuestra ayuda, no se trata de decidir por ellos sino de ayudarles a pensar, de orientarlos.

Si estás leyendo esto y pensando que te has librado, que tu problema no es ese porque tu hijo tiene más o menos claro lo que quiere ser de mayor, está motivadísimo preparando la EvAU y tiene además plan B y hasta plan C por si no entra en lo que quiere (lo cual parece una situación óptima), no te confíes… y ayúdale a preparar un plan D y un plan E, que tenga la sensación de que, pase lo que pase, sabrá qué hacer porque así mantendrás su motivación para estudiar, reducirás su miedo o sus nervios y alejarás de él esa terrible situación en la que se quedan colgados de la brocha sin saber qué hacer consigo mismos porque eso es exactamente lo que les ocurrirá a los desorientados… y a los incautos que se creyeron aquello de que podían ser lo que quisieran ser… (y decidirlo, además, en el último momento).

Preparados para la vida

Y es que la importancia de la orientación no es tanto acertar (que ellos acierten), con 16 o 17 años tienen la vida por delante y puede equivocarse y corregir el rumbo, si hay algo que tienen a esa edad es tiempo (tiempo para acertar o errar, nunca para perderlo). ¿Y por qué digo esto? Porque del mismo modo que estar desorientado a esa edad nos aboca casi con certeza al desastre (y si no lo hace podremos decir que hemos tenido tanta suerte como si nos hubiese tocado la lotería), estar orientado no asegura el éxito; en cambio lo que sí asegura es tener un camino: quienes están en segundo de Bachillerato sin saber qué hacer con su vida tienen ante sí un bosque frondoso y no saben por donde empezar para buscar los senderos que lo recorren y elegir cual tomar mientras que quienes están orientados están ante el mismo bosque sí, pero ven los caminos, tienen claro cuál tomar o, al menos, cuáles descartar y sobre todo (lo más importante), saben que, una vez empiecen a caminar, encontrarán desvíos, que podrán redirigir el rumbo si el camino elegido no es como esperaban y tendrán siempre presente por qué están caminando esos senderos y no otros, se sabrán preparados para la ruta, una ruta que es, ni más ni menos, que su vida.

Cabe concluir pues que estar orientados es empezar a ser adultos (incautos e inexpertos como corresponde a su edad, pero adultos).

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