Prepárate para tu futuro.

Vivimos tiempos oscuros que anticipan un largo invierno y no, no hablo de Juego de Tronos, hablo de nuestra realidad: una sociedad que enaltece la ignorancia y desprecia el esfuerzo es una sociedad condenada a un largo invierno de regresión; decir esto no debe considerarse pesimismo ni tampoco exageración porque no es ninguna de las dos cosas, es puro realismo, un realismo necesario si quiere uno prepararse o preparar a sus hijos para lo que viene, algo que por otra parte, como padres, es nuestra obligación.

Ahondemos un poco en la realidad que nos sorprende y sonroja cada día: la ignorancia trufada de mediocridad es la norma, no la excepción, y en ese caldo el activismo hace su agosto mientras que la cordura, la lucidez y el sentido común enmudecen abrumados ante tanta estupidez; una estupidez aliñada con buenas dosis de identitarismo, los fascistas de antaño son hoy activistas de la cosa ¿de qué cosa? cada uno de la suya, lo bueno de ser activista hoy en día es que tienes una lista interminable de causas a la que sumarte alegremente.

Pero no son los activistas los que más deben preocuparnos sino los oportunistas que son, básicamente, de dos tipos: los que aprovechan la ola identitaria para sentirse importantes por causas ajenas a su mérito y los oportunistas que aprovechan esa misma ola para justificar su propia ignorancia y subirla a los altares de los derechos por encima incluso del saber que la confronta. Yo los llamo oportunistas porque me parece que es lo que más y mejor los define dado que aprovechan la oportunidad de hacer de su mediocridad falsa virtud pero son los mismos a los que Reverte llama tontos y Jano García estúpidos.

Así es y así está la sociedad en que vivimos, una sociedad sin visos de mejora a corto plazo porque los oportunistas han ocupado todos los puestos de poder e influencia y no se atisba una élite lúcida que señale su desnudez intelectual y emocional, su zafiedad, su falsedad y su feísmo. Conviene saberlo, tenerlo claro, porque al mundo habitado por esa sociedad es al que estamos mandando a nuestros hijos. ¿Hay que resignarse? Nada más lejos de la realidad ¿Hay que luchar? Eso es ya una decisión personal ¿Hay que prepararse y preparar a nuestros hijos? Sí, salvo que quieras convertirte en parte del problema y a tu hijo en un triste oportunista más o, a lo peor, en la víctima de todos ellos.

Aquí tenemos la segunda parte del drama… Los oportunistas educan oportunistas ¿cómo? Aconsejándoles que busquen siempre los atajos y los caminos más fáciles, lo que menos esfuerzo les suponga, y ocupándose siempre de que sean felices, signifique eso lo que signifique; la consecuencia de tales recomendaciones es inevitable: esos niños, ya jóvenes, son lanzados al mundo desnudos, sin preparación de ninguna clase y se convierten en carne de cañón; que no pueden acceder a una vivienda, dicen, y lo dicen sin ser conscientes de que ese es el menor de sus problemas, el mayor es que los han mandado a las trincheras, al frente de la vida, desarmados, desnudos, desinformados… incapaces de labrarse una vida.

Vayamos al meollo de la cosa: ¿y cómo se prepara uno para la vida que viene si resulta que, construida por oportunistas, tontos y estúpidos (además de un buen puñado de malvados) parece más un infierno en la tierra que un mundo feliz (suponiendo que no sean la misma cosa)? Me encantaría tener un conjuro mágico que respondiera a esta pregunta, que con una queimada con su orujo ardiente y sus granos de café fuera suficiente pero no es así y no sólo no es así sino que cuando te diga que la clave de bóveda de este follón es la educación cabe que incluso dejes de leer… (¿pero habías llegado hasta aquí? ¡gracias!).

A los jóvenes hay que aconsejarles que se preparen, no lo digo en sentido dramático sino en el más estricto significado de la palabra, tenemos que prepararlos para el mundo que viene, es más, para ganarse la vida en el mundo que viene (que ya está aquí, de hecho) que no es tanto el de la IA como el de los oportunistas; una vez tenemos claro el para qué tenemos que pasar al cómo… y ahí viene lo difícil porque es muy probable que te resulte mucho más cómodo hacer caso a María Pombo cuando te dice que no hace falta leer y que leer no te hace mejor que a mi cuando te digo justo lo contrario: que la lectura es la base de la educación porque nos permite conocer más y mejor la herramienta a través de la que aprendemos, el lenguaje, un lenguaje (su dominio) que marcará los límites de nuestro entendimiento y nuestro conocimiento. Pero no quiero aquí ahondar expresamente en la importancia de la lectura sino en eso que llamo la preparación de los jóvenes.

La lectura, qué duda cabe, es parte de esa preparación porque, además y como dice Reverte, una biblioteca es una trinchera (y un refugio, añado yo) y lo es porque es la puerta al saber y al conocimiento que nos permite desenmascarar a los oportunistas evitando así que caigamos en sus redes; ahora bien, prepararse para la vida es algo que se hace con dos conceptos en mente: la vida que viene (cómo es hoy el mundo y cómo, hasta donde podemos imaginar, será) y el joven al que mandamos a ganarse su vida en ese mundo (cómo es ese joven); por eso no hay una respuesta única, porque ni las circunstancias son las mismas para todos ni todos somos iguales, lo que es igual para todos es la necesidad de una preparación… ¿¡pero qué preparación?! ¡¡La que sea!!

¿Qué tienes claro qué quieres hacer con tu vida? (el típico adolescente que quiere ser informático, médico, bombero, policía…) pues prepárate para eso lo mejor que puedas y en todos los ámbitos de esa profesión que quieres llegar a ejercer, no se trata solo de que estudies una carrera o un grado superior o de que prepares las oposiciones que te abren la puerta de acceso a esas profesiones sino de que estés preparado para ser el mejor informático, el mejor médico, el mejor bombero, el mejor policía… ¿por qué? Grábate esto a fuego: porque la felicidad es ser bueno en lo tuyo, porque la felicidad es la satisfacción que te da hacer un trabajo que te gusta, que se te da bien, que haces cada vez mejor, en el que se te reconoce tu maestría… Un trabajo que no te reporta más satisfacción que el sueldo a final de mes es un mal menor (mejor eso que no tener trabajo, claro…) pero nada más que eso.

Puede parecer que los adolescentes que están en ese punto son los ‘fáciles’ (suelen ser los que estudian) pero no siempre es así porque el camino del estudio es largo y exige esfuerzo e incluso quienes eligen módulos pensando que eso será más fácil que la universidad se encuentran con que prepararse para tener una profesión siempre exige aprender y aprender siempre exige esfuerzo… Y ahí tenemos que estar los padres recordando siempre que ese esfuerzo merece la pena y evitando que nuestros hijos se desvíen del camino que ellos mismos han elegido o que, si lo hacen, sea la suya una decisión consciente e informada, no una huida hacia delante por tener un euro en el bolsillo un día antes.

¿Y qué hacemos con los que no saben qué hacer con su vida? Tengo para mi que el alto número de adolescentes que están en ese lío son la demostración más palpable del desastroso sistema educativo que padecemos pero, llegados ya a la adolescencia y con el jovenzuelo sin saber a qué atenerse y mucho menos a qué dedicarse, pensar en eso avoca a la melancolía. Lo curioso es que el objetivo de estos chicos es el mismo que el de los que saben qué quieren ser de mayores, prepararse para la vida… Y toca aquí hacer preguntas sencillas (sencillas de hacer, no necesariamente fáciles de responder), por ejemplo ¿a qué quieres dedicarte el resto de tu vida? Porque sabes que tienes que ganarte la vida ¿no? ¿Qué tipo de trabajo te gustaría hacer? Las respuestas a estas preguntas pueden ser de lo más variopinto e inconcreto pero es desde ahí, desde ese dibujo del futuro pintado a trazo grueso, desde donde hay que partir para trazar el camino que va del hoy al entonces y descubrir cuál es la mejor preparación posible para llegar a él.

El esfuerzo que exigimos hoy a nuestros hijos los arma para el futuro que tienen por delante, la preparación que obtienen con ese esfuerzo los capacita para la vida, no se trata de exigir un 7 o un 10, de empeñarnos en que sean ingenieros o que hablen inglés por el codo izquierdo y francés por el derecho, no es nuestra hoja de ruta, es la suya, no es nuestra vida, es la suya… es su preparación para la vida y es, como padres, nuestra responsabilidad.

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