Cuento: des-vergüenza.

Pantalón de chándal de tiro bajo (por no decir corto) y chanclas havaianas de nueva temporada, top mínimo y tocado máximo a cuadros blancos y negros, movimientos envolventes (de cadera) e iluminadora sonrisa; así lucía ella su cuidado look descuidado en la cubierta baja del yate; un yate, por lo demás, atestado de risas y copas, de pieles tostadas al sol y miradas ávidas de protagonismo y verano.

¡Por la libertad! ¡Por la justicia! ¡Por la igualdad! ¡Por la derrota del fascismo!

¿Marejada? Marejadilla más bien pero… ¡arriad las velas! y toquemos puerto no sea que demonio enrede… Un día, dos, tres… Una cala, dos, tres… ¡y lo bonita que es Menorca! cuatro, cinco… Y la flotilla pone de nuevo rumbo a su destino.

¡Hasta el infinito y más allá! 

La voz del locutor de radio sonaba plana y sin alma, sin entonación ni emoción, sin ritmo, como si estuviese leyendo un texto ininteligible a su inteligencia: el gobierno talibán prohíbe a los equipos de rescate ayudar a las mujeres tras el terremoto, la estricta norma islámica prohíbe el contacto físico si no hay relación de parentesco; las mujeres afganas no son rescatadas ni atendidas tras el terremoto por la prohibición de tocarlas.

El rostro de la muchacha del pantalón de chándal de tiro corto se descompuso, miraba a sus compañeros de navegación buscando en sus rostros un rastro de explicación (de justificación, más bien, de aquello) y entonces el líder de la cosa dijo algo así como ‘ya han dicho los del gobierno que se va a incluir a más mujeres entre los rescatistas‘, se hizo el silencio, un silencio atronador y asfixiante que respondía de modo mudo a la realidad de las mujeres afganas: mujeres prohibidas en la esfera pública, mujeres acalladas, dominadas y encerradas, cubiertas de pies a cabeza, de rostro a manos y pensamiento, enclaustradas en las cuatro paredes en las que reinan sus padres, hermanos, maridos, ajenas al saber… y ahora dejadas morir bajo los escombros de un terremoto.

Quiero saludar a los compañeros y compañeras que están jugándose la vida en la flotilla de la libertad… 

Aquellas palabras que había sentido como un abrazo en la distancia, como un halo de aliento, como viento en las velas de su velero libertario le produjeron, de repente, una profunda sensación de vergüenza, una vergüenza que no le era ajena pues la sentía como propia.

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