Los libros II.

Ya os advertí en la entrada anterior, Los libros, que no sabía cuántos Dalgliesh caerían antes del final de las vacaciones… pues alargo el periodo hasta el final del verano y os aseguro que serán mínimo seis porque voy por el quinto y el sexto ya está en casa. Claro que la cuestión no es tanto lo que lees como el efecto que el hecho de leer tiene en tu ánimo, no quiero decir con esto que no importa lo que leas ¡claro que importa! pero lo primero es siempre leer: quien lee, lea lo que lea, puede acabar leyendo lo bueno (sea lo que sea lo bueno…), quien no lee ya está sentenciado.

Vivir fuera de la realidad deglutiendo los relatos propagandísticos que solo aguanta el papel o la pantalla de turno es ser un iluso, un bobo engañado por los engañabobos pero vivir al pie de la actualidad y la noticia, desentrañando la información y ahondando en ella de tertulia es acomodarse en un infierno que si bien anticipa realidades futuras, no es tu realidad, si el mundo feliz de los bobos es Narnia, el mundo infeliz de los informados es Mordor y, puestos a vivir mundos de fantasía, mejor hacerlo de forma consciente y libro en mano de modo que, cuando estés de vuelta de ese viaje tan bello, placentero y económico, podrás equilibrar las dosis de propaganda e información poniendo los pies en la realidad (que no en la actualidad que recrean los políticos, los medios, youtubers, tertulianos…).

Creédme cuando os digo que los libros son, o serían si existiese, el bálsamo de Fierabrás y nadie en su sano juicio renunciaría a él ¿a que no? Así que si buscas un propósito de vuelta al cole (porque el año empieza siempre más en septiembre que en enero) haz que sea tan sencillo como leer un rato al día ¿y qué leer? Lo que te de la gana…

Leer te permite evadirte un rato, irte a tomar el aire de tu propia vida sin salir de ella, distanciarte para luego volver con otros ojos que, solo por el respiro que te has dado, verán con mayor lucidez tu realidad; y no creas que esa es la única ventaja de leer, hay más: el lenguaje escrito es siempre más rico que el hablado (todo depende en realidad de quien hable y quien escriba pero, en general, suele ser así) así que leer amplia no solo tu vocabulario sino tu lenguaje en su conjunto, ¿recuerdas aquel anuncio en el que te preguntaba si eras de los que cuece o enriquece? Pues leer es enriquecer el lenguaje mientras que el uso diario y normal que hacemos de él sería simplemente cocerlo.

Podría ir ahora más allá y hablaros de los beneficios de la lectura para trabajar la atención y la concentración y para frenar la rueda de velocidad y caos en la que nos mete el scroll infinito del mundo digital pero prefiero volver a los libros porque no quiero cerrar esta divagación postvacacional con el regusto de que lo que leas no importa como si fuera lo mismo leer El Capital que Los Enemigos del Comercio, una novela que un libro de poesía o un relato lo mismo que un cuento chino.

Los seres humanos estamos hechos de historias y para construirlas necesitamos las palabras pero sería de memos conformarnos con pocas palabras e historias mal contadas cuando podemos hacernos por dentro cultivando nuestro saber y nuestra intuición a base de historias bien armadas y ensayos perfectamente documentados; ahora bien, aquí no valen atajos porque no se trata solo de distinguir los libros buenos de los que no lo son tanto sino que también se trata de ti, de tus intereses, de lo que te apetece en cada momento, de tu estilo de vida, del momento de la vida en el que estás… Hay libros que caen en tu mano un día y, si pudieras, se los tirarías a la cabeza a quien los escribió y esos mismos libros, en otro momento de tu vida, te parecen lo más maravilloso del mundo.

Por eso, más allá de recomendar siempre a los clásicos como apuestas seguras (porque si lo son es porque son canon y eternos y por tanto siempre recomendables) me abstengo del ‘lee esto’ o ‘no leas lo de más allá’ y te sugiero que leas lo que te de la gana siendo un poquito exigente tanto con el libro que lees como contigo mismo pero sin renunciar nunca, jamás, bajo ningún concepto, al placer de leer (y eso quiere decir que si no estás disfrutando una lectura lo mejor que puedes hacer es aparcarla y pasar a otra, tal vez vuelvas a ella o tal vez no, no importa, pero como decía Bradbury, hay tanto que leer y tan poco tiempo (ni una vida entera leyenda daría para leer tanto bueno como hay escrito) que sería absurdo gastarlo leyendo cosas que nos gustan ni nos interesan, que no nos resultan placenteras ni agradables, que no nos enseñan nada…

Yo, por lo pronto, llegaré a la nueva edición de Getafe Negro más metida en materia que nunca…

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