De lo que la posmodernidad nos roba.

La posmodernidad nos está robando la humanidad. Y con esto estaría ya todo dicho… pero sé que es muy probable que pienses que he perdido el oremus por decir tal cosa, que nada hay más humano que el no a la guerra, la acogida de inmigrantes y pagar impuestos para sanidad y educación pero yo insisto, y a continuación me explico, la posmodernidad nos está robando la humanidad.

Lo humano tiende a lo civilizado, no de forma natural sino de forma racional (intelectual incluso), de ahí que los más civilizados sean también los más prósperos y los menos bárbaros porque ser civilizado implica respetar al otro, piense lo que piense, rece al Dios que rece, sea cual sea el color de su piel y se acueste o se levante con quien tenga a bien; ser civilizado es por tanto tolerar lo tolerable y poner pie en pared frente a lo intolerable so pena de la degradación sin remedio de lo civilizatorio y la imposición de una barbarie que es más animal que humana (más visceral y emocional que racional). Y ahí es donde acontece el robo del siglo, ahí es donde radica el tongo de lo posmoderno… ¿y qué es lo que la posmodernidad nos roba? La humanidad misma, lo que nos hace civilizados y lo hace además jugando a la neolengua y poniendo en práctica un sinfín de trucos de trilero malparido:

Los posmodernos visten sus discursos de igualdad mientras generan más desigualdad, de respeto mientras levantan muros frente a quien piensa distinto, de reparto de la riqueza mientras la acumulan en paraísos fiscales… y si en una suerte de momento de lucidez la sociedad se revuelve ante sus hipocresías e incongruencias, juegan al victimismo, a convertirse en víctimas de temibles enemigos imaginarios y sembrar el miedo, además del odio, entre quienes todavía les prestan oído… ¿Y todo esto para qué? Para robarnos lo que nos hace humanos que es lo que nos hace civilizados, lo que nos aleja de la barbarie:

La posmodernidad nos roba la verdad y lo hace no porque mienta, que eso en el fondo es lo de menos, sino porque sabe del natural miedo del hombre a la muerte y, aprovechándose de esa debilidad, oculta la verdad primera: que nacemos para aprender a morir, que solo somos una mota de arena en el desierto, mediocres todos, vulgares en nuestra mayor parte, que no estamos aquí para cambiar el mundo ni para eternizarnos sino que estamos de paso y que tras ese paso de nosotros no quedará más que el recuerdo y solo mientras quienes se cruzaron en el camino de nuestra vida tengan memoria.

La posmodernidad nos dice que tenemos derecho a todo (y obligación de nada), que el mundo es nuestro, que podemos ser lo que queramos ser… y cuando fracasamos por por intentar un imposible, nos dice que no cejemos en nuestro empeño, que tenemos derecho (aunque, ciertamente, nada hay más retorcido que un catálogo de derechos hecho a la medida de nuestras imaginación, que es exactamente lo que nos ofrece la posmodernidad).

Y lo peor de todo es que esta gran mentira ha colado y ha colado no porque queramos vivir eternamente ni porque tengamos miedo a la muerte sino porque hemos olvidado algo tan sencillo como la vida es bella y brutal, hermosa, delicada, efímera, a veces aburrida y a veces sorprendente pero siempre finita y limitada. No, no todo es posible. Sí, cada elección implica desechar otros caminos a los que ya no podremos volver. No, no podemos tenerlo todo. Sí, los errores se pagan y las consecuencias de nuestras decisiones nos esperan siempre a la vuelta de la esquina, no importa cuán victimistas nos pongamos ni cuánta pena ni gloria despertemos en el prójimo, al realidad siempre nos aguarda…

Y por algo no tiene perdón la posmodernidad, ni lo tenemos nosotros por permitírselo, es por robarles la verdad a los niños y los jóvenes porque ellos no tienen defensas, solo tienen fe en el adulto que les habla, que influye en ellos, que los educa… no tienen herramientas para detectar las falacias y si quien debiera dárselas se las oculta… No hay perdón. No habrá perdón para los malditos cómplices de tan brutal engaño.

El bien también nos está siendo robado… y resulta curioso que sean los posmodernos, con sus discursos antibelicistas, con sus arengas igualitarias, con sus catálogos de derechos para todos, todas y todes… quien acometa tan terrible hurto; aunque, a poco que lo pensemos, no es extraño que suceda, si ya no tenemos la capacidad de respetar y valorar la verdad ¿cómo vamos a medir la esencia del bien, de lo bueno, frente a lo que no lo es? Si la verdad es lo que la gente cree que es verdad ¿por qué no va a ser el bien lo que al gente le venga, valga la redundancia, bien?. Luego se hará presente la realidad pero como la realidad es la versión básica de la verdad y la verdad es lo que la gente cree que es verdad… el bien será también lo que la posmodernidad mande.

¿Y qué manda la posmodernidad que sea el bien, lo bueno? El bien es todo lo que suene bonito en un discurso aunque en su subtexto cree monstruos, incluso aunque sea mentira siempre que mantenga ciertas hechuras de verdad, el bien es lo que nos hace sentir buenos (que no necesariamente serlo) y lo que nos eleva convirtiéndonos en seres moralmente superiores a quienes no comparten nuestro pervertido concepto de lo que es el bien.

El amor no se salva del robo porque la posmodernidad nos está robando todo lo que es humana y esencialmente valioso; como sucede con el bien, el amor se roba bajo un manto de tergiversación que lo convierte más en amor a uno mismo (que no es lo mismo que amor propio sino más bien egoísmo) que en amor al otro; cuando se crean catálogos de derechos a medida que enaltecen al individuo, que lo convierten en el centro de su mundo al tiempo que le prometen un mundo feliz, se está conjurando el desastre ¿por qué? Porque no hay enaltecimiento del individuo sobre el colectivo, sólo un catálogo de características y derechos que organizan la colectividad y recrean ese mundo feliz que es, por fuerza, un mundo sin amor. ¿Y por qué es así?

Es así porque el amor no es solo recibir sino también dar, no es solo ser cuidado y protegido sino cuidar y proteger, no es solo vivir acompañado sino también acompañar, no es solo ser apoyado sino también apoyar, es estar en las buenas y en las malas, es trazar un proyecto de vida que satisfaga a dos y que, por fuerza, no satisfará del todo a ninguno y es ahí, en ese punto en el que descubres que no puedes tenerlo todo, cuando la posmodernidad se cuela por la grieta y te roba el amor, lo hace solo porque olvidas que el amor es sinergia, es decir, que no es solo dar y recibir, cuidar y ser cuidado, vivir acompañado y acompañar, apoyar y ser apoyado… sino que la confluencia de dos personas en un proyecto vital genera riqueza inesperada, bienes que van más allá de los conocidos… pero para zambullirse esas sinergias buenas hay que salir del traje hecho a medida por la posmodernidad a base de derechos al peso y mentiras al por mayor, es eso, o perder el amor… (que te sea robado).

Que la posmodernidad se ha llevado por delante la belleza no es algo que necesite explicación, basta con colarse en algún que otro museo de arte moderno, ver las colecciones de según qué diseñadores, la arquitectura dominante en las grandes y en las pequeñas ciudades… Y, aunque pueda parecerlo, no es este un asunto menor porque lo bello no solo lo es en la forma sino también en el fondo, porque la belleza atrae y engancha, enamora, encanta, regala momentos de placer mientras que lo feo provoca justo el efecto contrario y así, cuando lo que nos rodea, lo que nos entra por los ojos a través de las redes y los medios, es feo, resulta mucho más fácil asumir como gran idea su demolición.

Pero lo cierto es que tras el manto de feismo tendido por la posmodernidad late la eterna belleza clásica y canónica, de la escultura griega, la arquitectura romana, la pintura europea y la literatura latina, hispana y anglosajona, late la esencia misma de Occidente, la de los hijos de Grecia, Roma y el Dios de Israel, la de la civilización que se ha demostrado más próspera para sus ciudadanos… lo que la posmodernidad nos roba.

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