Contra el desánimo hay que estar siempre. No me tomen por una buenista woke, no crean que voy a defender el derecho a la alegría ni cosa semejante, tampoco a demonizar la tristeza; en la vida hay momentos tristes y dolientes y hay que pasarlos, cuando uno está triste por una razón y le exigen alegría considero perfectamente comprensible que saque el dedo corazón a pasear; puestos a inventar derechos el derecho a estar triste me parece tan importante como el derecho a la alegría… (pareciéndome ambos una soberana estupidez, claro); ahora bien ¿y el desánimo? Contra el desánimo hay que estar siempre porque así como la tristeza es un estado de ánimo con una razón de ser (cuando no hay razón de ser hablamos ya de estados patológicos perfectamente definidos en psicología y psiquiatría), el desánimo es la antítesis de un estado de ánimo, es un bajar los brazos sin más, es un rendirse ante algo que parece que nos puede, es dejarse ir y llevar… y ese estado de desánimo es además corrosivo, lo tiñe todo de negro y dolor, hace daño… De la tristeza se sale, del desánimo, a poco que nos descuidemos, no. O si se sale es con los pies por delante (metafóricamente hablando).
¿Y por qué divago yo hoy acerca del desánimo? Porque he hablado de ello en X con @SdonaireSilvia y, tras nuestra breve conversación, me he quedado dándole vueltas al asunto.
Hablábamos del desánimo porque se nos antoja débil la respuesta social ante los hechos acometidos por quienes nos desgobiernan y, ciertamente, por mucho menos han caído gobiernos, se han montado huelgas, manifestaciones multitudinarias… ¿y por qué ahora es escasa la protesta? Tengo para mi que los responsables son dos: el desinterés… y el desánimo.
El desinterés es el más grave porque es el que afecta a más gente, personas que miran hacia la política como las vacas miran al tren, que siguen tragándose los cuentos de que todos son iguales, todos roban, total qué más da uno que otro… y no ven, o no quieren ver, que una cosa es la corrupción en lo que tiene que ver con el dinero (el 3%, el o me das un X% o no te doy esta o aquella obra pública…) y otra cosa bien distinta y mucho más grave es la corrupción institucional y política porque esa no se queda en que nos sisen un dinero sino que nos hurtan la igualdad entre españoles, la igualdad ante la ley e incluso la libertad. Los desinteresados, voten lo que voten o aunque no voten, son a día de hoy cómplices del desastre no tanto por lo que hacen sino por lo que se dejan hacer; con un gobierno decente que haya muchos desinteresados tiene, valga la redundancia, poco interés, pero con un gobierno que está haciendo saltar por los aires el sistema que protege nuestros derechos y libertadas… entonces los desinteresados se convierten en parte del problema.
¿Y qué pasa con los desanimados y su desánimo? Que pierden el interés y se convierten en desinteresados; y solo por eso, por no engrosar la incauta tropa de los desinteresados, merece la pena animarse; es verdad que lo de animarse hay que hacerlo de forma activa porque cuando miras alrededor todo invita al desánimo: ves a gentes que siguen aplaudiendo con las orejas a quienes les están robando el futuro de sus hijos (los más sectarios); ves a gentes que reconocen ver algo que no le gusta pero que lo justifican con un ‘otros están peor’ (los sectarios que disimulan); ves gente que sigue sin entender que el origen de todos nuestros males está en el nacionalismo periférico (digo lo de periférico porque sé que les molesta…) y en el juego que PP Y PSOE se han traído con él (y ven menos aún el modo en que ahora el PSOE ha sido engullido por la izquierda radical que lleva décadas entreverada por ese nacionalismo periférico); y, por si todo esto fuera poco, ves gente que con el ánimo de luchar contra el desgobierno que padecemos se suma a él disparando también a placer y sin medida contra el régimen del 78, un sistema que todos sabemos ya imperfecto (sus costuras están más a la vista que nunca) pero que es el que ha protegido nuestros derechos y libertades en todos los años que llevamos de democracia… a quien quiera demolerlo, como quiere demolerlo la izquierda radical y los nacionalismo periféricos, más le valdría tener una alternativa democrática bien estructurada y explicada antes de hacerlo (por su bien y por el nuestro…).
A la vista de todo esto lo más fácil es ir pensando en someterse a los designios del Sanchismo, también llamado Zapaterismo y popularmente conocido como socialismo, o eligiendo lugar al que emigrar; entono el mea culpa en un aspecto: soy la primera que he pensado, y he recomendado a quienes tienen hijos adolescentes como yo, que vayan pensando en el futuro de sus hijos y que les recomienden prepararse, ya sea cursando estudios superiores o módulos, de modo que puedan salir adelante en su país o en otro, por lo que pueda pasar. Ahora bien, eso es pensar en el futuro de nuestros hijos tratando de prepararlos del mejor modo para que, cuando sean adultos, puedan afrontar su vida debidamente preparados, que tengan herramientas para salir adelante cómo y dónde sea; es, si quieren, una mirada realista hacia la realidad.
Ahora bien, quienes no somos adolescentes sino que tenemos nuestra vida hecha, si bien somos muy libres de hacer la maleta y marcharnos a buscar prados más verdes, no lo somos tanto, opino, de quedarnos para sumarnos al ejército del desinterés; es a priori lo más cómodo, nos permite confundirnos con el paisaje y que no nos etiqueten de modo alguno, ni a favor ni en contra… pero estaremos siendo cómplices del desastre que se avecina ¿por qué? Porque es muy cierto aquello de que quienes mienten (y quienes nos desgobiernan lo hacen compulsivamente) no lo hacen con la intención de que sus mentiras sean creídas, sino con el fin de convertirnos en auténticos descreídos desinteresados, con el objetivo de que todos nos parezcan iguales, de que todo nos de igual... Si consiguen eso, lo habrán conseguido todo y están en ello.
Es verdad que no rendirse al desánimo es difícil porque vemos que quienes nos desgobiernan lo aguantan todo y sobre todo vemos que quienes sostienen a quienes nos desgobiernan (la izquierda más radical si cabe y el nacionalismo periférico) no van a dejar de sostenerlo bajo ninguna circunstancia y, puestos a desanimarnos, mejor hacerlo en el club de los desinteresados, el de los objetivamente desanimados es un club triste y la tristeza, ya se sabe, es corrosiva, lo destruye a uno por dentro… Pero hay un modo de no rendirse al desánimo y es tener siempre activo el radar que detecta a quienes están dando la batalla.
Cuando tienes activo ese radar detectas, por ejemplo, a periodistas cabales de los que destapan corrupciones del gobierno que las comete, no solo cuando el gobierno no es de su cuerda, detectas a jueces y fiscales que se plantan ante la intromisión de la política en la justicia, detectas a guardiaciviles y policías que están haciendo lo suyo aunque reciban presiones de colores para que dejen de investigar la corrupción política (y pagan un precio por ello, que le pregunten a Pérez de los Cobos…)… Esa es la gente a la que hay que seguir y mirar incluso aunque sean pocos, porque a veces bastan unos pocos para salvar los muebles…
Y además tener activo ese radar nos sirve para recordar después quienes no salieron en él, quienes estaban ocultos esperando a que escampara para salir de la cueva y no digamos ya a quienes estaban siendo cooperadores necesarios.
Tener activo ese radar es el mejor modo de completar una buena biblioteca de esas que guardan el saber y el entretenimiento necesario para cuando caen chuzos de punta, para los malos tiempos, forma parte de ese refugio imaginario en el que uno se protege cuando hay que resguardarse y donde uno se fortalece y renueva ánimos, toma decisiones y se apresta a ponerlas en práctica… ¿cómo hacer eso si somos presa del desánimo?.
El desánimo es como el victimismo, una peste que juega a favor de los malos y los salvapatrias, el desánimo no es que no sume, ni tan siquiera resta, horada, licúa, destruye… el desánimo nos lleva a engrosar el ejército de los desinteresados cuando no el de los sumisos o el de los que se consuelan pensando que podría ser peor, nos convierte en siervos y vasallos cuando no en esclavos. Si nos desanimamos, ya hemos perdido.
Seamos realistas, sí, porque la verdad es innegociable pero nunca, jamás, desanimados.