Miénteme.

Miren que han pasado cosas esta semana o, por ser más exactos, que nos hemos enterado de cosas, han sido tantas y tan densas que incluso aquellos que padecen ceguera voluntaria han visto la luz (no se hagan ilusiones, ha sido la suya una visión en túnel dirigida sólo a donde la mano que mece la cuna o mueve los hilos ha querido, o no ha tenido más remedio, que llevarla); pero lo más demencial de todo no es tener a un Fiscal General imputado por revelación de secretos mintiendo abiertamente y manteniéndose amarrado al cargo, no es que haya caído por segunda vez consecutiva y básicamente por lo mismo el número dos del partido socialista, no es ni tan siquiera la comparecencia del presidente del gobierno mintiendo como respira, diciendo no haber sabido nada hasta el día de autos cuando lleva semanas sino meses en guerra abierta y sin cuartel contra los medios y las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado que trabajaban para que esta información que, dice, le ha sorprendido, saliera a la luz. Lo más demencial de todo es la importante cantidad de personas dispuestas a creerle. ‘Él no sabía nada ¡pobre hombre! ¡la que le ha caído encima!‘.

No sabía nada de Ábalos, nada de Cerdán, nada de Koldo (¿de qué hablarían en el Peugeot?), nada de su mujer, nada de su hermano, nada de su propia tesis (esa que ni hizo ni leyó, que resultó ser poco más que un plagio que un tercero hizo por él previo pago de su importe y que a estas alturas no le ha costado la pérdida del doctorado fraudulentamente obtenido); tampoco sabía que su mujer dirigía un máster del que no podía ser ni alumna o que era catedrática sin licenciar… y seguro que tampoco sabía nada de los turbios negocios de su suegro.

Es verdad que los tentáculos mediáticos de la banda de Sánchez, así bautizada por Albert Rivera, logran sembrar en las mentes incautas la certeza de ese desconocimiento, ahora bien, esas mentes incautas que siguen creyendo esa utopía a día de hoy han pasado ya de ser los clásicos estúpidos que creen que están informados cuando sólo prestan atención a los medios que dicen lo que quieren oír, a ser fanáticos que comulgan con cualquier falacia porque su suelo moral es sólo uno: los míos son los buenos, los otros son peores. Miénteme, miénteme más le dirán a Pedro, dime que vas a ser el más limpio, que vas a auditar hasta a tu madre, que vas a regenerarlo todo, miénteme como si no fuera a todas luces evidentes que eres la antítesis de lo que dices ser.

Fanáticos… fanáticos que se rasgaban las vestiduras por las corruptelas de un tesorero del PP y que tragan con las corruptelas de dos secretarios de organización del partido socialista, fanáticos que cuando la corrupción judicial les favorece (léase la morcilla que metió el juez de Prada en la sentencia de la Gurtel y sirvió para tumbar a Rajoy) les parece bien pero cuando investiga sus miserias les parece lawfare como si fueran simples podemitas; fanáticos que comulgan con la nada misma que es Yoli; fanáticos sin moral, pudor ni límite como la médica y madre y, peor, fanáticos que se rinden a los mayores supremacistas patrios que hayan existido hasta el punto de permitir que su futuro sea subastado en plaza pública… o en Waterloo (y que el subastador sea un Cerdán cualquiera, que ya es el colmo).

El famoso tablero inclinado o doble vara de medir ya ni es tablero ni vara, no es nada, es solo el striptease de una izquierda que ya no puede negar que va desnuda y dice ‘mírame, voy desnuda y no pasa nada’ como si fuera un Trump cualquiera como aquel que decía que podía disparar a alguien en la Quinta Avenida y no pasaría nada. Y tienen razón, no pasa nada, he ahí el drama. Ahora bien, sus vergüenzas están a la vista de todos. Y también sus miserias. Para el que quiera verlas.

Un drama, decía, que en España se resume hoy así: miénteme, Pedro. Se lo dicen sus socios para tener una excusa para seguir apoyándole, se lo dicen sus votantes para excusarse ante sí mismos y volver a votarle. Y así desayunamos mentiras, comemos mentiras, merendamos mentiras y cenamos mentiras. Y hay quien se las cree, quien hace como que se las cree, quien las soporta con estoicismo y a quien se le indigestan pero ahí estamos, chapoteando en el hedor de la mentira, de la realidad relatada, inventada, esa que no existe… mientras la auténtica nos espera a la vuelta de la esquina y bonita no va a ser porque nos hemos empeñado en ignorarla y ya está dicho y demostrado que se puede ignorar la realidad pero no las consecuencias de haber ignorado la realidad.

¿Y la oposición? Bien. Gracias. (Supongo).

Deja un comentario