Lectura y literatura.

No, cuando hablamos de lectura no hablamos de literatura. Y no, cuando hablamos de literatura no hablamos de lectura. ¿Que cuando practicamos la lectura nos acercamos a la literatura y cuando queremos acercarnos a la literatura practicamos la lectura? Cierto, pero eso no hace que lectura y literatura sean la misma cosa, su necesaria confluencia no debe confundirnos y hacernos tomar a la una por la otra.

De qué hablamos cuando hablamos de la lectura:

Cuando hablamos de lectura no hablamos, no al menos necesariamente, de literatura, hablamos de leer y de comprender lo que se lee y lo hacemos no porque ser capaces de leer y entender lo que leemos sea importante, que lo es, sino porque nos sirve como termómetro para medir nuestra capacidad lingüística, es decir, nuestro dominio de la lengua y eso sí es de una importancia superlativa. ¿Por qué usamos la comprensión lectora como termómetro? Por su fiabilidad: es a todas luces evidente que quien tiene una buena comprensión lectora tiene también un buen dominio del idioma (un vocabulario más o menos amplio y unos conocimientos generales como poco suficientes) mientras que quien tiene una pobre comprensión lectora tiene también un dominio del idioma más limitado (menos vocabulario y menos contexto, menos conocimientos generales).

Por eso la importancia de la lectura no está en cómo ni cuánto nos acerque a la literatura sino en cómo y cuánto nos ayuda a dominar nuestra lengua porque no importa cuanto avance el mundo ni cuál lista sea la inteligencia artificial, la herramienta que usamos los seres humanos para pensar, para aprender, para enseñar, para comunicarnos, para entendernos… es la lengua, cuando mayor sea el dominio que tengamos de nuestra lengua mejores serán nuestras posibilidades de aprender y enseñar, de entender y hacernos entender.

Llegar a la literatura a través de la lectura, que es obviamente el camino natural, es un regalo pero, como sucede tantas veces con los regalos, si no se hacen en el momento adecuado no suelen hacer gracia; sucede con la literatura lo mismo que con las comidas de sabores y texturas complejas, llegamos a ellas después de disfrutar de bocados más sencillos y comunes. Tengo para mi que, aunque sean legión quienes no lo saben, a todos nos gusta leer, lo que sucede es que solo unos pocos encuentran el libro adecuado en el momento adecuado pero esa es otra historia.

De qué hablamos cuando hablamos de literatura:

¡Ay! en esta preciso instante quiero escaparme de este post, me pregunto a santo de qué me he metido en el lío de escribirlo porque lo que no voy a hacer es caer en dichos horteras como ‘la literatura nos salva’, a mi me salvó, me salva casi cada día, pero hay a quien le aburre mortalmente y líbreme Dios imponerle a nadie su aburrimiento por mi salvación. Ahora bien.

Convendría empezar por sombrear la sutil línea que separa la literatura de lo que no lo es porque no todo lo que se lee es literatura ¿son literatura las instrucciones de la lavadora? Pues los libros de autoayuda tampoco. Luego está la línea, más difusa todavía, que separa los libros de consumo y entretenimiento de todo estilo de libros más interesantes en lo literario (en el fondo y la forma, en el texto y el contexto…).

¿Quiero insinuar con esto que debemos alejarnos de lo que no es literatura, ponernos elitistas y limitarnos a los clásicos? ¡Líbreme el cielo de proponer semejante cosa! (alejarnos de la autoayuda sí, además rápidamente y sin mirar atrás pero no del entretenimiento… tengo para mi que sin las novelas de Mary Higgins Clark que devoraba en mi adolescencia no habría llegado Austen, Eliot, Lewis… y tantos otros).

A la lectura se va con la intención de ampliar texto y contexto, de aprender a expresarnos mejor en nuestra lengua, con el ánimo de dominarla para que ese dominio nos facilite desde los procesos de aprendizaje más simples que afrontemos hasta las negociaciones más arduas; y leyendo se va adentrando uno en la literatura, poco a poco, sin prisa, sin lecturas obligatorias porque lo diga nadie… a un niño no se le dice ‘lee esto’ se le pregunta qué le gusta, qué cosas le interesan, se le observa, se descubre que cosas atraen su atención y se buscan los libros que encajan con esas inquietudes y entonces sí, se le dice algo así como ‘creo que este libro te podría gustar’.

A los niños no les gusta la lectura y les disgusta más todavía cuando les imponen lecturas que les aburren todavía más que la propia lectura ¿cómo van a llegar así a la literatura? El camino a recorrer con ellos es arduo, trabajoso, a veces desesperante pero siempre da buenos resultados, tanto si el niño en cuestión se convierte en un lector habitual como si no lo hace, las lecturas que hace a lo largo de su infancia a través de un hábito de lectura saludable abonan su dominio lingüístico y los capacitan para lecturas mayores, tanto si llegan a ellas a los 12, a los 15, a los 25 o nunca… porque no olvidemos que nuestra obligación como padres es educar y capacitar a nuestros hijos pero llega un momento a partir del cual los responsables de sí mismos, de sus lecturas y literatura, son ellos. Hagamos nuestra parte… y que Dios reparta suerte pero no dejemos nuestra parte sin hacer.

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