La inercia.

No sé de energía eléctrica ni de telecomunicaciones (ni me atrae el asunto como para querer saber más de lo necesario…); tampoco soy experta en la burocracia vaticana y en cambio sí tengo un profundo respeto por la fe ajena y la cultura propia; de ahí que estos días no haya tenido mucho que decir en lo que a las noticias de actualidad se refiere; ahora bien, en cuanto he leído la palabra ‘inercia’ he visto la luz, se me han iluminado las ideas, lo he entendido todo… (estoy exagerando, sí, pero sólo un poco).

Empecemos por el principio ¿qué es la inercia? Porque suena a palabra conocida, de esas que quien más y quien menos ha oído alguna vez y sabe de qué va pero conviene ir al detalle lingüístico para entender bien el asunto porque cabe que nos llevemos alguna sorpresa: inercia, según reza la RAE (reza sí, porque el Diccionario de la RAE es la Biblia del español), tiene dos acepciones, la primera tiene que ver con la física y se define tal que así: propiedad de los cuerpos de mantener su estado de reposo o movimiento sino es por la acción de una fuerza; la segunda tiene más que ver con la raíz etimológica de la palabra que con las cosas de la física y se define escueta pero claramente: inercia, del latín ‘inertia’ (indolecia, inacción) significa rutina, desidia; para aclarar más si cabe el significado de esta interesante palabra, inercia, recurramos a la lista de sinónimos y afines que propone la RAE para ella: rutina, desidia, apatía, pasividad, desgana, pereza, flojedad, inacción, boludez; ¿y sus antónimos? es decir, sus contrarios, sólo uno: dinamismo.

No esperéis de mi que despliegue a continuación saberes físicos que expliquen cómo y por qué carajo sufrimos ayer un cero energético a cuenta de no-sé-qué de la inercia; algo me ha parecido entender acerca de la menor estabilidad de las energías renovables que de la nuclear u otras y algo también acerca de la falta de infraestructuras que compensen esa menor estabilidad pero os remito, como Pedro Sánchez, a fuentes fiables y bien informadas para entender mejor este asunto (que no os estoy remitiendo a las mismas fuentes que os remite el presidente lo habéis entendido todos ¿verdad?).

Lo que sí voy a contaros es cómo me parece a mi que la inercia, en sus dos acepciones, está destrozando nuestro presente y futuro y, si no ponemos pie en pared ayer (sí, ayer) incluso el futuro de nuestros hijos porque si algo tenemos que tener claro es que un país que puede sufrir un cero energético durante horas no va a ser un país próspero ni un país con crecimiento económico sino justo lo contrario. ¿Y qué tiene que ver en esto la inercia? Pues mucho… porque cabe que la inercia en sentido físico y etimológico sean la razón de nuestro peor pronóstico de futuro. Me explico:

Por una parte podemos ver, que digo ver, ¡sufrir! el modo en que la inercia que hacía que las cosas funcionaran gobernara quien gobernara y gobernara como gobernara se ha ido perdiendo: el AVE ya no es exacto en sus salidas y llegadas como solía ser, el Cercanías ya no es más fiable en su cumplimiento de horarios que el mismísimo Metro de Madrid como solía ser, las carreteras están, en general, en peor estado del que solían estar… y así, a poco que lo pensemos, iremos descubriendo cosas que en un plazo de 10 o 15 años no han hecho más que empeorar; si eres un Z o un Milenial de los que viven en Narnia cabe que no lo recuerdes pero si eres un miembro de la Generación X, no digamos ya un Boomer, seguro que puedes hacer una lista más larga de lo que imaginas de cosas que en los últimos años han ido a peor… ¿Y por qué? Porque el mal gobierno de Zapatero, el gobierno fantasma de Rajoy y el desgobierno de Sánchez sometido a partidos cuyo único afán es destruir España, se pagan; no al contado y al momento, porque la inercia del funcionamiento de un estado se mantiene durante un tiempo, se pagan en diferido… pero se pagan siempre y cuanto más tarde se paguen mayor será el interés por demora con el que nos llegue la factura.

Para completar la jugada fantástica, a la pérdida de la inercia buena por el mal gobierno de unos y el desgobierno de otros, se suma la inercia mala, la de la desidia, la desgana, la flojedad y sobre todo la boludez de quienes ocupan puestos que exceden de largo su capacidad profesional; quien hasta ahora no veía el verdadero peligro de las puertas giratorias, que no es tanto el de colocar amiguetes como el de descolocar a quienes saben de la cosa de la que se trate, cabe que empiece a entenderlo ahora; nos hemos entretenido, al menos de un tiempo a esta parte, sorprendiéndonos ante la capacidad de los políticos para hacer crecer la administración en su propio beneficio y nos parecía un despropósito la cantidad de sueldos que pagamos para obtener unos servicios manifiestamente mejorables pero ahora estamos descubriendo que el problema no está solo en el dinero que malgastamos en pagar sueldos a las Jessicas o hermanísimos de turno o colocando en puestos estratégicos a perfiles políticos cuya formación es deficiente para esas posiciones sino que hemos llegado al punto de no pagar sueldos que deberíamos estar pagando, es decir, que no es que hayamos relegado los perfiles que sí están preparados para asumir esas posiciones sino que no sabemos ni dónde están… El mejor ejemplo en este caso lo tuvimos con la DANA de Valencia: falló el nivel político tanto a nivel regional (con el incompetente Mazón quién sabe dónde) como a nivel nacional (con el gobierno omitiendo su deber de asumir el liderazgo ante una catástrofe que afectaba a varias regiones) pero falló también el nivel técnico ¿por qué? Porque los técnicos ni están ni se los espera… el nivel de puestos políticos ha llegado a tal punto que se ha comido parte de los puestos técnicos y así la inercia mala campa a sus anchas mientras la buena se va perdiendo por el mero paso del tiempo…

Si pagamos más impuestos que nunca y tanto las infraestructuras como los servicios públicos no solo no son mejores que nunca sino que van paulatinamente siendo peores debemos asumir de una buena vez que tenemos un problema cuyo origen es político, sí, son los políticos los que han transformado nuestra democracia liberal primero en en una democracia socialdemócrata y ahora socialista, ahora bien, somos los ciudadanos los que hemos votado a esos políticos… y no vale excusarnos diciendo que votamos lo que podemos, que son los partidos los que eligen a sus candidatos, esa excusa hubiera colado años atrás, hoy, cuando los votantes habituales votan con el mismo fervor que siguen a su equipo de fútbol, no cuela… podrían poner a un mono, que digo a un mono, a un robot manejado por una IA al frente de cada partido y habría quien seguiría votándoles…

¿Y entonces qué hacemos? ¿Montamos una revolución? No me considero conservadora pero tampoco revolucionaria, creo más en las evoluciones que en las revoluciones y, dado que hemos constatado que la inercia nos aboca a una involución, lo que sí debemos hacer es frenar esta deriva demostrando a nuestros políticos que no son los reyes del mambo sino servidores públicos, es decir, que están a nuestro servicio y no al suyo propio y para eso no hace falta una revolución, alguna manifestación tal vez sí, si me apuran incluso una huelga general (no sería la primera en democracia y no se acabó el mundo por ello) y creo que debemos asumir dos cosas muy serias: por una parte la irrecuperabilidad de los sectarios para la vida democrática (se puede vivir con ellos pero no contar con ellos) y por otra nuestra responsabilidad a la hora de votar o no votar o votar qué: podemos votar o no votar y, si votamos, votar lo que consideremos oportuno, faltaría más, lo que no podemos es ser parte de la inercia mala, la que sabe a apatía, pasividad, desgana, pereza, flojera… somos, a nivel individual, responsables de muy poco de lo que está pasando pero ese poco que nos compete no podemos obviarlo, despreciarlo ni delegarlo.

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