Cantaban Los Limones (del Caribe) años (¡décadas!) atrás aquello de ‘vivo al lado del mar, en un pueblo donde perder es lo normal, los que pudieron escapar juraron no volver jamás. Hoy empezó a llover y todo va a seguir igual…‘. Aquel grupo ferrolano (con un coruñés de polizón pero esa es otra historia…) escribió aquella letra conociendo el paño, era cierto que quienes se iban rara vez regresaban más que a visitar a la familia salvo en un momento del año, y no, no es el verano, ni tan siquiera la Navidad (al fin y al cabo en Navidad son multitud quienes vuelven a casa, como las tabletas de turrón, en cualquier rincón de España), es en Semana Santa. Y lo cierto es que cuando pienso en mi infancia en Ferrol pienso en las ganas que tenía de engrosar el grupo de los que se iban (pero esa también es otra historia), en las playas de Ferrolterra (salvajes, frías, auténticas…) y en la Semana Santa porque en Ferrol la Semana Santa es algo más (o menos) que una cuestión de fe.
De niña viví la Semana Santa por dentro, cuando los tronos de la Orden Tercera iban sobre ruedas y no a hombros como ahora; recuerdo (y ya es raro en mi recordar porque tiendo a ser bastante desmemoriada) como se veía la calle al revés, desde dentro de la procesión en lugar de verse desde fuera, con las estampitas en el bolsillo listas para echar mano de ellas e ir entregándolas a las caras conocidas que viera en lugar de estar en la acera esperando para descubrir quiénes de mis compañeras de colegio salían ese año; y recuerdo llover, llover hasta suspender procesiones, llover hasta calarme hasta los huesos… recuerdo incluso el modo en el que mi capirote rojo se destiñó sobre el cuerpo beige.
Y recuerdo más las Semanas Santas que vinieron después, esas en las que ya no procesionaba y en las que los amigos que sí lo hacían no era como capuchones sino cargando a hombros los tronos de la Cofradía de Dolores, razón por la que la Plaza de Amboage le robaba su lugar a la de Armas como lugar de reunión de cofrades y no cofrades; el Jueves y el Viernes Santo pasábamos por casa a saludar y poco más (a comer algo, si acaso), incluso aunque lloviera y suspendieran las procesiones… Y no teníamos móvil.
¿Y a santo de qué saco yo a colación el móvil? A un recuerdo de Semana Santa: recuerdo ver a mis primos, gemelos ellos, corriendo como alma que lleva el diablo por la Plaza de Armas, hice ademán de saludarlos pero ni por la cabeza se me pasó echar a correr tras ellos y anoté aquello entre las curiosidades varias del día; no recuerdo si era Jueves o Viernes Santo pero sí que llegué tarde a casa (por eso sé que era Jueves o Viernes Santo) y allí estaba mi abuela, en el sofá, bordando como solía (era algo noctámbula); me llamó y me explicó por qué ni mi madre ni mi hermano estaban en casa: me explicó que mi hermano estaba en el hospital, nada grave, solo se había roto una pierna, le habían puesto un yeso hasta la ingle y lo habían dejado en observación una noche, mi madre se quedó con él; me dijo también que mi tía Mely vendría temprano por la mañana a buscarme para acompañarme al hospital a verlo y que me quedara tranquila… Mi abuela no era tranquila, era lúcida, exageradamente lúcida, pero no tranquila y la recuerdo en su sillón, tranquila aquella noche, incluso cuando me dijo que había sido un accidente de moto.
Yo no dormí, recordé a mis primos corriendo por la Plaza de Armas y esperé a mi tía, llegué al hospital y vi a mi hermano con su yeso, fue entonces cuando me di cuenta de que accidente de moto y pierna rota nunca habían encajado bien en mi cabeza; pero viendo que la suya estaba perfecta y que, efectivamente, lo roto era la pierna, hice caso a mi abuela, con unas horas de retraso, y me quedé tranquila (mi hermano no tanto, su camino del calvario no duró una semana sino meses con el yeso a cuestas y mi madre rosmando ¡a ver quién te manda a ti subirte en una moto!).
Por lo demás la Semana Santa en Ferrol siempre ha sido de calle y sonido de tambores y, curiosamente, es una de las pocas cosas que, desde los 80, no ha ido a menos sino a más en la ciudad aunque eso, quienes hayan visitado Ferrol este año, no lo sabrán porque es año de lluvias y procesiones suspendidas, eso sí, cabe recordar aunque solo sea a modo de consuelo, que si no llueve en Viernes Santo es porque algo malo va a ocurrir… (aunque nunca eso sirvió de consuelo cuando la procesión que se quedaba sin salir era la del Santo Encuentro, la más bonita de cuantas salen en Ferrol, aunque no la más imponente por su espiritualidad y su silencio, ese honor es para Os Caladiños que, si el cielo lo permite, saldrá esta noche, noche de Viernes Santo).
Además la Semana Santa Ferrolana no solo enaltece la pasión y muerte de Cristo (sí, me he saltado la Resurrección y ahora explicaré por qué) sino que tiene también un marcado carácter gallego, con ese punto a veces supersticioso pero no tanto, a veces tétrico pero no tanto… el Domingo de Resurrección, ese en el que sale la Virgen de la Alegría con un manto hecho de claveles blancos, es el día que menos gente se ve en las calles, como si mereciera más fastos la muerte de Cristo que su Resurrección, el dolor de la Dolorosa que la alegría de la madre que sabe a su hijo resucitado… A mi esto siempre me recuerda que la religiosidad no es solo cuestión de fe, también de costumbre y tradición y por eso cuando los progres más progres, los que creen que faltar al respeto a los cofrades es signo de modernidad, escupen su ateísmo por la boca, se me revuelve el agnosticismo y casi recupero la fe… una semana al año, la Semana Santa, tanto si estoy en Ferrol como si no es así.