Un lugar en el mundo: la Torre de Hércules.

Son de lo más variopinto las razones por la que un lugar se nos queda grabado en la memoria pero algunos, solo unos pocos, lo hacen más que nada porque son nuestros o, lo que viene a ser lo mismo, porque somos nosotros en ellos; la Torre de Hércules es para mi uno de esos lugares, es muy mío y es muy yo aunque solo sea porque durante los años que viví en La Coruña llegué caminando a ella un incontable número de veces, en algunas ocasiones sola, en otras en compañía de otros; la Torre de Hércules fue además testigo mudo, tan mudo como lo son siempre las piedras, de noches de San Juan sin fin (también de aquella en la que nos quedamos aisladas en la pequeña cala, por la noche, con la marea subiendo tanto como las capiriñas a nuestras cabezas… ese San Juan en lugar de saltar la hoguera tuvimos que saltar las olas, menos mal que el mar esa noche estaba de buenas, subía por orden de la luna pero sin la mala leche con la que lo hace en invierno).

Siempre me gustó caminar el Paseo Marítimo (el más largo de Europa) y llegar la Torre de Hércules (el faro en funcionamiento más antiguo del mundo), caminar junto al mar sin enarenarse los pies tenía su encanto y además, como entre los récords de La Coruña no está solo su paseo y su torre sino también sus vientos, las preocupaciones se iban volando paso a paso; me gustaba, y me gusta, ver la torre desde el Monte de San Pedro, con la ciudad entre los ojos y el faro y también verla de cerca, incluso subirla y ver el mundo desde arriba. Ahora ya no están los restos del Mar Egeo a su lado pero lo estuvieron durante mucho tiempo ¡ay el Mar Egeo!. La inmensa columna de humo negro que se elevaba sobre el petrolero mientras ardía y se hundía la recuerdo bien porque la vi desde la facultad, en el campus de la Zapateira y porque se suspendieron las clases, bajamos a toda prisa en los autobuses al centro para hacer la maleta porque lo que más se oía (bajito pero se oía) era ¿y si cambia el viento qué?.

Afortunadamente no cambió, pero todo lo que subió hacia cielo aquellos días cayó en los siguientes echo lluvia negra. ¡Cuántas peregrinaciones a ver los restos del Mar Egeo! Hubo un tiempo en el que había más gente en las cercanías de la torre por el petrolero a medio hundir que por la propia torre, su rosa de los vientos o su Breogán. Claro que eso no importaba, ya sabían las piedras que el Mar Egeo sería pasajero y que ellas seguirían ahí, a lo suyo, y ahí siguen, a lo suyo mientras hoy está más en el recuerdo de la gente el Prestige y sus hilillos de petróleo (o algo así) que el Mar Egeo y su columna de humo negro.

La Torre de Hércules es un lugar en el mundo para muchas personas de muchos tiempos distintos porque lleva siglos ahí plantada, porque es Patrimonio de la Humanidad, porque es uno de los faros más altos de España (para subirlo tendrás que afrontar más de 200 escalones), por el parque escultórico que la rodea… aunque solo en su último siglo de existencia (o poco más) se llama así, Torre de Hércules, antes era el Faro de Brigantia. Además esta torre tiene algo de misteriosa tanto por su antigüedad (data de finales del S.I y principios del S.II) como por lo que se desconoce de su historia: sabemos que se levantó en tiempos de Nerón (lo cual ya tiene su aquel…) pero no qué había allí antes de que los romanos construyeran el faro (porque algo había).

Y, como suele suceder, donde la historia no llega nace la leyenda: que si fue aquí donde Hércules enterró la cabeza del gigante Gerión, que si es aquí donde estaba la torre Breogán de las leyendas irlandesas… Si a la torre no le faltan leyendas, tampoco hermanas: está hermanda con la neoyorquina Estatua de la Libertad (ahí es nada…) y con el Faro del Morro de La Habana, que es el más antiguo de América.

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