Decía Goya que el sueño de la razón produce monstruos y no es necesario ser docto en filosofía para atisbar la verdad que encierra la emblemática frase del pintor del 2 de mayo; Huxley nos lo explicó con un relato cargado de razones… y de monstruos, un mundo feliz ciertamente monstruoso el suyo; también Orwell probó suerte e hilvanó otra historia, la de 1984, para mostrarnos los monstruos que sacaríamos del armario si tratábamos de llevar a la realidad el sueño de la razón; después llegó Bradbury e hizo un tercer intento con su Farenheit 451, añadió además una nueva variable al dejar descrita, negro sobre blanco, la utilidad del conocimiento inútil.
Huxley, Orwell y Bradbury, cada uno a su manera, nos demostraron no solo que el sueño de la razón produce monstruos sino que los monstruos podemos ser nosotros, nos recordaron que el ser humano no está hecho de barro húmedo ni puede modelarse al antojo del sueño de la razón porque la libertad y la emoción forman parte de su ser tanto como la propia razón.
¿Por qué, si sabemos que el sueño de la razón produce monstruos, si nos lo han contado con sendas distopías tan fáciles de leer que puede entenderlas incluso un adolescente que haya adquirido un mínimo de comprensión lectora (que esa es otra…) seguimos produciendo monstruos? Solía pensar ¡incauta de mi! que era cosa de la mala educación, del desprecio del saber, de las pocas ganas y menos intenciones de leer algo pero ¡qué absurdo! El sueño de la razón, ese que produce monstruos, no deja de ser un sueño documentado, basado en hechos casi científicos, que por algo es la razón la que sueña… No. No creo que sean los sueños de la razón los que han parido los monstruos que nos acechan, son más bien los sueños de la emoción… de las emociones más bastardas.
Decía Escohotado que la envidia es la guerra fría del odio que es, a su vez, la antítesis del amor, emociones todas ellas muy humanas y alentadas, probablemente, por quienes se empeñan en dar rienda suelta al sueño de la razón empecinados como están en que no es él quien produce los monstruos sino quienes lo sueñan mal; ¿el amor también? el amor también: ¿qué es el egoísmo más que un exceso de amor a las cosas propias? ¿qué es el narcisismo más que un exceso de amor a uno mismo? ¿qué es la envidia, además de la guerra fría del odio, que un exceso de amor a las cosas de los otros? ¿qué es el odio más que el resultado de los excesos amatorios previos? Eso la razón lo sabe, sabe dónde está el cerebro reptil y cuál es su dieta…
Si el sueño de la razón produce monstruos ¿qué no producirá el sueño de las emociones bastardas, bastardeadas y sometidas a una dieta de engorde alta en hormonas y baja en proteínas, minerales y vitaminas? Monstruos si cabe más monstruosos…
Dice Galeano que estamos hechos de historias y cabe que sea así, que no seamos más que las historias que nos contamos y es precisamente ahí donde está la clave de la cosa, no en las historias en sí sino en que nos las contamos, nos las creemos, las interiorizamos, las hacemos nuestras, nos convertimos en ellas a través de las emociones que despiertan en nosotros y entonces sí, cabe volver a las historias porque si nos contamos historias heroicas, bellas, increíbles, resplandecientes, magníficas… cabe que nos convirtamos en personas heroicas, bellas, increíbles, resplandecientes, magníficas… o no, pero lo que seguro que sí haremos es valorar a quienes lleguen a serlo, enaltecer a quienes lleguen a serlo, convertirlos en nuestras referencias, en nuestros líderes. Y eso será bueno. Ahora bien ¿qué ocurrirá si nos contamos historias tristes y leyendas negras, cuentos de terror, brujas y viejas malas, de reyes midas, ladrones de guante blanco y terroristas de lo moral y lo carnal? Que nos convertiremos en eso… o en cómplices silentes de quienes completen tan tétrica transformación convirtiéndolos, a ellos sí, en pastores de nuestro rebaño.
Si seguimos durmiendo el sueño eterno de los incautos, engullendo las historias oscuras que nos cuentan quienes viven bien despiertos mientras dejan sea su razón la que sueña, creyendo a pies juntillas en la bondad roussoniana predicada por quienes deconstruyen al ser humano a su gusto y estilo aniquilando civilmente a quien osa iluminar la verdad frente a sus falacias, si seguimos alimentando el sueño de nuestras emociones bastardas vestidas de derechos inventados e impostados… concluiremos entonces que el epitafio de la civilización ya está escrito, lo firmó Ayn Rand, la parafraseo: pudimos ignorar la realidad pero no las consecuencias de haber ignorado la realidad.